Wilson Gómez Arango, médico, pediatra, diputado, columnista.

Por: Wilson Gómez Arango

A unos minutos, se encuentrra Daniel, un prometedor ingeniero de 28 años, acaba de ser despedido por la comisión de errores graves y baja productividad. Nadie sabía que Daniel llevaba meses durmiendo solo tres horas por noche, sumergido en videojuegos en línea y consumiendo pornografía de forma compulsiva. Lo que empezó como un escape del estrés se convirtió en su única realidad, una que acabó con su carrera, sus relaciones y su futuro.

Y luego está la historia de Sofía, una universitaria de 19 años que ingresa al servicio de urgencias por dolor opresivo en el pecho, agitada, con dificultad para respirar, sudando frío, muy ansiosa y con miedo a morir; en el servicio fué manejada como un trastorno de ansiedad y dada de alta con una remisión para manejo por psiquiatría, resulta que minutos antes le habían robado el celular. Su vida transcurría en las redes, su vida se medía en seguidores, likes y comentarios, todo lo publicaba. Los días siguientes al alta fueron un infierno de abstinencia: incapacidad para dormir, temblores, una irritabilidad tan violenta que la aisló de su familia. Sofía no había perdido un objeto; sentía que había sufrido una amputación de su propia identidad. La reacción no fue de pérdida material, fue una desintegración de su ser.

Las historias de Laura, Daniel y Sofía no son sólo anécdotas. Son la evidencia de un terremoto silencioso que está derrumbando nuestra sociedad, familia por familia, cerebro por cerebro.

Para entender por qué no podemos soltar el celular, la tablet, el pc o la televisión; debemos entender nuestro sistema de recompensa. En el centro de nuestro cerebro opera un circuito, el sistema dopaminérgico, diseñado para asegurar nuestra supervivencia. Cuando realizamos acciones vitales (comer, beber, tener sexo), el cerebro libera dopamina, un neurotransmisor que no es tanto la molécula del placer, sino la de la anticipación y la motivación. Nos dice: “¡Esto es importante! ¡Esto es placentero! ¡Repítelo!”.

Las drogas como la cocaína o la heroína se toman este sistema, inundándolo con niveles de dopamina anti fisiológicos y creando un deseo incontrolable. Lo que la ciencia hoy demuestra de forma contundente es que las pantallas, las redes y las aplicaciones están diseñadas para hacer exactamente lo mismo. Cada ‘like’, cada notificación, cada nivel superado en un videojuego, cada nueva escena en una serie, cada video, cada imagen sensual o pornográfica, es una microdosis de dopamina, como quien dice, un “pase”.
El mecanismo es idéntico al que secuestra el cerebro de un adicto a las drogas sintéticas o los opioides.

Como afirma la Dra. Anna Lembke, psiquiatra de la Universidad de Stanford y autora de «Nación Dopamina»: «Por cada subida de placer, hay una caída igual y opuesta… un guayabo dopaminérgico». Esta caída nos deja ansiosos, irritables y con una necesidad de la siguiente dosis. Con el tiempo, el cerebro se adapta, generando tolerancia: así que necesitamos más estímulo (más dosis) para sentir lo mismo.

Este bombardeo constante ataca directamente al santo grial de la evolución humana: la corteza prefrontal. Este es el director ejecutivo, el CEO ( Chief Executive Officer) de nuestro cerebro, el que gobierna la atención sostenida, la concentración, la planificación a largo plazo y, lo más crucial, el control de los impulsos. Es la voluntad, la que nos permite ser seres superiores, además con un descubrimiento que agrava la situación y es que esta corteza prefrontal no madura completamente hasta los 30 años. La adicción digital debilita a este director ejecutivo, dejándonos a merced de nuestros impulsos más básicos y convirtiéndonos en seres que sólo reaccionan al estímulo inmediato.

En Colombia, según el más reciente informe de Hootsuite y We Are Social (2024), dos entidades reconocidas mundialmente en marketing digital y gestión de redes sociales; el ciudadano promedio pasa 9 horas y 1 minuto al día en internet, una de las cifras más altas del mundo. Para dimensionar la penetración de esta tecnología, basta con ver los datos del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (MinTIC), que reporta más de 77 millones de líneas de telefonía móvil activas en el país, lo que equivale a casi 1.5 líneas por cada habitante. Estamos hiperconectados.

Las consecuencias son devastadoras. Familias-isla donde cada miembro habita en su propia burbuja digital. Parejas que se desmoronan por culpa de relaciones virtuales, el sexting y el cibersexo y la búsqueda de gratificación instantánea en aplicaciones de juegos, apuestas, deportes, citas, entre otros. Y lo más grave: una generación de niños y adolescentes que crecen con un déficit crónico de atención y con padres que, como Laura, les enseñan con el ejemplo que una pantalla es más importante que ellos. Estudios de la Universidad de California han demostrado que la adicción a las pantallas reduce la productividad laboral hasta en un 40% y deteriora la inteligencia emocional, vital para la convivencia y el trabajo en equipo y sin profundizar en este escrito sobre las decenas de miles de accidentes automovilísticos que suceden por el uso del celular (chatear o hablar) mientras se conduce.

Como siempre en mis columnas, propongo un plan de acción integral y una estrategia dirigida a recuperar nuestra voluntad, pero requiere un esfuerzo consciente y multidimensional. No se trata de satanizar la tecnología, ni estigmatizarla, sino de dominarla para darle un uso racional y sacarle el mejor provecho.

