La democracia demuestra su fortaleza no solamente cuando los ciudadanos eligen a sus gobernantes, sino también cuando las instituciones, las reglas de juego y la voluntad popular consiguen poner límites al poder. Las recientes elecciones en Estados Unidos, con la derrota del trumpismo, ofrecen una oportunidad para reflexionar sobre la capacidad de las sociedades democráticas de defender sus libertades, preservar sus instituciones y rechazar los riesgos del autoritarismo.

En su columna de opinión “El milagro de la democracia”, publicada en El Tiempo, el historiador y analista Eduardo Posada Carbó propone una mirada que va más allá de las causas de una derrota electoral. Su reflexión invita a reconocer el significado de estos resultados para la democracia mundial y a valorar la vigencia de un sistema político que, aun sometido a profundas tensiones, conserva mecanismos para corregir sus propios rumbos.

Sinergia Informativa comparte esta reflexión por su pertinencia para un debate que no es exclusivo de Estados Unidos: la defensa de la democracia es una responsabilidad permanente de ciudadanos, dirigentes e instituciones.

EL MILAGRO DE LA DEMOCRACIA

Por: Eduardo Posada Carbó

El problema con el poder en democracia es que, con frecuencia, quienes lo gozan temporalmente se sienten imbatibles a perpetuidad. Hasta que de pronto se desploman.

Eso es lo que acaba de ocurrir con el presidente Trump en Estados Unidos, en las elecciones del martes pasado. Se predecía que el opositor Partido Demócrata conquistaría las mayorías en la Cámara de Representantes. Así ocurrió. Pero pocos esperaban que derrotaran ampliamente a los republicanos en el Senado. Como tampoco que desplazaran al partido de Trump en gobernaciones claves. Y así también ocurrió.

El periódico inglés The Guardian se refirió a la victoria del Partido Demócrata como “Barrida histórica”. “Ola demócrata en el Congreso” fue el titular del diario francés Le Monde. “Repudio” fue el titular de la revista norteamericana The Atlantic. Repudio a Trump, quien, en algún momento, quiso convertir las elecciones de mitaca en un plebiscito sobre su gobierno.

Allí están los resultados. Una serie de hitos notables para los demócratas es bien elocuente: el primer senador musulmán en la historia del Congreso estadounidense; en Carolina del Sur, los demócratas no habían tenido curul en el Senado desde 1998. Lo mismo sucedió en Texas, donde el golpe fue doble: los demócratas ganaron, además, la gobernación, después de haber estado en manos republicanas desde 1990. Y qué decir de Kansas, que “no había elegido un demócrata a la Cámara Alta desde 1932”.

Imposible exagerar las dimensiones de la derrota que acaba de recibir el presidente Trump. Según The Economist, arranca “la segunda mitad de su mandato con el nivel de aprobación más bajo de cualquier presidente en este momento de su período en los últimos 80 años”. Los analistas les atribuyen su descalabro sobre todo a los altos niveles del costo de vida. Una promesa no cumplida, como lo fue la de no impulsar nuevas guerras en el mundo.

Más allá de los exámenes sobre las causas de la derrota trumpista, importa reflexionar sobre el significado de estas elecciones de mitaca para la democracia, tanto en Estados Unidos como en el mundo.

El sistema estadounidense siempre dio la impresión de estar lleno de barreras institucionales para contener los apetitos tiránicos de cualquier mandatario. Para ello se inventaron las divisiones del poder y sus contrapesos —legisladores y magistrados frente al Ejecutivo—; las esferas autónomas de los estados de la Unión frente al gobierno federal; la prensa y la opinión pública.

Trump parecía haber puesto todo aquello patas arriba. Hizo proyectar un poder en apariencia omnipotente, extendido por el planeta. Excepcionalmente, líderes internacionales del llamado mundo desarrollado, como Mark Carney, se han atrevido a desafiarlo. El desafío ahora surgió desde el mismo seno de la sociedad, de su electorado —el milagro de la democracia—.

Ha sido el voto, institución a veces tan despreciada, el que le ha ofrecido a la democracia norteamericana un salvavidas. El resultado electoral les dará nuevo oxígeno a las otras instituciones diseñadas para frenar las ambiciones tiránicas de todo mandatario. La lección para la democracia es clara. Repensar su futuro exige repensar al poder electoral: sus funciones, las formas de su ejercicio, y cómo fortalecerlo.

La derrota de Trump es de un enorme simbolismo para el porvenir de la democracia en el mundo, acorralada hace décadas por expresiones populistas y autoritarias que parecían extenderse sin cesar. Es más que un simple freno a la supuesta ola de erosión democrática. Es una manifestación de esperanza desde la misma cuna de la democracia moderna, donde su horizonte se encontraba lleno de sombras.