Paloma Valencia, candidata a la Presidencia de Colombia.

La política no deja de sorprendernos con giros que pocos anticipaban. En medio de esta aterradora polarización que viene marcando el pulso del debate público colombiano, la reciente decisión de Paloma Valencia de escoger como fórmula vicepresidencial a Juan Daniel Oviedo ha generado sorpresa y expectativa.

El anuncio se produjo este jueves, 12 de marzo de 2026, después de las consultas interpartidistas del pasado 8 de marzo, jornada en la que Oviedo obtuvo un resultado que muchos consideraron inesperado.

Durante la campaña previa, no faltaron quienes, entre los mismos émulos de “la gran consulta por Colombia”, lo desestimaran como un “aparecido ideológico” en la centro derecha, una figura sin arraigo en ese espectro político. Sin embargo, el resultado en las urnas les calló la boca: una conexión real con sectores ciudadanos que no se sienten cómodos en los extremos y que buscan una política más moderada, técnica y dialogante.

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Ese resultado de 1.255.510 votos terminó por convertirlo en un actor político apetecido. Su votación no sólo le dio visibilidad, sino que evidenció que existe un electorado dispuesto a respaldar perfiles que se aparten del lenguaje áspero de la confrontación permanente.

En ese contexto aparece la decisión de Valencia.

“Paloma mensajera de concordia”: así podría describirse, aunque a primera vista suene paradójico porque la Senadora de Centro Democrático ha sido, durante años, una de las voces más firmes y radicales -aunque no al extremo de María Fernanda Cabal- dentro de la derecha colombiana. Por eso, el tono moderado que ha empezado a adoptar llama la atención y abre inevitablemente el debate sobre sus motivaciones.

Es posible que se trate de un cálculo electoral. En política, los cálculos existen y forman parte del juego democrático. No falta quienes interpretan este movimiento como resultado de una estrategia impulsada por el expresidente Álvaro Uribe Vélez, orientada a morigerar la tradicional posición de la derecha, para atraer la buena voluntad de sectores de centro y ampliar la base electoral en la primera vuelta presidencial.

La apuesta, en ese escenario, también tendría un componente estratégico frente a otros liderazgos más radicales dentro del mismo espectro político, como el del abogado Abelardo de la Espriella, cuya narrativa confrontacional busca capitalizar el voto más duro del antipetrismo.

Si ese cálculo existe, Juan Daniel Oviedo encaja perfectamente en él. Su perfil técnico, su estilo directo y su capacidad para conectar con ciudadanos alejados de los extremos lo han convertido en una figura puente entre distintas sensibilidades políticas. Su presencia en la fórmula podría facilitar el acercamiento con votantes que valoran su franqueza y su talante moderado, pero que tal vez dudarían en acompañar una candidatura claramente ubicada en la derecha, si ésta no muestra disposición a matizar sus posturas.

De ahí que el cambio de tono de Paloma Valencia genere suspicacias. Es natural que muchos se pregunten si estamos ante una convicción genuina o frente a una estrategia política destinada a seducir a los votantes de Oviedo y a otros sectores de centro. En ese eventual equilibrio, también sería lógico que Oviedo, si acepta el desafío, deba ceder parte de su propia independencia discursiva para integrarse a un proyecto político más amplio.

Pero, incluso, reconociendo esas dudas —propias de cualquier momento político— hay un elemento que vale la pena rescatar.

La posibilidad de que el debate público colombiano empiece a reencontrarse con el lenguaje del respeto, del diálogo y del consenso.

La votación de Juan Daniel Oviedo en la consulta del 8 de marzo es una señal interesante en ese sentido. Más que un triunfo ideológico, fue un resultado pragmático que reveló un cansancio ciudadano frente a la confrontación permanente. Quizá por eso, tras la consulta, se convirtió en un “novio político” harto apetecido.

Por mi parte, prefiero mirar este momento con una dosis de esperanza. Quiero pensar que estamos ante una “paloma” que intenta llevar un mensaje de concordia. Y si ese proyecto político llegara algún día al poder gracias a ciudadanos seducidos por una promesa de moderación —y no por un discurso populista—, ese hecho político podría convertirse en un verdadero ejemplo de armonía democrática. Un ejemplo que, ojalá, también invite a la izquierda colombiana a recorrer el mismo camino de la concordia.