«¿Cómo es un cerebro?», le preguntó. No recuerda muy bien qué le respondió su tío, Francisco Lopera Restrepo. Pero no olvida que la llevó a la biblioteca de su casa y le mostró un fósil de coral lleno de surcos y relieves que se asemejan a esa parte del cuerpo de la que tanto se hablaba en las reuniones familiares.
Esta escena permanece intacta en la memoria de Paula Ospina Lopera. Tenía unos siete años cuando se interesó por primera vez en lo que hacía su tío. En ese entonces, sabía que era médico y que investigaba cosas muy importantes. Hablaba con propiedad del cerebro, ese órgano que permite que los humanos piensen, sientan y recuerden; mencionaba enfermedades raras que lo deterioran y tratamientos que intentaban contrarrestar estos males.
Con el paso del tiempo fue entendiendo mejor quién era su tío. Lo empezó a descubrir en el semillero de neurociencias para niños de la Universidad de Antioquia, cuando asumir el rol de investigadora era una oportunidad para jugar y aprender. Paula, Karina —la única hija del doctor Lopera— y otros primos se reunían los sábados en un salón para aprender sobre el Alzheimer, una enfermedad neurodegenerativa que se cruzó por primera vez en la vida de Francisco Lopera cuando vio que su abuela paterna empezó a olvidarse de los suyos. Desde entonces, se propuso un objetivo que guió su camino: encontrarle una cura al que muchos conocen como «el mal del olvido».
Paula siguió recopilando datos sobre su tío en el álbum que su mamá, Lucelly Lopera, y otras tías fueron llenando con los recortes de prensa que registraban los avances de las investigaciones que el doctor Lopera hacía con el Grupo de Neurociencias de Antioquia —GNA—, que creó en la Facultad de Medicina de la UdeA en 1992.
En varias páginas de ese archivo, creado con esmero y orgullo, aparece una de las hazañas más importantes de su carrera: en 1995, con el apoyo de su equipo, descubrió la «mutación paisa», el gen responsable de la enfermedad de Alzheimer hereditario precoz, un hallazgo clave en la comprensión de esta demencia y sus posibles tratamientos.
También supo de la relación tan estrecha que tenía con los pacientes de Alzheimer y sus familias. En las reuniones de los sábados en la casa de la abuela, él contaba detalles de sus salidas de campo, de los avances de las investigaciones, de los congresos a los que asistía. Hablaba de la generosidad de las familias que decidían donar el cerebro de sus seres queridos al Neurobanco del GNA, que comenzó en 1995 con la primera donación.
«Para él, donar su propio cerebro era una forma de actuar con reciprocidad frente a lo que le pedía a los demás. Era como decirle a los pacientes y a sus familias: ‘cómo te pido que dones tu cerebro o una muestra de sangre para estudiarla si yo no hago lo mismo’. Él siempre enseñaba con el ejemplo», recuerda Paula Ospina Lopera, quien, tras un largo recorrido, se convirtió en neuropsicóloga del GNA.
Un acto de amor y coherencia
Si hay algo que Karina Lopera admiraba de su papá era la coherencia; por eso, el 10 de septiembre del 2024, el día en que el doctor Francisco Lopera falleció —rodeado de orquídeas y en compañía de los suyos—, ni ella ni su familia lo dudaron por un segundo: «No habría tenido ningún sentido que el cerebro de mi papá no se hubiera entregado para estudio. Eso es por lo que él luchó; también es parte del legado que quería dejar», cuenta Karina, quien, a pesar de haber elegido un camino distinto al de su padre —estudió literatura y antropología—, compartía con él el gusto por el lenguaje.
Esa llamada —la misma que hacen al Neurobanco los familiares de los pacientes que fallecen a causa de enfermedades neurodegenerativas o por otras circunstancias— la recibió David Aguillón Niño, el pupilo que se formó al lado del maestro, el médico y doctor en Ciencias Básicas Biomédicas que en agosto de 2024 asumió la coordinación del GNA. Como joven investigador, asistió más de 200 procesos de donación; pero, en esta ocasión, no se sintió capaz de hacerlo: «Aunque lo acompañé en todo el proceso de su enfermedad, uno nunca está preparado para esa despedida. Fueron muchos años juntos».
Esa misión la asumió Andrés Villegas Lanau, coordinador del Neurobanco. El protocolo se llevó a cabo al pie de la letra, tal y como se hace con todos los donantes. Lo único que cambió fue que el proceso de extracción, que lo suelen hacer los estudiantes, estuvo a cargo de un alumno, amigo y colega: «Le estaré eternamente agradecida a Andrés por asumir esta difícil responsabilidad. Para mí es un héroe», dice Karina.





