Técnicas para reentrenar la atención:

Técnica Pomodoro: Trabaja en bloques de 25 minutos de concentración intensa, sin ninguna distracción, seguidos de 5 minutos de descanso (sin pantallas).
Lectura Profunda: Lee un libro físico, no en una pantalla, por lo menos 30 minutos al día. Esto entrena el cerebro para seguir una sola línea narrativa.
Aburrimiento Estratégico: Permítete estar aburrido. Por ejemplo en la fila del banco o en una sala de espera no saques el celular. Deja que tu mente divague, que genere ideas, este ejercicio es un gimnasio para la creatividad.
Meditación de Foco: Concéntrate en tu respiración por 5-10 minutos al día. Cada vez que tu mente se distraiga, tráela de vuelta, esto es como un ejercicio de pesas para la corteza prefrontal.

Desde la Familia y el Individuo: Esta es la primera línea de defensa.

Pactos Digitales Familiares: Sentarse a establecer reglas claras y consensuadas sobre el uso de dispositivos, incluido mientras se conduce, por escrito.
Crear “zonas libres de tecnología”: El comedor y las alcobas, deben estar libres de pantallas y dispositivos tecnológicos.
Establecer “ayunos digitales”: Definir horarios estrictos, por ejemplo, ninguna pantalla una hora antes de dormir y una hora después de despertar.
Higiene Digital: Desactivar todas las notificaciones del celular y las redes, eliminar las aplicaciones que no usemos, eliminar los contactos, seguidores y seguidos que nos causen malestar y envían mensajes que no son de nuestro agrado.
Monocromía Estratégica: Poner la pantalla del celular en escala de grises. Esto reduce drásticamente su atractivo dopaminérgico por los colores.
Fomentar aficiones analógicas: Deporte, arte, música, lectura, danza, montar bicicleta, montar a caballo, salir a caminar, nadar, manualidades, pintura, juegos de mesa, cocinar, escribir, avistamiento de aves. Actividades que requieren concentración y ofrecen recompensas profundas y a largo plazo.

Desde la Escuela y el Trabajo:

Alfabetización digital crítica: Las escuelas deben enseñar no solo a usar la tecnología, sino a comprender sus efectos, a identificar noticias falsas y a desarrollar una relación saludable con ella. Incluir entrenamiento en mindfulness.
Fomentar el «Trabajo Profundo»: Las empresas deben crear entornos que protejan la concentración. Esto puede incluir «bloques de tiempo sin reuniones», zonas de trabajo silenciosas y el uso de plataformas de comunicación que no exigen respuesta inmediata.
Políticas de “derecho a la desconexión”: Las empresas deben respetar el tiempo personal de sus empleados, evitando comunicaciones fuera del horario laboral, como ya se legisla en países de Europa como Francia.

Desde el Estado:

Políticas Públicas: Es crucial mirar ejemplos internacionales. China, donde la adicción a los videojuegos es considerada un problema de salud pública, ha impuesto toques de queda estrictos para menores de edad.
Campañas de Salud Pública («Cuelga y Vive»): Así como se lucha contra el cigarrillo, el consumo de alcohol y las drogas, se deben lanzar campañas masivas que eduquen sobre los riesgos de la hiperconexión y promuevan la higiene digital.
Fomentar el Diseño Ético: Legislar o incentivar a las empresas tecnológicas para que modifiquen sus algoritmos, priorizando el bienestar del usuario sobre el tiempo de permanencia en la plataforma.
Inversión en investigación: Financiar estudios locales que miden el impacto real en la salud mental, el desarrollo infantil y la productividad del país.

Y para quienes ya han cruzado la línea hacia una adicción funcionalmente incapacitante, existen tratamientos efectivos que deben ser más accesibles:

Terapia Cognitivo-Conductual (TCC): Considerada el estándar de oro, ayuda al paciente a identificar los pensamientos y situaciones que detonan el uso compulsivo y a desarrollar nuevas conductas más saludables.
Terapia Familiar Sistémica: La adicción nunca es un problema aislado. Involucrar a la familia es clave para cambiar las dinámicas que pueden estar perpetuando el problema.
Grupos de Apoyo: Modelos como «Internet & Tech Addiction Anonymous (ITAA)» ofrecen una comunidad de apoyo entre pares que es fundamental para una recuperación sostenible.
Entrenamiento en Mindfulness: Prácticas de meditación y atención plena han demostrado científicamente que fortalecen la corteza prefrontal, mejorando la capacidad de resistir impulsos.

Para los casos más severos, necesitamos una infraestructura de apoyo, así que propongo la creación de Centros de Rehabilitación Digital (CRD). Estos no serían clínicas de estigma, sino espacios terapéuticos donde las personas aprenderían a reconstruir su vida. El tratamiento incluiría un periodo de «detox digital» supervisado, seguido de terapia cognitivo-conductual para identificar los detonantes de la adicción y desarrollar estrategias de afrontamiento saludables. Se enseñaría a reconectar con el mundo real, a reconstruir habilidades sociales y a encontrar fuentes de satisfacción verdaderas y duraderas.

Hemos entregado las llaves de nuestra mente a algoritmos diseñados para mantenernos enganchados. Pero la misma corteza prefrontal que hoy está bajo amenaza, es la misma que nos da el poder de reconocer el problema y actuar.

La batalla por nuestra atención es la batalla por nuestra humanidad”.