Este viernes, 7 de agosto de 2026, comienza el período de un nuevo gobierno en Colombia, en cabeza de Abelardo de la Espriella, nuevo Jefe de Estado, Jefe del Gobierno y Suprema Autoridad Administrativa. ¡Y que le vaya bien! ¿A quién le conviene que a Colombia le vaya mal?
Lo cierto es que la polarización que sufre Colombia lleva a muchos a desearlo, como si el fracaso del que piensa distinto fuera nuestra propia victoria: si gobierna alguien que no me gusta, espero que fracase. Si una decisión suya funciona, me cuesta reconocerla. Si algo sale mal, corro a celebrarlo porque confirma lo que llevo meses diciendo en redes sociales.
Ocurrió con Gustavo Petro, con Duque, Santos y con todos los demás hacia atrás… y sucederá con Abelardo de la Espriella.
Es la consecuencia de una Colombia políticamente fracturada, y en ello tenemos responsabilidad todos.
La tienen los políticos que descubrieron que el miedo, la rabia y la indignación movilizan más votos que propuestas.

La tienen quienes hacen oposición y confunden controlar al Gobierno —que es indispensable en cualquier democracia— con oponerse absolutamente a todo. Pero también la tiene el Gobierno, si interpreta cada crítica como un ataque y utiliza su mayoría y su poder para desconocer a quienes piensan diferente.
La responsabilidad también la tienen los medios de comunicación porque confunden informar con alimentar permanentemente la confrontación. Nos han acostumbrado a titulares incendiarios, a reportajes y entrevistas que en vez de ayudar a entender se convierten en publirreportajes, en publientrevistas, en propaganda o en espectáculo para producir peleas que generen millones de reproducciones.
Los medios tendrán durante estos cuatro años una responsabilidad enorme: investigar, preguntar, incomodar al poder y denunciar cuando corresponda. Pero deben hacerlo con rigor, sin convertirse en oposición y tampoco en oficina de prensa del Gobierno.
También la tienen las redes sociales. Nunca habíamos tenido tanta información al alcance de la mano y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil manipularnos: compartimos antes de verificar, insultamos antes de escuchar, convertimos una frase de 20 segundos en una sentencia definitiva sobre una persona. Los algoritmos entendieron que nuestra rabia produce atención, lo que debería llevarnos a no culpar al algoritmo, porque somos nosotros quienes hacemos clic, somos nosotros quienes compartimos, los que insultamos… Somos nosotros quienes decidimos si al otro lo tratamos como un adversario político o como un enemigo.
Y, precisamente, la responsabilidad de esta Colombia políticamente polarizada y fracturada también es de los ciudadanos. Quizá ellos son los principales responsables.
Los que madrugan a trabajar, tienen una empresa, buscan empleo, los jóvenes que están decidiendo si construyen aquí su futuro, los campesinos, los trabajadores, los profesores, los estudiantes, los emprendedores… A ellos no les sirve una Colombia incendiada políticamente, no les sirve que aumente el desempleo para demostrar que el Presidente se equivocó.
No les sirve que se vaya la inversión para que la Oposición pueda decir “se los advertimos”. No les sirve la inseguridad para ganar una discusión en X. No les sirve que un proyecto importante fracase simplemente porque fue propuesto por el Gobierno contrario…
Y tampoco les sirve a los otros, los que están felices con el nuevo Presidente, esconder sus errores, sólo porque votaron por él.
Por eso al presidente Abelardo de la Espriella hay que exigirle muchísimo. Tiene que entender que recibió el mandato este 7 de agosto para gobernar a Colombia, para servir al interés superior de 53,9 millones de colombianos y no solamente a los 12,9 millones de electores que lo eligieron. Tendrá que escuchar a quienes marchen contra él, respetar a una prensa que lo cuestione, aceptar los controles institucionales y comprender que el poder democrático siempre tiene límites.
Y quienes no votaron por él tienen exactamente el mismo derecho a cuestionarlo desde el primer día. Pero una cosa es querer que un gobierno corrija y otra muy distinta querer que fracase, porque cuando fracasa el gobierno, las consecuencias no se quedan en la Casa de Nariño o en la “Casa Blanca” de Barranquilla o en cualquiera otra subsede del Gobierno nacional que decida el presidente De la Espriella.
Colombia necesita recuperar la confianza entre los colombianos, en las instituciones… Confianza para invertir, para generar empleo, para que nuestros jóvenes quieran quedarse y, por supuesto, mucha confianza internacional. Colombia necesita que cuando afuera se hable de Colombia no se piense únicamente en sus peleas, en la violencia o en un país en crisis.
Colombia necesita que lo vean como un país serio, democrático, trabajador, capaz de cumplir su palabra, de respetar sus instituciones y de ofrecer oportunidades. Y eso no depende únicamente del Presidente: depende del Gobierno y de la oposición; de los empresarios y de los trabajadores; de los medios de comunicación y de quienes los consumimos; de los políticos y de quienes votamos por ellos; de quienes tienen millones de seguidores y de quien simplemente escribe un comentario desde su celular.
Podemos pasar los próximos cuatro años intentando demostrar que “los míos” tenían razón y “los otros” estaban equivocados. O podemos hacer algo políticamente mucho más difícil: exigir, vigilar, debatir, denunciar cuando haya que denunciar, reconocer cuando haya que reconocer y entender que ninguna diferencia ideológica debería hacernos desear el fracaso de nuestro propio país.
Colombia no quiere un Presidente al que nadie critique, pero quiere que haya una Oposición que sepa criticar sin destruir.
En el mismo sentido de la responsabilidad exigida, pensando en el interés superior de los 53,9 millones de colombianos, Colombia no quiere una oposición silenciosa. Al contrario, la democracia exige una oposición fuerte, pero responsable.
Tampoco quiere medios de comunicación complacientes: necesita medios de comunicación libres, rigurosos e independientes.
Y, por supuesto, Colombia no quiere ciudadanos que dejen de discutir sobre política. Ojalá, eso sí, se interesen en adquirir cultura política, para que esas discusiones tengan altura y responsabilidad, sin olvidar, además, que los ciudadanos puedan discutir sin olvidar que, cuando termina la discusión, siguen viviendo en el mismo país.
Entonces, ¿A quién le conviene que a Colombia le vaya mal? A nadie, a los colombianos, definitivamente, no.
Este viernes, 7 de agosto de 2026, empieza un nuevo gobierno, y ojalá con él empiece también una ciudadanía mucho más exigente, mucho más crítica y, sobre todo, mucho más consciente de que Colombia está por encima de cualquiera de nuestras diferencias.





























