Juan David Palacio Cardona, director del Área Metropolitana del Valle de Aburrá.

Por: Juan David Palacio Cardona*
@JDPalacioC

El mundo está en alerta roja. Mientras en Europa viven una ola de calor letal, por la que han muerto más de 500 personas, en Colombia el prolongado periodo de intensas lluvias ha ocasionado desastres a lo largo y ancho del territorio nacional, siendo los deslizamientos ocurridos en San Antonio de Prado (corregimiento de Medellín) y en Tapartó (Andes), en los que lamentablemente hubo cinco fallecidos, los más recientes –sin contar los que han pasado desapercibidos.

El cambio climático es una realidad que cada vez nos hace más vulnerables. Las temperaturas récords actuales no solamente han cobrado vidas, también han generado incendios voraces que han destruido alrededor de 25.000 hectáreas de tierra en España y más de 14.000 ha de bosque en Francia en menos de una semana, con los que –además- centenares de personas han resultado damnificadas. Ante este panorama, la Comisión Europea anunció que el Viejo Continente está en riesgo de sufrir una sequía intensa, que afectará la vegetación y los cultivos.

Ahora, ¿qué tal si imaginamos padecer ese panorama, que parece apocalíptico, en carne propia? Una de las consecuencias del cambio climático es, justamente, que los inviernos y los veranos sean cada vez más extendidos y fuertes. En Colombia llevamos, aproximadamente, 16 meses de intensas lluvias, así que cuando llegue el tiempo seco es muy posible que este sea implacable y que -además de los incendios, el exceso de calor y la afectación de los cultivos- disminuya el agua de los embalses, poniendo en riesgo la generación de energía eléctrica. Toda una tragedia ambiental y social.

En 1992 el país atravesó por una crisis energética debido al fenómeno del Niño que se presentó por esa época y que obligó al Gobierno a limitar el suministro de luz en todo el territorio nacional de 10 a 12 horas diarias. En 2016 el fantasma del racionamiento volvió pero gracias a la solidaridad de los colombianos, quienes por solicitud del presidente de ese entonces decidieron apagar las luces de navidad, fue espantado. Si en el futuro próximo los embalses se secan, ¿cuál sería la salida para proveer energía?

Cerca del 70 por ciento de la energía que se genera en Colombia proviene de las hidroeléctricas, cifra que en épocas de lluvia puede aproximarse al 100 por ciento. Entonces, en el escenario de que el agua acumulada se agote, la administración pública tendría que destinar millonarias sumas de dinero a la importación del recurso. Para hacernos una idea: solo en 2020, con el objetivo de reducir las tarifas y el precio de la electricidad en la bolsa, las importaciones de energía desde Ecuador le costaron a la nación 54,87 millones de dólares, según el medio ecuatoriano ‘Criterios’.

La situación se agrava con el hecho que la generación termoeléctrica –derivada de la combustión de los combustibles fósiles- deberá aumentar, acrecentando la producción de Gases de Efecto Invernadero.

Como lo he mencionado en varias columnas, parte de la solución para mitigar estas situaciones extremas está en cada uno de los habitantes del mundo porque con acciones diarias se puede aportar a la conservación del planeta, pero también es urgente que el país esté preparado para esos casos y ello implica iniciar lo antes posible una transición a la generación de energías limpias.

En ese sentido, vale la pena reconocer los avances que ha hecho el Gobierno Nacional en la materia, como la entrada en funcionamiento de tres plantas de generación de energía solar a la red nacional y la puesta en marcha de la hoja de ruta para impulsar la energía eólica –que empezó a materializarse con la instalación del primer parque eólico en La Guajira. Pero el presidente entrante y su equipo de trabajo deberán avanzar con más celeridad en el asunto y concentrar gran parte de los esfuerzos en la planificación del territorio a largo plazo de cara al cambio climático, lo cual incluye fortalecer el transporte público –teniendo en cuenta que este sector, junto con el industrial, es más contaminante-, la infraestructura y las condiciones de seguridad para que más gente se anime a desplazarse de manera limpia.

Adicionalmente, y aunque las actuales capacidades de Colombia puedan ser insuficientes para generar energía a partir del hidrógeno, los ojos ya deben estar puestos ahí, pues implementarlo es una de las grandes apuestas a nivel mundial, por su eficiencia y por ser una alternativa sostenible.

El país tiene el compromiso de disminuir las emisiones de Gases de Efecto Invernadero en un 51 por ciento al 2030 y también se ha sumado a la meta mundial de lograr la neutralidad en carbono para el 2050, dos propósitos muy ambiciosos que demandan voluntad política, diligencia y recursos económicos, pero pese a los enormes retos que esto representa, hacer hasta lo imposible para superarlos valdrá la pena para que a los más jóvenes no les toque asumir las peores consecuencias de la debacle ambiental que cada día se hace más latente, partiendo de la base de que incluso ya se están sintiendo.

La generación de conciencia ambiental y responsabilidad por parte de todos es el camino.

*Director del Área Metropolitana del Valle de Aburrá