La mentira es una distorsión deliberada de la verdad con el propósito de inducir a error a otro. Mentir no es simplemente equivocarse, ignorar un hecho o interpretar distinto una realidad: mentir implica tener la conciencia de que lo dicho no corresponde a la verdad y, aun así, comunicarlo como si fuera cierto.

Pero en Colombia, durante éste y anteriores procesos electorales, parece que la mentira no opera como un problema moral para los políticos y los periodistas que la usan, sino como una herramienta de poder. Y ahí está el verdadero problema: muchos políticos (y periodistas) no miden el costo ético de mentir, sino la utilidad electoral de hacerlo.

Cuando un político miente recurrentemente, no sólo engaña: degrada la democracia, y la democracia depende de ciudadanos capaces de decidir con información relativamente confiable. Si la opinión pública es alimentada con falsedades, propaganda o manipulación emocional, las elecciones dejan de ser plenamente racionales y la ciudadanía termina votando sobre percepciones fabricadas.

La política, especialmente en sociedades polarizadas como la colombiana, premia con frecuencia más la emoción que la verdad. Un mensaje falso, pero emocionalmente poderoso, puede movilizar más votos que una verdad compleja. El miedo, la rabia, el odio o la esperanza suelen tener mayor impacto que el análisis serio. Por eso algunos dirigentes concluyen —equivocadamente, pero con cálculo— que mentir “vale la pena” o que “el fin justifica los medios”.

Además, existe un fenómeno peligroso: cuando una figura política alcanza gran popularidad, algunos de sus seguidores dejan de exigirle coherencia moral y empiezan a justificarle todo. Allí nace la impunidad ética del líder. El político descubre que, aun siendo desmentido, no necesariamente pierde respaldo. En ocasiones, incluso gana más adhesión porque la mentira refuerza prejuicios, emociones o relatos identitarios ya instalados en sus seguidores.

También influye algo profundamente humano: el poder puede deformar la relación con la verdad. Quien vive rodeado de aplausos, de aduladores, de turiferarios y de militantes que nunca contradicen, corre el riesgo de convencerse de que cualquier medio es válido para conservar influencia. Algunos terminan creyendo que la mentira es una forma de “defender una causa superior”, cuando en realidad están degradando la democracia.

Y hay un elemento adicional muy grave: hoy la mentira política circula con una velocidad descomunal gracias a las redes sociales. La rectificación nunca alcanza la velocidad del engaño. Una falsedad viral puede producir efectos electorales irreversibles antes de que aparezcan los hechos verificables. Muchos estrategas políticos lo saben perfectamente.

Sin embargo, la mentira tiene un límite histórico. Puede servir para conquistar poder, pero rara vez sirve para sostener legitimidad duradera. Los líderes verdaderamente grandes no son los que logran manipular mejor a la sociedad, sino los que logran construir confianza.

Desde la filosofía, la ética y el derecho, la mentira ha sido considerada históricamente un problema grave porque destruye el elemento esencial sobre el que se construyen las relaciones humanas: la confianza. Una sociedad funciona porque existen mínimos de credibilidad entre ciudadanos, instituciones, medios de comunicación, jueces, gobiernos y líderes. Cuando la mentira se vuelve habitual, esos vínculos se erosionan. Y la confianza sólo puede edificarse sobre la credibilidad.

Por eso, el problema no es únicamente que existan políticos mentirosos, el problema más profundo aparece cuando una sociedad deja de castigar la mentira y empieza a premiarla, dependiendo de quién la diga. Ahí la crisis ya no es sólo de la política: es también cultural y ciudadana.

Una democracia madura no consiste simplemente en votar. Consiste en desarrollar ciudadanos capaces de preferir una verdad incómoda antes que una mentira conveniente.