El éxito turístico e inmobiliario de Medellín tiene una cara luminosa y otra agridulce. La ciudad se convirtió en uno de los grandes destinos turísticos de Colombia, atrae cada vez más extranjeros, nómadas digitales e inversionistas, pero también enfrenta el encarecimiento de la vivienda, la expansión de las rentas cortas y una gentrificación que empieza a preocupar por sus efectos sociales, económicos y culturales.

Hubo una época en la que Medellín era conocida, principalmente, como la “Ciudad de la Moda”. Una ciudad industrial, emprendedora, comercial, pujante y orgullosa de su vocación textil y confeccionista.

Hoy la capital antioqueña es mucho más que eso: es una ciudad de eventos internacionales, de turismo de naturaleza, de gastronomía, de entretenimiento, de negocios, de innovación, de servicios, de salud, de grandes espectáculos y, cada vez más, de extranjeros que no solamente vienen a conocerla sino que quieren quedarse a vivir en ella.

Pero, ¿puede Medellín convertirse en una ciudad global sin dejar de ser una ciudad para sus propios habitantes?

Las cifras explican buena parte de esta transformación: entre 2014 y 2024 ingresaron más de 10,1 millones de pasajeros por el punto migratorio del aeropuerto José María Córdova, con un crecimiento del 234,9 %. Solamente en 2024 fueron más de 1,8 millones, de los cuales el 58,7 % correspondió a extranjeros y colombianos no residentes.

El crecimiento continuó durante 2025: en el primer semestre de ese año Medellín recibió 954.600 turistas, un 12,4 % más que en el mismo período de 2024. De ellos, 546.000 fueron extranjeros. La Ciudad recibe actualmente alrededor de 1,3 millones de turistas internacionales al año, y Estados Unidos representa aproximadamente el 32 % de ese mercado.

El Ministerio de Comercio, Industria y Turismo también ubicó a Medellín como el segundo principal destino de los visitantes internacionales en Colombia: en junio de 2025 concentró el 25,8 % de los visitantes internacionales, detrás de Bogotá y por encima de Cartagena.

Y el turismo ya no es solamente una actividad complementaria. Durante 2025, según el Sistema de Inteligencia Turística y Entretenimiento de Medellín, el gasto turístico medible con tarjetas alcanzó 4 billones de pesos en aproximadamente 16 millones de transacciones. Al extrapolar la información disponible, el Distrito estima que el impacto real del gasto turístico pudo acercarse a 9 billones de pesos, sin contar los pagos en efectivo. Casi la mitad del gasto medido correspondió a visitantes internacionales.

Estados Unidos fue, además, el principal mercado, con unos 906.000 millones de pesos de gasto turístico durante 2025.

Es decir: Medellín no solamente recibe turistas. El turismo ya hace parte de su estructura económica.

El urbanista, constructor y asesor, Luis Alberto Muñoz, encuentra varias razones para explicar esta transformación.

Luis Alberto Muñoz, arquitecto urbanista de la UPB

“Puede ser un referente mundial y es importante que nos vean como un punto de convergencia de cosas muy importantes”, sostiene.

Y enumera algunas de las ventajas que, a su juicio, han convertido a Medellín en un destino atractivo: el clima, la hospitalidad de sus habitantes, las oportunidades de negocios, las transformaciones urbanas y obras como el Metro, los metrocables, Plaza de la Luz y otros escenarios que contribuyeron a modificar la percepción internacional de la Ciudad.

También destaca el comportamiento del sector inmobiliario.

“La actividad inmobiliaria en Medellín se ha movido fuertemente y es la ciudad que más se ha valorizado a nivel de vivienda y de comercio”, afirma.

Y allí aparece precisamente la otra cara de la historia. Porque cuando una ciudad se vuelve muy atractiva, sube su valor. Y cuando sube demasiado su valor, puede ocurrir algo paradójico: la ciudad que se vuelve más atractiva para el mundo y comienza a volverse menos accesible para quienes viven en ella.

El dulce y el amargo de la gentrificación

Y aunque no toda transformación turística puede calificarse automáticamente como gentrificación, Medellín presenta señales que justifican la discusión.

Un estudio publicado en 2025 por investigadores de la Universidad Nacional de Colombia señala que el crecimiento de las viviendas destinadas a rentas cortas constituye uno de los componentes del actual proceso de turistificación de Medellín. El fenómeno incluye tanto la conversión de viviendas existentes en alojamientos turísticos como la construcción de nuevos productos inmobiliarios destinados específicamente a ese mercado.

