La desinformación y la polarización alcanzaron niveles sin precedentes en Colombia durante los recientes procesos electorales, advirtió el registrador Nacional del Estado Civil, Hernán Penagos, durante el panel ‘Democracia bajo presión’, del VI Festival de las Ideas, en Villa de Leyva.
La advertencia vuelve a poner sobre la mesa uno de los mayores desafíos de las democracias contemporáneas: ¿qué ocurre cuando los ciudadanos toman decisiones políticas en medio de información falsa, manipulada o deliberadamente engañosa y de una conversación pública cada vez más polarizada?
La desinformación y la polarización no son fenómenos nuevos. Lo novedoso es la velocidad, el alcance y la capacidad de amplificación que han adquirido en la era digital.
Penagos señaló que la desinformación representa un riesgo que trasciende el ámbito electoral y puede tener consecuencias sobre la estabilidad de los Estados. Al referirse a la polarización, explicó que sus efectos van más allá de la confrontación política y pueden generar consecuencias sociales graves.

“La noticia humana es que la polarización genera tragedia, genera muerte, genera hostilidad”, puntualizó.
La desinformación y la polarización no son exactamente lo mismo, pero se alimentan mutuamente.
¿Qué es, realmente, la desinformación?
En términos generales, la desinformación puede entenderse como la producción o difusión deliberada de información falsa o engañosa con el propósito de inducir a error, manipular percepciones o influir en comportamientos.
El fenómeno incluye no solamente contenidos completamente falsos. También puede involucrar información verdadera presentada fuera de contexto, fotografías o videos manipulados, titulares engañosos, cuentas falsas, contenidos generados mediante inteligencia artificial, teorías de conspiración y afirmaciones imposibles de verificar que terminan siendo presentadas como hechos.
En los procesos electorales, el problema adquiere una dimensión especialmente delicada porque la información puede incidir directamente sobre la percepción que los ciudadanos tienen de los candidatos, las instituciones, las reglas electorales y los propios resultados.
En Colombia, durante los recientes procesos electorales circularon contenidos relacionados con supuestos resultados anticipados, denuncias de fraude, presuntas alteraciones de formularios, cuestionamientos a los sistemas informáticos y afirmaciones sobre ventajas supuestamente irreversibles de determinadas candidaturas.
Algunas denuncias podían tener origen en preocupaciones legítimas. El problema surge cuando una sospecha se convierte en una certeza sin que haya sido sometida previamente a verificación.
La falsedad, además, tiene una característica particular: puede ser desmentida, pero no necesariamente desaparece.
Una publicación falsa puede alcanzar miles o millones de personas antes de que llegue la correspondiente rectificación.
¿Qué es, realmente, la polarización?
La polarización política tampoco debe confundirse con la simple existencia de diferencias. La democracia necesita del pluralismo. Una sociedad democrática está hecha, precisamente, de distintas visiones sobre el Estado, la economía, la seguridad, los derechos, las instituciones y el modelo de sociedad.
El problema aparece cuando la diferencia se transforma en antagonismo permanente. Cuando el adversario político deja de ser entendido como un ciudadano con una posición distinta y empieza a ser presentado como un enemigo al que hay que destruir, deslegitimar o silenciar, la deliberación democrática comienza a deteriorarse.
En ese ambiente, la discusión sobre propuestas puede ser sustituida por la descalificación personal, el insulto, la estigmatización y la sospecha permanente.

La política deja entonces de ser entendida como un espacio legítimo para tramitar diferencias y empieza a convertirse en una confrontación entre supuestos “buenos” y “malos”.
El resultado puede ser una ciudadanía dividida en bloques que no solamente discrepan sobre las soluciones para los problemas nacionales, sino que terminan desconfiando de quienes piensan diferente.
Y allí aparece uno de los mayores riesgos: cuando el adversario político se convierte en enemigo social, el diálogo empieza a parecer una traición.
Desinformación y polarización pueden formar un círculo difícil de romper. Una falsedad puede reforzar un prejuicio político. Y un prejuicio político puede hacer que una persona esté más dispuesta a creer una falsedad que confirme aquello que ya piensa.
El proceso funciona así:
se publica una afirmación engañosa → se comparte entre personas que piensan de manera semejante → se refuerza la convicción de que esa versión es cierta → se desacredita a quien la contradice → aumenta la desconfianza → se profundiza la polarización.
Las redes sociales aceleran este proceso. Los algoritmos de recomendación tienden a mostrar contenidos relacionados con los intereses y comportamientos anteriores de cada usuario. Esto favorece la formación de comunidades digitales en las que predominan opiniones semejantes.
Son las llamadas cámaras de eco: espacios en los que una persona encuentra permanentemente argumentos que confirman sus propias convicciones y tiene menor exposición a perspectivas diferentes.
Pero sería equivocado concluir que las redes sociales son, por sí mismas, enemigas de la democracia.
