Durante años, el león recibió su ración puntual: el mismo filete, a la misma hora. Ese león no necesitó cazar, ni decidir, ni arriesgar. Pero la rutina hizo lo suyo: primero le adormeció el instinto y, además, le debilitó el cuerpo.

Un día, la jaula quedó abierta. Pero el león no se salió. Ya tenía algo más clausurado que la puerta: la voluntad y la capacidad de ser libre.

Aunque el símil tiene la intención de hacerle un reproche al periodismo, debo reconocer que no puedo ser tan simplista, porque no todos los periodistas han renunciado a su libertad y a su independencia, que es mi propósito: muchos aún trabajan con rigor en condiciones adversas, enfrentando presiones políticas, económicas y empresariales, que no siempre son visibles para el público.

En Colombia, la libertad de prensa -cuyo Día es este 3 de mayo- es un pilar democrático incuestionable. Sin ella, no hay control al poder ni deliberación pública informada. Pero no se puede reducir a la ausencia de censura estatal. La libertad de prensa también depende de modelos de financiación, de concentración de la propiedad, de la dependencia de la pauta, de la inmediatez que premia el clic por encima del contexto y de una creciente y aterradora polarización que empuja a muchos medios y periodistas a tomar partido.

Hacia allí va encaminada la metáfora del león: no es sólo el animal que se acostumbró, sino el sistema que lo acostumbró recompensando
la complacencia y conviertiendo la cercanía con el poder en ventaja competitiva y, en el caso del periodismo, el rigor en desventaja operativa.

Así mismo, poco a poco, el periodismo corre el riesgo de perder músculo de investigar, de contrastar, de incomodar y de resistir. Un león y un periodismo caracterizados por la indefensión aprendida. O sea, cuando durante mucho tiempo las condiciones limitan la autonomía, incluso cuando aparece una oportunidad de ejercerla, puede no aprovecharse. Y no se trata de incapacidad natural, sino de una adaptación adquirida.

En el caso del periodismo, esa adaptación puede traducirse en agendas dependientes, en narrativas políticas alineadas a intereses partidistas y económicos y a silencios o escándalos que soslayan la objetividad de los datos y los hechos y se olvidan del contexto en honor a opiniones interesadas.

La libertad, como sugiere la fábula del león, no es sólo una condición externa sino una práctica que hay que ejercitar. Y el periodismo, si quiere honrar su función democrática, necesita recuperar y fortalecer el músculo profesional de la verificación rigurosa, el contraste de fuentes y la contextualización de la información.

También debe ejercitar el músculo ético: independencia frente a los poderes políticos y económicos, transparencia en los posibles conflictos de interés y una clara distinción entre información y opinión. Porque la credibilidad no se decreta: se construye, caso por caso.

El músculo ciudadano también debe ser ejercitado mediante audiencias críticas, capaces de exigir calidad, de no premiar la desinformación y de entender que el buen periodismo tiene costos. Una sociedad que consume acríticamente, termina financiando aquello que luego critica.

La puerta de la jaula, en muchos casos, está entreabierta. Existen márgenes para investigar mejor, para preguntar más incómodo, para resistir la tentación de la narrativa fácil o del alineamiento automático. No siempre es sencillo ni exento de riesgos, pero es allí donde se juega el verdadero sentido del oficio.

La libertad de prensa sigue siendo una conquista irrenunciable. Pero su valor no se agota en su proclamación jurídica ni en su defensa retórica. Se mide, todos los días, en la calidad de la información que circula, en la independencia de quienes la producen y en la exigencia de quienes la consumen. Porque el problema no es que la jaula exista. El verdadero problema es acostumbrarse a ella.