En su columna publicada en El Espectador, titulada “Un animal anómalo”, Julio César Londoño plantea la contradicción de nuestra especie: “las mismas manos que pintaron las paredes de Altamira pueden convertirse en manos capaces de ahorcar al prójimo; el mismo cerebro que inventó el lenguaje, los números y el arte puede fabricar instrumentos para arrasar ciudades, hogares y vidas”.

Y su llamado a reflexionar sobre la paradoja del ser humano tiene, obligatoriamente, que inquietarnos: ¿Cómo es posible que somos capaces de crear belleza y destrucción con la misma inteligencia; de acariciar con ternura y matar con crueldad; de inventar el lenguaje para comunicarnos y utilizarlo después para ofender, humillar, estigmatizar y destruir al otro?

La respuesta también la sugiere Londoño cuando en un segmento de su columna dice que “en la cabeza del hombre luchan un combate encarnizado el cerebro reptiliano, un depredador voraz, y el cerebro mamífero, que es tierno y solidario. Y habla de los instintos “entre la pulsión de vida que nos lleva al amor, y de muerte, ese vértigo que nos lleva a matar por ambición”.

Significa que el ser humano nunca ha dejado de librar una batalla consigo mismo: en nosotros conviven la solidaridad y el egoísmo, la compasión y la crueldad, la razón y el fanatismo, la necesidad de cooperar y el impulso de imponernos sobre los demás.

Pero no menos grave que derramar la sangre de otro ser humano con cualquiera de las tantas armas que el hombre ha creado con su inteligencia es que estos tiempos la violencia ya no necesita necesariamente del campo de batalla para expresarse. La violencia también se libra en las redes sociales, donde el arma es otra tremenda inversión del ser humano: la palabra.

Durante siglos, la humanidad perfeccionó las armas con las que podía matar físicamente al enemigo. Hoy, sin abandonar esas armas, ha desarrollado otras formas de agresión que parecen menos letales, pero que pueden ser profundamente destructivas: la mentira, la calumnia, la desinformación, el insulto, la humillación, la estigmatización y la deshumanización del adversario.

Una publicación puede convertirse en una pedrada. Una etiqueta puede transformarse en una condena. Una mentira repetida miles de veces puede destruir una reputación. Una palabra cuidadosamente escogida para despertar odio puede hacer que miles de personas terminen viendo al otro no como un ser humano con derechos, sino como un enemigo al que hay que eliminar.

Y eso es demasiado grave cuando ocurre en la política, que debería ser, precisamente, uno de los escenarios privilegiados para el ejercicio de la razón. Allí deberían encontrarse las distintas visiones de sociedad, los argumentos, las discrepancias y las propuestas.

Pero hemos convertido la diferencia política en una razón para odiar. No basta decir: “No estoy de acuerdo con usted”. Hay que decir: “Usted es malo”, “Usted es un enemigo”., “Usted no merece ser escuchado” y se llega al extremo de querer ver regada su sangre en la arena de la batalla política.

Grave porque cuando dejamos de discutir ideas y comenzamos a descalificar personas, la democracia empieza a perder su sustancia. Olvidamos que la democracia no consiste en que todos pensemos igual, sino en que podamos pensar diferente sin convertir esa diferencia en una declaración de guerra.

El adversario político no es un enemigo. Puede estar equivocado en sus sus ideas, sus decisiones o sus propuestas, y podemos combatirlas con toda firmeza y denunciar lo que consideremos contrario a la Constitución, a la Ley, a la ética o al interés general. Pero eso es muy diferente a pretender destruir a quien la sostiene.

La aterradora polarización política que sufrimos en Colombia ha conseguido que muchas personas pierdan la capacidad de reconocer la verdad cuando procede del lado contrario.

Leer Más: No se deje apagar el cerebro y no permita que lo metan en el redil de la estupidez colectiva

Si una información favorece a “los míos”, la aceptamos, pero si perjudica a “los míos”, la negamos. Si una conducta censurable la comete nuestro adversario, exigimos castigo, pero si la comete alguien de nuestro propio sector, encontramos justificaciones.

Así comienza la pérdida del criterio, con el agravante a que el fanatismo lleva a muchos: no que dejen de pensar. Peor: que dejen de querer pensar.

Pensar es exigente: demanda detenerse, verificar, contrastar, escuchar y admitir la posibilidad de estar equivocados. El fanatismo es cómodo: nos entrega enemigos y nos libera de la responsabilidad de razonar.

Leer Más: Pensar es una de las mayores expresiones de la dignidad humana

Por eso las redes sociales pueden convertirse en escenarios peligrosos. El algoritmo premia muchas veces aquello que provoca reacción: indignación, miedo, rabia, escándalo. Y nosotros, voluntariamente, terminamos alimentando ese mecanismo. Compartimos antes de verificar. Condenamos antes de conocer. Insultamos antes de escuchar… Y así, palabra tras palabra, publicación tras publicación, vamos construyendo una sociedad en la que el otro deja de ser nuestro semejante para convertirse en un objeto de desprecio.

Ésta es, entonces, una forma de violencia sin sangre, pero no necesariamente sin víctimas. Porque las palabras tienen consecuencias.

Una persona puede ser destruida socialmente por una mentira. Una familia puede sufrir por una acusación irresponsable. Una comunidad puede ser estigmatizada. Un ciudadano puede convertirse en blanco de miles de agresiones digitales simplemente porque alguien decidió presentarlo como enemigo. Y ese ciudadano y su familia, igualmente, pueden convertirse en blanco de agresiones reales contra su integridad física y su vida porque alguien decidió presentarlos como enemigos.

Y en este momento de la reflexión habrá quien defienda esas agresiones verbales como fruto del derecho a la libertad de expresión. Por eso, conviene recordar que el derecho fundamental a la libertad de expresión no es una licencia para atentar contra el principio constitucional de la dignidad humana.

Tenemos derecho a disentir, a criticar, a denunciar, incluso, a ser profundamente severos con quienes consideramos responsables de actuaciones reprochables. Pero el otro tiene derecho a que se le presuma su buena fe y su inocencia, igual que a la defensa y al debido proceso… Y éste es un llamado al deber de no convertir la palabra en instrumento de odio.

El lenguaje nació para cooperar, transmitir conocimiento, expresar sentimientos y construir comunidad. No debería convertirse en una tecnología de destrucción masiva de la dignidad humana.