También han ampliado el acceso a la información, han permitido la participación de ciudadanos que antes tenían pocas posibilidades de intervenir en el debate público y han facilitado la circulación de denuncias y testimonios que pueden ser relevantes para la sociedad.
El problema, por tanto, no es simplemente la existencia de las redes. Está también en cómo se utilizan, qué contenidos se amplifican y qué incentivos existen para producir y compartir información que genere indignación, miedo o confrontación.
En este escenario, el periodismo adquiere una responsabilidad todavía mayor. Los medios tradicionales ya no tienen el monopolio de la circulación de información. Una publicación de un ciudadano, un candidato, un influenciador o una cuenta anónima puede alcanzar en minutos una audiencia que antes requería la infraestructura de un medio de comunicación.
Pero eso no elimina la responsabilidad periodística. La hace más necesaria.
La tarea del periodista no consiste únicamente en transmitir lo que alguien dijo. Implica verificar, contextualizar, contrastar, identificar el origen de la información y diferenciar un hecho comprobado de una afirmación, una interpretación o una opinión.
El periodismo tiene además una responsabilidad particular frente a la polarización: no convertirse en una caja de resonancia de la confrontación.
Informar sobre una declaración polémica no significa necesariamente reproducirla sin contexto. Dar espacio a una denuncia no significa presentarla automáticamente como un hecho probado.
La velocidad de las redes no debería imponerle al periodismo la obligación de publicar primero y verificar después. Al contrario: en una época de información instantánea, la verificación puede ser, precisamente, uno de los principales valores diferenciadores del periodismo profesional.
El ciudadano también decide qué información amplifica. Cada ciudadano se ha convertido hoy en un potencial medio de comunicación.
Compartir una publicación sin leerla, reproducir un audio cuya procedencia se desconoce, reenviar una fotografía fuera de contexto o difundir una acusación porque coincide con las propias convicciones puede convertir a cualquier usuario en un eslabón de una cadena de desinformación.
Y esto puede tener consecuencias electorales.
Una persona que recibe información falsa sobre el sistema de votación puede abstenerse de votar. Otra puede creer que determinada elección ya está decidida y considerar inútil participar. Otra puede asumir que hubo fraude antes de que existan pruebas. Otra puede rechazar una propuesta política basándose en una afirmación que nunca fue cierta.
Por eso la desinformación no solamente puede modificar una opinión, puede afectar la capacidad de deliberar y decidir libremente.
La polarización no solamente afecta a los ciudadanos. También puede convertirse en una amenaza para los periodistas y los medios.
Durante los recientes procesos electorales, organizaciones defensoras de la libertad de prensa documentaron agresiones, hostigamientos y ataques contra periodistas y medios de comunicación, incluidos episodios originados en la confrontación política en redes sociales.
El fenómeno es preocupante cuando el periodista deja de ser juzgado por la calidad de la información que publica y pasa a ser identificado como integrante de uno u otro “bando”.
Un periodista que cuestiona a un gobierno puede ser etiquetado como opositor. Un periodista que cuestiona a la oposición puede ser acusado de oficialista. Y un medio que intenta mantener una línea editorial independiente puede terminar siendo atacado simultáneamente desde diferentes sectores.
Ese mecanismo tiene una consecuencia peligrosa: si cada sector solamente acepta como legítimo al periodista que confirma sus propias convicciones, desaparece la posibilidad de una prensa independiente. Y cuando se reduce el espacio para el periodismo independiente, también se reduce la cantidad de información confiable disponible para la ciudadanía.
Entonces, no se trata de construir una sociedad sin diferencias políticas. Eso sería incompatible con el pluralismo democrático. El desafío consiste en impedir que las diferencias se transformen en enemistad y que la información se convierta en un instrumento de manipulación.
Una democracia saludable necesita ciudadanos capaces de preguntarse:
¿Quién lo dijo? ¿De dónde salió? ¿Existe evidencia? ¿Quién más lo confirma? ¿Está fuera de contexto?¿Es un hecho, una interpretación o una opinión? Y ¿Estoy compartiendo esto porque es cierto o simplemente porque confirma lo que ya pienso?
La desinformación puede comenzar con un mensaje de WhatsApp, un video, una publicación en X, Facebook, TikTok o cualquier otra plataforma. Pero sus consecuencias pueden llegar mucho más lejos: a la confianza institucional, a la convivencia ciudadana, al ejercicio del voto y a la legitimidad misma de las decisiones colectivas.
La advertencia del registrador Hernán Penagos no debería ser entendida únicamente como una preocupación relacionada con una elección determinada. Es, sobre todo, una reflexión sobre la calidad de la democracia.
En tiempos de información instantánea, pensar sigue siendo una de las mayores expresiones de la dignidad ciudadana.































