Colombia dejó de organizarse alrededor de partidos y liderazgos tradicionales para convertirse en un país dividido emocional y electoralmente entre petrismo y antipetrismo. Los resultados de la primera vuelta presidencial así lo muestran: mientras Abelardo de la Espriella obtuvo 10.361.499 votos e Iván Cepeda alcanzó 9.688.361, la candidata del uribismo, Paloma Valencia, apenas logró 1.639.685 sufragios. Más que una derrota electoral, lo ocurrido representa un hecho político que muchos no creían que fuera a llegar: el uribismo dejó de ser el eje ordenador de la derecha colombiana y Álvaro Uribe Vélez parece haber perdido la capacidad de conducir mayoritariamente el sentimiento opositor en el País.

Durante más de dos décadas, Uribe fue el gran referente político nacional. No sólo ganó elecciones: moldeó el debate público, definió prioridades, impuso narrativas y construyó una identidad política alrededor de la seguridad, la autoridad y la confrontación con la izquierda. Durante años, cualquier candidato competitivo de derecha necesitaba su bendición política y electoral: “El que diga Uribe”.

Al parecer, ese ciclo histórico llegó a su límite. La candidatura de Paloma Valencia tenía experiencia, visibilidad mediática, estructura partidista y el respaldo explícito del uribismo. Sin embargo, terminó relegada a un distante tercer lugar. Y eso ocurre porque buena parte del electorado opositor ya no ve al Centro Democrático como el instrumento más eficaz para enfrentar al petrismo. Ese espacio político fue ocupado por Abelardo de la Espriella, quien logró interpretar emocionalmente el rechazo al gobierno de Gustavo Petro sin depender de las estructuras tradicionales del uribismo.

Paradójicamente, el uribismo terminó absorbido por una fuerza más grande que él mismo: el antipetrismo.

La segunda vuelta entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella no es realmente una disputa entre dos proyectos novedosos de país. Es, en esencia, un referendo político y emocional sobre Gustavo Petro.

De un lado está Cepeda, heredero natural del proyecto político que llevó al petrismo al poder y que representa, para millones de colombianos, la continuidad de las transformaciones impulsadas desde 2022. Del otro lado está De la Espriella, quien logró canalizar el cansancio, el miedo, la frustración y el rechazo que otra parte importante de la sociedad siente frente al actual gobierno.

La discusión de fondo dejó de ser programática. El debate ya no gira alrededor de propuestas económicas, sociales o institucionales. La pregunta dominante es simple y emocional: ¿continuar o detener el proyecto político que representa Petro?

Durante décadas, Colombia estuvo organizada alrededor del bipartidismo liberal-conservador. Más tarde aparecieron caudillos regionales, coaliciones y movimientos ciudadanos. Luego llegó el uribismo como gran fuerza hegemónica de la derecha. Pero hoy el mapa político parece reducido a un único eje de confrontación: estar con Petro o estar contra Petro.

Eso explica también porqué el candidato más votado de la primera vuelta fue precisamente un outsider político. Abelardo de la Espriella no construyó su liderazgo desde una estructura partidista clásica, ni desde una larga trayectoria electoral. Su principal activo fue convertirse en el intérprete más radical, visible y emocional del antipetrismo.

Y, al mismo tiempo, Iván Cepeda tampoco ha logrado desprenderse completamente de la sombra política de Gustavo Petro. Buena parte de la percepción pública sobre su candidatura gira alrededor de cuánto representa continuidad y cuánto representa autonomía. Incluso después de la primera vuelta, sectores de su campaña han intentado marcar matices frente al actual gobierno para conquistar votantes moderados y de centro.

La elección presidencial dejó de ser una competencia entre proyectos alternativos de nación para convertirse en una confrontación entre quienes respaldan el proyecto político del Presidente y quienes quieren derrotarlo políticamente.

Y quizá esa sea la señal más clara de la crisis de liderazgo que atraviesa el País: la derecha no logró construir una figura con identidad propia más allá de la oposición a Petro. La izquierda sigue dependiendo enormemente del liderazgo simbólico y emocional del Presidente. Y el centro político, nuevamente, quedó reducido a una fuerza incapaz de disputar, realmente, el poder. Entonces, el uribismo dejó de ser la principal fuerza articuladora de la oposición colombiana y la política nacional quedó atrapada entre dos grandes emociones colectivas: el petrismo y el antipetrismo.

La pregunta que queda abierta es si una democracia puede sostenerse sanamente cuando toda la discusión pública termina reducida a dos pasiones irreconciliables. Porque cuando la política deja de construirse alrededor de ideas, instituciones y consensos, y empieza a girar únicamente alrededor de adhesiones emocionales y rechazos viscerales, el riesgo no es solamente la polarización, el verdadero riesgo es que el País pierda la capacidad de escucharse a sí mismo.

Álvaro Uribe Vélez, el hombre que durante más de 20 años organizó el debate político colombiano alrededor de su figura, terminó siendo desplazado por otro fenómeno aún más dominante y absorbente: la confrontación total entre petrismo y antipetrismo.