La propia Administración Distrital reconoce la magnitud del fenómeno: cerca del 80 % de la oferta de renta corta se concentra en El Poblado, Laureles, Belén, La Candelaria y Santa Elena.

El problema aparece cuando un apartamento que estaba destinado a vivienda permanente empieza a producir mucho más dinero como alojamiento turístico.

Muñoz lo explica de manera sencilla:

“La gente se siente muy atraída porque ya su apartamento que lo alquilaba en 2 millones de pesos, ya lo puede alquilar a 4 o 5 millones de pesos, por una semana”.

Desde la perspectiva del propietario, el incentivo económico es enorme. Pero desde la perspectiva del residente que necesita encontrar vivienda, la consecuencia puede ser exactamente la contraria.

Si el inmueble deja de competir en el mercado de arrendamiento residencial y entra al mercado turístico internacional, el vecino que gana en pesos comienza a competir por el mismo espacio con quien llega con ingresos en dólares, euros o monedas más fuertes. No es una competencia en igualdad de condiciones.

Pero el sabor amargo no se limita al precio del arriendo. También cambia la vida cotidiana.

Un edificio concebido para familias puede comenzar a recibir semanalmente turistas diferentes. Cambian los niveles de ruido, las dinámicas de seguridad, el uso de las zonas comunes y las relaciones entre vecinos.

En mayo de 2026, la Alcaldía informó que había atendido 71 solicitudes relacionadas con perturbaciones de convivencia y situaciones asociadas a rentas cortas en edificios residenciales de El Poblado, además de 18 peticiones de verificación por posibles irregularidades en el uso del suelo.

Una investigación de la Universidad Minuto de Dios publicada en 2026, sobre el período 2020-2025, encontró una relación entre el crecimiento del turismo internacional, la expansión de los alquileres de corta estancia, la valorización del suelo y el incremento de los cánones de arrendamiento, con efectos sobre la accesibilidad a la vivienda y procesos de desplazamiento intraurbano.

La Universidad de Medellín, por su parte, ha advertido que la Ciudad tiene un déficit cualitativo cercano a 37.000 viviendas y que entre 2024 y 2025 el precio del metro cuadrado habría aumentado cerca de 17 %, según los datos citados por esa institución.

Por eso, el fenómeno no puede reducirse a una pelea entre “locales” y “extranjeros”.

El turismo genera empleo porque mueve restaurantes, hoteles, taxis, comercio, entretenimiento, construcción, agencias de viajes, guías, cultura y servicios.

En 2025, la carrera 70 recibió aproximadamente 1,29 millones de visitas, provenientes de personas de 64 países. En ese corredor, el 96 % del gasto en alojamiento provino de turistas internacionales y el ticket promedio hotelero llegó a 884.735 pesos. Ese dinero beneficia a miles de personas.

Por eso es absurdo plantear que Medellín debe cerrarles las puertas a los turistas o a los extranjeros. El problema aparece cuando el modelo económico termina haciendo que un ciudadano local no pueda pagar la ciudad en la que nació, trabaja y construyó su vida.

Luis Alberto Muñoz plantea, precisamente, una reflexión que debería ser escuchada por todos los sectores involucrados.

“Creo que es el momento en que todos los actores —el gobierno distrital, los gremios, el sector inmobiliario, el sector gastronómico, el sector de la moda— nos pongamos la mano en el corazón y entre todos hagamos un esfuerzo para compartir el espacio con estos visitantes tan importantes que vienen a hacer sus inversiones sin que nos afecte social, cultural y económicamente”.

Ese debe ser el punto de equilibrio. Medellín no necesita escoger entre sus habitantes y sus visitantes, necesita una política urbana capaz de hacer compatibles ambas realidades. Porque una ciudad puede ser muy atractiva para quien llega con dólares y, simultáneamente, muy incómoda para quien vive con pesos.

Puede tener restaurantes llenos, hoteles ocupados y apartamentos rentados, mientras una familia local busca dónde vivir.

Puede aumentar su valorización inmobiliaria y disminuir, al mismo tiempo, la capacidad de sus habitantes para acceder a una vivienda.

Medellín tiene que aprovechar su éxito, pero administrarlo con inteligencia. Regular donde sea necesario, incentivar donde convenga, controlar los abusos, proteger la vivienda residencial, combatir la informalidad, promover la inversión responsable y distribuir mejor los beneficios del turismo.

¿Medellín será capaz de seguir siendo una ciudad de moda sin convertirse en una ciudad que incomoda a sus propios ciudadanos?