Por: Coronel Carlos Alfonso Velásquez

A pocos días de que se abran las urnas para la primera vuelta presidencial el panorama es francamente desalentador empeorado por una ostensible crispación. En el trasfondo gravita el ocaso de un gobierno sin grandeza que no orientóa su pueblo hacia la reconciliación por sendas de laboriosidad, salubridad, seguridad, educación y concordia. Por el contrario, uno de los principales legados de Petro es entregar un país profundamente dividido y altamente ideologizado. Tanto así que en la campaña presidencial estamos a punto de cruzar un peligroso punto de no retornopor estarnos perdiendo en confrontaciones verbales e incluso físicas absurdas, centradas en personas y proyectos ideológicos que miran el país desde la estrecha visión de las heridas de su propia vida. Se ha conformado así un contexto maniqueísta donde más que ideas o propuestasafloran emociones que dan pie a una tóxica polarización contraria a todo propósito común. Lo cierto es que los ciudadanos de a pie estánpadeciendo los efectos disolventes de una política sin la grandeza que convoque a la esperanza y la reconciliación.

Aún más, lo que se está viviendo en la campaña incide en las regiones. La MOE no solamente ha advertido que 386 municipios están lidiando con serios riesgos electorales, sino que nos ha demostrado que las disidencias de las Farc, como una especie de estado sustituto, están carnetizando a los ciudadanos de varias poblaciones del sur del Tolima, Cauca y Caquetá. Y, por si fuera poco,  Indepaz registra 54 masacres con 233 muertos entre enero y mayo superando los datos del mismo período desde cuando se firmó el acuerdo con las Farc en 2016. Mientras tanto las propuestas de seguridad de los candidatos con mayor opción oscilan entre la eufemística “seguridad democrática” y la “seguridad humana”, cuando lo que se necesita es una estrategia de seguridad pacificadora y pacificante que empiece por instaurar la soberanía nacional interna en todo el territorio.

Ahora bien, basta ver el momento que está viviendo la campaña electoral para comprender cuál es la Colombia que nos espera en los cuatro años que vienen, si cualquiera de los punteros en las encuestas gana la presidencia. Quien la gane llegará a gobernar un país profundamente dividido y altamente ideologizado, con una oposición plena de heridas aumentadas durante la campaña: ¿alguno de los candidatos (a) tiene la grandeza y la fuerza moral para dejar atrás esas heridas y ser creíble llamando a la reconciliación reafirmandolos valores democráticos? Quisiera equivocarme, pero creo que no.

Entonces, imaginar a Colombia bajo tres hipotéticas presidencias es asomarse a tres despeñaderos políticos distintos. Si Iván Cepeda llegara al poder, el país podría llegar a la consolidación de una gobernanza de facción. Su gobierno tendería a perpetuar el actual caos administrativo al que le sumaría la exaltación en demasía de las víctimas del Estado y/o los paramilitares, frenándoles el avance hacia la nobleza del perdón. Veríamos un Estado más asistencialista que subsidiario con un sistema de salud destruido y un latente estallido social detonado por un modelo que solo legisla para las minorías ruidosas excluyendo a la mayoríasilenciosa.

Por otro lado, un gobierno de Abelardo de la Espriella instauraría un peligroso caudillismo vanidoso. La presidencia se transformaría rápidamente en un set mediático donde el ego y el espectáculo reemplazarían la verdadera administración del Estado a no ser que delegara completamente las líneas gruesas de dicha responsabilidad en el vicepresidente. Si no, su mandato se basaría en la improvisación absolutista. Ante cada error, atacaría con pedantería a sus críticos, vulnerando las garantías de equidad de la Constitución de 1991 exponiéndonos a una grave debacle institucional aupada por una oposición liderada por Cepeda en el congreso y Petro en las calles.

Finalmente, una eventual presidencia de Paloma Valencia significaría un anacronismo histórico. Bajo la constante sospecha del poder vicario, su mandato no ofrecería garantías de independencia, actuando como la palanca de un líder natural. Impondría una seguridad excluyente, reviviendo heridas del pasado sin sanar. Es que,aunque nadie en el mundo político está libre de pecado por las vejaciones ocurridas durante el conflicto armado, varios de sus seguidores, empezando por su papá político, permanecen listos para tirar no solamente la primera piedra,sino también ladrillos.

Por todo lo anterior mi conciencia me impone Votar en Blanco con la tenue esperanza de que se tuviera que repetir la primera vuelta con diferentes candidatos.