Por estos días ha sido recurrente el tema del muro de Berlín, con motivo de la conmemoración de los 20 años de su caída. Aquella construcción de 160 kilómetros de extensión, dividió las Alemanias después de la Segunda Guerra Mundial, separando por muchos años familias y amigos. Lo cierto es que éste no fue, no ha sido y, al parecer, no será el único muro existente; debe saberse y cuestionarse la existencia de otros más, como aquel que divide a México de los Estados Unidos de Norte América, otro más que separa a Israel de Cisjordania, el que separa a España y Marruecos de Gibraltar, entre otros. Inadmisible que en pleno siglo XXI se le pongan barreras a la convivencia y a la hermandad, mucho más hoy que se habla de ciudadanos del mundo.
En la ciudad de Medellín no existen muros físicos que dividan, pero sí muros invisibles que aterrorizan e intimidan a los habitantes de algunos barrios o comunas; al igual que en la Alemania de la posguerra, algunas familias, amigos y vecinos se encuentran literalmente separados o, por qué no, secuestrados, al no poder pasar de una calle o cuadra a otra, bajo la advertencia de ser asesinados si así lo hacen. Lo cierto es que los violentos no han dudado en hacer cumplir su sentencia, siendo muchos los muertos en la ciudad por causa de los muros invisibles. Lo triste de estos inhumanos encerramientos, es que en su interior aparece alguien que ostenta el poder, decidiendo quién vive y quién muere; de nuevo en la ciudad aparecen los guetos, conformados por niños y jóvenes violentos quienes argumentan defender el sector, recibiendo el pago del comercio, los transportadores y hasta de los humildes habitantes. Lo cierto es que los aportes no son tan voluntarios como ellos dicen.
Pero no sólo las calles de algunos barrios tienen dueño: el centro de la ciudad tiene también sus muros; allí, el espacio público se vende o se arrienda, se controlan las plazas de vicio y se determinan las zonas para delinquir, quedando claro que la calle no es de todos; las calles tienen dueños, y a éstas les ponen límites. Indudablemente la territorialidad citadina, estigmatiza a algunos habitantes con el rótulo de violentos; basta con saber dónde se vive o habita. Para algunos jóvenes, en ocasiones, ha sido difícil acceder a ciertos círculos sociales, académicos o laborales, por el hecho de vivir en lo más alto de una comuna popular; esos también son muros invisibles.
En toda esta inconcebible división territorial, se entreteje una inusitada violencia que padece la ciudad en los últimos meses; como van las cosas, este año es muy posible que los homicidios superen los dos mil casos. Lo cierto es que Medellín registra niveles alarmantes de criminalidad: 226 homicidios se registraron en el mes de octubre, 1.717 en los primeros 10 meses del año, lo que traduce 73 homicidios por cada 100 mil habitantes, superior a la vivida en ciudades como Bogotá y Cali. Lo anterior quiere decir que se puede volver o acercar a los registros alcanzados en el año 2003, cuando se totalizaron 2.012 homicidios.
La invitación es a que autoridades civiles y militares, en compañía de la ciudadanía, evaluemos el problema de la violencia en la ciudad y de allí surjan propuestas edificadoras, que derrumben los muros invisibles y rebajen, o mejor exterminen, las cifras de muertos que se dan en la ciudad; entre todos se debe evitar que la ciudad se siga desangrando. Lo importante ahora no es buscar culpables, se trata de ser concientes del problema, sin esconder ni manipular cifras, vendiendo la imagen de una ciudad que fue pero que ya no es.































