La polarización está en uno de sus momentos más intensos. Hay 12 fórmulas presidenciales, pero la información gira, igual de intensamente, en torno a cinco y, en realidad, en torno a tres, como resultado de las diferentes encuestas que asignaron el mayor porcentaje en la intención de voto a Iván Cepeda, Abelardo de La Espriella y Paloma Valencia, entre quienes se ha intensificado dicha polarización.

Sin embargo, es, precisamente, en tiempos como estos cuando debemos recordar que la democracia es uno de los mayores logros de la humanidad y, al mismo tiempo, uno de sus mayores desafíos. No basta con tener el derecho a votar: es necesario comprender la enorme responsabilidad que ese derecho implica, la cual les exige inteligencia y criterio a los 41.431.973 colombianos habilitados para votar este 31 de mayo, para que tomen en las urnas una decisión consciente, sin dejarse llevar por el miedo, la rabia, la indignación, la desinformación de las redes sociales y las cadenas de WhatsApp, cuyo verdadero propósito es despertar emociones y pasiones antes que razones.

Recordemos a Umberto Eco hablando de “la tiranía de la ignorancia”, advirtiendo que las redes sociales han dado voz a legiones de personas que antes hablaban sólo en el bar después de una copa de vino -incluso al bobo del pueblo que lo hacía solo ante la mirada burlona de sus paisanos-, y que ahora opinan con la misma visibilidad, y hasta mayor viralidad, que intelectuales, académicos, expertos y estudiosos. La reflexión de Eco apunta a un problema real y muy actual: la facilidad para opinar no siempre va acompañada del esfuerzo por informarse bien. De ahí la grave afectación a la democracia: cuando la desinformación circula más rápido que los hechos y las emociones pesan más que los argumentos, la democracia, gran logro de la humanidad, se vuelve vulnerable.

Esta advertencia no es nueva: Sócrates decía que una sociedad en la que las decisiones democráticas se toman desde la ignorancia, corre el riesgo de entregar su destino a quienes mejor manipulan las emociones y no a quienes mejor sirven al bien común. Platón sostenía que el gobierno debía estar guiado por el conocimiento y la búsqueda de la verdad. Mientras que Aristóteles defendía el gobierno de los mejores, que deben ser los más informados, y la importancia de una ciudadanía virtuosa y comprometida con el bienestar colectivo. Para ellos, el conocimiento no era un lujo intelectual, sino una obligación moral de todo ciudadano.

Por eso, votar libremente no significa votar a ciegas. Significa informarse, contrastar ideas, escuchar diferentes opiniones y tomar una decisión consciente. Significa no dejarse llevar por el miedo, la rabia, la indignación, la venganza y el odio que corren a raudales por las redes sociales y las cadenas de WhatsApp.

Un voto desinformado es tan dañino a la democracia como la apatía y la abstención, que siguen pronosticándose en un 45%, lo cual hace pensar que no serán más de 23 millones los electores que elijan el destino de todos los colombianos. Porque la entrega del futuro de todos a las decisiones tomadas por unos cuantos es más grave si muchos de esos pocos lo hacen sin reflexión.

La libertad que tanto se defiende no consiste únicamente en poder elegir: la libertad en su más profundo e inteligente significado y alcance consiste en elegir con criterio. Entonces, la democracia necesita ciudadanos libres, pero, muy especialmente, ciudadanos informados.

De verdad, responsables con ustedes, sus familias y con Colombia, antes de depositar el voto este domingo por una de las 12 fórmulas presidenciales, pregúntese: ¿Conozco, realmente, a quien voy a elegir? ¿He revisado sus propuestas?, ¿Entiendo las consecuencias de mi decisión?

Porque después de que se cierren las urnas ya no habrá encuestas, ni debates, ni cadenas de WhatsApp: sólo quedarán las consecuencias.

Y entonces, si elegimos desde la ignorancia, la rabia, la indignación, el odio o la desinformación, habremos entregado voluntariamente nuestro futuro a otros. Y cuando eso ocurre, perdemos también buena parte de la autoridad moral para quejarnos de lo que venga. Así que hagamos valer, realmente, nuestro voto: votemos con respeto por nosotros mismos; no nos dejemos arrastrar por la opinión sin razón, “libre” y viral, del borracho o el bobo del pueblo; no nos dejemos etiquetar como “estúpidos útiles”. Votemos con criterio, con conciencia y con mucha responsabilidad.