Los seres humanos tomamos muchas decisiones movidos por las emociones. Sabemos que existen las heurísticas, los sesgos cognitivos, los prejuicios, la presión social y toda una serie de mecanismos que pueden llevarnos a equivocarnos, incluso cuando creemos estar razonando.

Sabemos, además, que somos fácilmente influenciables. Que podemos terminar defendiendo una idea, simplemente porque la defienden quienes consideramos nuestros iguales. Que podemos aceptar una mentira porque confirma lo que ya queríamos creer. Que podemos rechazar una verdad simplemente porque viene de alguien que no nos gusta.

Todo eso es parte de nuestra naturaleza. Pero, precisamente, por eso hay algo que deberíamos hacer con mayor frecuencia: resistirnos.

Porque si algo distingue al ser humano no es simplemente su capacidad de sentir: los animales también sienten. Y no es solamente su capacidad de reaccionar: los animales también reaccionan.

Lo extraordinario del ser humano es que, además de sentir y reaccionar, puede detenerse, pensar, cuestionar, comparar, dudar, razonar y decidir. Tenemos la posibilidad de decir: “Un momento. ¿Será verdad lo que me están diciendo? ¿Qué pruebas existen? ¿Estoy pensando por mí mismo o estoy repitiendo lo que otros quieren que piense? ¿Estoy defendiendo una convicción o simplemente defendiendo a mi grupo?”.

¿Por qué aceptamos, entonces, tan fácilmente que otros piensen por nosotros? ¿Por qué permitimos que nos conviertan en seguidores automáticos de una ideología, de un partido o movimiento, de un líder, de un influencer o de una tribu política?¿Por qué aceptamos que nos utilicen como idiotas útiles para defender intereses que ni siquiera conocemos?
¿Por qué nos dejamos encasillar en los rediles de la estupidez colectiva en la que pensar diferente es casi una traición?

Esas preguntas nos tienen que llevar a cambiar de actitud, convencidos de
que pensar es una de las mayores expresiones de la dignidad humana. Por eso, no deberíamos sentirnos orgullosos de repetir consignas: deberíamos sentirnos orgullosos de tener criterio. No deberíamos sentirnos orgullosos de pertenecer ciegamente a un bando: deberíamos sentirnos orgullosos de poder decirles la verdad, incluso, a quienes pensamos que tienen la razón. No deberíamos sentirnos orgullosos de ganar una discusión: deberíamos sentirnos orgullosos de ser capaces de reconocer que estábamos equivocados. Y tampoco deberíamos confundir inteligencia con tener siempre la razón: una persona inteligente no es la que nunca se equivoca, es aquella que puede darse cuenta de que se equivocó y cambiar de opinión sin sentir que está perdiendo su dignidad.

Por eso, mi invitación es sencilla: No deje apagar su cerebro. No permita que la polarización le quite el criterio. No entregue su capacidad de pensar a ningún líder. No permita que una bandera política le diga qué debe creer, a quién debe odiar y a quién debe aplaudir.

Pregunte, investigue, contraste, dude, escuche al que piensa diferente, someta sus propias convicciones al mismo examen con el que juzga las convicciones de los demás.

Usted tiene algo extraordinario: una mente capaz de cuestionar, incluso, aquello que la mayoría considera incuestionable. ¡Así que úsela!

Siéntase orgulloso de ser racional. Siéntase orgulloso de tener criterio. Siéntase orgulloso de poder cambiar de opinión cuando los argumentos y las evidencias se lo exijan.

Porque nadie debería sentirse orgulloso de ser un idiota útil. Deberíamos sentirnos orgullosos de ser seres humanos capaces de pensar. Quizá ese sea el primer paso para salir de la estupidez colectiva: atrevernos, sencillamente, a pensar por nosotros mismos.