Durante años, el león recibió su ración puntual. A la misma hora, el mismo filete. No necesitó cazar, ni decidir, ni arriesgar. La rutina hizo lo suyo: primero adormeció el instinto, luego debilitó el cuerpo. Un día, la jaula quedó abierta. No salió. No porque la puerta estuviera cerrada, sino porque algo más profundo se había clausurado: la voluntad y la capacidad de ser libre.

La imagen es potente, pero sería un error usarla como un reproche simplista contra el periodismo. No todos los periodistas han renunciado a su independencia; muchos trabajan con rigor en condiciones adversas, enfrentando presiones políticas, económicas y empresariales que no siempre son visibles para el público. Por eso, más que señalar individuos, conviene interrogar el sistema en el que operan.

En Colombia, la libertad de prensa es un pilar democrático incuestionable. Sin ella, no hay control al poder ni deliberación pública informada. Pero reducirla a la ausencia de censura estatal es quedarse a mitad de camino. La libertad de prensa también depende de condiciones materiales y culturales: modelos de financiación, concentración de la propiedad, dependencia de la pauta, lógicas de inmediatez que premian el clic por encima del contexto, y una creciente polarización que empuja a muchos medios y periodistas a tomar partido.

En ese entorno, la metáfora del león adquiere otro sentido. No es solo el animal que se acostumbra, sino el ecosistema que lo acostumbra. Un ecosistema que, en ocasiones, recompensa la complacencia y castiga la incomodidad; que convierte la cercanía con el poder en ventaja competitiva y el rigor en desventaja operativa. Así, poco a poco, el periodismo corre el riesgo de perder músculo: el músculo de investigar, de contrastar, de incomodar, de resistir.

La psicología ofrece una clave útil para entender este fenómeno: la indefensión aprendida. Cuando durante mucho tiempo las condiciones limitan la autonomía, incluso cuando aparece una oportunidad de ejercerla, puede no aprovecharse. No se trata de incapacidad natural, sino de una adaptación adquirida. En el caso del periodismo, esa adaptación puede traducirse en agendas dependientes, narrativas alineadas y silencios elocuentes.

Pero sería injusto y, sobre todo, improductivo, quedarse en el diagnóstico. La libertad, como sugiere la fábula, no es solo una condición externa; es una práctica que se ejercita. Y el periodismo, si quiere honrar su función democrática, necesita recuperar y fortalecer tres dimensiones esenciales.

La primera es el músculo profesional: verificación rigurosa, contraste de fuentes, contextualización de la información. En tiempos de sobreabundancia informativa, la profundidad no es un lujo, es una obligación.

La segunda es el músculo ético: independencia frente a los poderes políticos y económicos, transparencia en los posibles conflictos de interés y una clara distinción entre información y opinión. La credibilidad no se decreta: se construye, caso por caso, decisión por decisión.

La tercera es el músculo ciudadano: audiencias críticas, capaces de exigir calidad, de no premiar la desinformación y de entender que el buen periodismo tiene costos. Una sociedad que consume acríticamente termina financiando aquello que luego critica.

La puerta de la jaula, en muchos casos, está entreabierta. Existen márgenes para investigar mejor, para preguntar más incómodo, para resistir la tentación de la narrativa fácil o del alineamiento automático. No siempre es sencillo ni exento de riesgos, pero es allí donde se juega el sentido mismo del oficio.

La libertad de prensa sigue siendo una conquista irrenunciable. Pero su valor no se agota en su proclamación jurídica ni en su defensa retórica. Se mide, todos los días, en la calidad de la información que circula, en la independencia de quienes la producen y en la exigencia de quienes la consumen.

Porque, al final, el problema no es que la jaula exista. El verdadero problema es acostumbrarse a ella.