Cada 4 de agosto, cuando Colombia conmemora el Día del Comunicador Social y Periodista, más que celebrar una profesión, deberíamos hacer un alto para preguntarnos qué tanto nos hemos alejado de aquello que le dio sentido y legitimidad al oficio: la búsqueda honesta de la verdad, la independencia frente al poder y el compromiso inquebrantable con el interés general.

No se trata de una mirada nostálgica ni de idealizar un pasado que también tuvo errores. El periodismo nunca ha sido perfecto: ha conocido excesos, sesgos y equivocaciones. Pero existía un principio que funcionaba como límite moral: la vergüenza profesional.

Había pudor frente al error. Existía el temor de publicar una información falsa, de manipular un dato, de sacar una conclusión sin pruebas o de convertir una opinión en un hecho. El periodista sabía que su principal patrimonio era la credibilidad y que perderla equivalía a perderlo todo.

Hoy esa vergüenza parece haberse evaporado.

Resulta preocupante observar cómo algunos medios de comunicación, incluso tradicionales y dirigidos por periodistas formados en facultades de Comunicación Social y Periodismo, han terminado normalizando prácticas que antes constituían una falta gravísima contra la ética profesional: la mentira se presenta como noticia, la opinión se disfraza de información, la especulación reemplaza la investigación, los titulares buscan provocar emociones antes que informar y la agenda informativa, con frecuencia, deja de responder al interés público para servir a intereses particulares, políticos, económicos o ideológicos.

Lo más inquietante es que muchas de estas prácticas ya no generan siquiera incomodidad. Se ejercen con absoluta tranquilidad, como si el rigor periodístico hubiera dejado de ser una obligación para convertirse en una opción.

Las redes sociales, por supuesto, modificaron profundamente el ecosistema informativo: la velocidad desplazó la verificación, la viralidad comenzó a valer más que la precisión, el clic terminó siendo más importante que la calidad de la información y las llamadas fake news demostraron que una mentira bien distribuida puede recorrer el mundo antes de que la verdad tenga oportunidad de levantarse.

Sin embargo, sería un error responsabilizar únicamente a las plataformas digitales.

Las redes sociales no obligan a un periodista a mentir, no exigen manipular contextos, omitir información relevante, tergiversar declaraciones o construir narrativas destinadas a favorecer o destruir personas según conveniencias políticas o económicas. Esa sigue siendo una decisión humana, editorial y ética.

El verdadero problema aparece cuando quienes deberían actuar como diques frente a la desinformación terminan convirtiéndose en sus principales amplificadores.

Entonces el periodismo deja de ser un servicio público para convertirse en un instrumento de propaganda. Y cuando esto ocurre, la sociedad pierde mucho más que buenos periodistas: pierde confianza, pierde referentes, pierde la posibilidad de tomar decisiones informadas y pierde una de las instituciones indispensables para el funcionamiento de una democracia.

No deja de ser paradójico que, mientras exigimos transparencia a los gobernantes, algunos medios renuncien a la transparencia consigo mismos. Reclaman ética al poder mientras abandonan la ética en sus propias salas de redacción.

La libertad de prensa nunca ha significado libertad para mentir. El derecho a informar jamás ha incluido el derecho a desinformar. Y la libertad de expresión no puede confundirse con la licencia para injuriar, calumniar o destruir reputaciones sin evidencia suficiente.

El periodismo no consiste en ganar discusiones ideológicas ni en alimentar trincheras políticas. Su misión es bastante más exigente: ofrecer a la ciudadanía información verificada, contextualizada y equilibrada para que cada persona pueda construir su propio juicio. Eso exige disciplina, método, honestidad intelectual, reconocer errores cuando se cometen, separar con claridad los hechos de las opiniones y resistir las presiones del poder, cualquiera que sea su origen.

Sobre todo, exige recuperar esa vieja palabra que hoy parece incómoda: vergüenza. Vergüenza de publicar lo que no está comprobado. Vergüenza de manipular cifras. Vergüenza de sacar de contexto una declaración. Vergüenza de utilizar el micrófono o la cámara como armas políticas. Y vergüenza de sacrificar la verdad por la conveniencia.

Es imperdonable convertir la falta de rigor en un método de trabajo y la mentira en una estrategia editorial.

En este Día del Comunicador Social y Periodista, la mejor manera de honrar la profesión no es intercambiar felicitaciones ni celebrar una fecha en el calendario. Es volver a los principios que hicieron del periodismo un pilar de la democracia: la verdad como propósito, la independencia como condición y el interés general como única causa superior.

Sólo entonces podremos decir que seguimos ejerciendo un oficio digno de la confianza que la sociedad, en el que la credibilidad siga siendo nuestro patrimonio y que nos haga dignos de prestigio y aprecio y no de desprecio.