El nuevo Congreso de la República quedó instalado este 20 de julio con un hecho político que reconfigura el panorama de gobernabilidad del presidente electo, Abelardo de la Espriella. Contra los pronósticos del Ejecutivo entrante, el senador Honorio Henríquez, del Centro Democrático, fue elegido presidente del Senado para el periodo 2026-2027, derrotando a Alfredo Deluque, del Partido de la U, quien era el candidato respaldado por el próximo Gobierno.
La elección dejó una de las imágenes políticas más llamativas de la jornada: Henríquez alcanzó la presidencia con el respaldo de su propio partido y con votos provenientes del Pacto Histórico, la bancada más numerosa del Senado y principal fuerza del gobierno saliente de Gustavo Petro.
El resultado representa el primer gran revés político para De la Espriella antes incluso de asumir la Presidencia de la República el próximo 7 de agosto, al evidenciar que la mayoría legislativa que se proyectaba sobre el papel aún no se traduce en una disciplina parlamentaria suficiente para garantizar el control de las principales dignidades del Congreso.
Un Senado fragmentado
El periodo legislativo 2026-2030 comenzó con un Senado integrado por 103 curules. El Pacto Histórico se consolidó como la primera fuerza política con 26 escaños, seguido por el Centro Democrático, con 17.

La composición de la corporación continúa con el Partido Liberal, que obtuvo 13 curules; el Partido Conservador, con 10; el Partido de la U, con ocho; y la coalición conformada por los partidos Verde, En Marcha, Demócrata, Colombia Renaciente y ASI, que suma 11 senadores.
Por su parte, Cambio Radical, en alianza con ALMA, alcanzó siete curules; Ahora Colombia, integrada por Mira, Nuevo Liberalismo y Dignidad y Compromiso, obtuvo cinco; mientras que el Movimiento Salvación Nacional, que respaldó la candidatura presidencial de De la Espriella, ingresó con cuatro senadores.
Las dos curules restantes corresponden a la circunscripción indígena.
Las cuentas del Gobierno no alcanzaron
Antes de la instalación del Congreso, el Gobierno electo proyectaba una coalición integrada por Salvación Nacional, Partido Conservador, Partido de la U y Cambio Radical, con la expectativa de sumar posteriormente al Partido Liberal para consolidar una mayoría cercana a los 62 votos.
Sin embargo, la elección de la Presidencia del Senado dejó en evidencia que esas mayorías aún no están consolidadas.
Aunque el Centro Democrático se había declarado partido de gobierno y hacía parte de la coalición que respaldó a De la Espriella en la segunda vuelta presidencial, decidió reclamar para sí la Presidencia del Senado, desconociendo la aspiración de Deluque, impulsada desde la Casa de Nariño entrante.
La decisión terminó favoreciendo a Honorio Henríquez, quien consiguió además el apoyo de sectores del Pacto Histórico, permitiendo una convergencia política inesperada entre dos fuerzas que durante la campaña presidencial estuvieron en orillas opuestas.

Primer golpe a la gobernabilidad
Más allá de la elección de una dignidad legislativa, el resultado tiene un profundo significado político.
La derrota del candidato oficial constituye el primer revés para la estrategia de gobernabilidad del presidente electo y deja en evidencia que las alianzas construidas durante la campaña presidencial no garantizan una actuación unificada dentro del Congreso.
El episodio también anticipa un escenario de negociaciones permanentes para el Gobierno entrante, que deberá consolidar mayorías proyecto por proyecto si pretende sacar adelante las reformas que presentará a partir del 20 de julio y, especialmente, después de la posesión presidencial del 7 de agosto.
La elección de Henríquez demuestra que el nuevo mapa político del Senado será más dinámico de lo previsto y que ninguna coalición tiene asegurado el control absoluto de las decisiones legislativas.
Cámara ya tenía acuerdo
Mientras el Senado vivía una intensa disputa por su Presidencia, la Cámara de Representantes registró un panorama mucho más tranquilo.
Las mayorías oficialistas habían acordado previamente respaldar al representante Nicolás Barguil, del Partido Conservador, para dirigir esa corporación, evitando un pulso similar al que terminó convirtiéndose en la primera derrota política del presidente electo en el Congreso.
Con este resultado, el Legislativo inicia un nuevo periodo marcado por la fragmentación, las alianzas variables y una gobernabilidad que, desde su primer día, demuestra ser más compleja de lo que anticipaban las proyecciones iniciales.





























