Juan David Palacio Cardona, director del Área Metropolitana del Valle de Aburrá

Por: Juan David Palacio Cardona*

Uno de mis recuerdos de infancia, y probablemente el de muchas personas, es estar en algunos espacios abiertos donde las luciérnagas iluminaban y nos impulsaban a ir a buscarlas. La luz artificial, como la conocemos hoy, ha sido uno de los grandes factores de progreso tecnológico en los últimos dos siglos. La raza humana pasó del fuego (utilizado para calentarse y ahuyentar animales) a las lámparas de aceite, para poder alumbrar. Posteriormente, fueron las velas y luego la iluminación a gas, hasta que en 1879 el científico Thomas Edison construyó la primera lámpara eléctrica.

Poder tener luz, incluso cuando ya es de noche, ha permitido ampliar los tiempos de ocupación de las personas, da sensación de seguridad y alienta la economía por la actividad nocturna. Incluso una de las políticas públicas para la protección de la mujer y las ciudades seguras demanda espacios alumbrados. Es un signo de buena calidad de vida, pero a un alto costo, porque la demanda actual ha alterado los ecosistemas naturales y ha hecho que los cielos estén cada vez más contaminados.

El efecto más visible es que afecta a la observación astronómica, pero también incide en la salud de las personas, porque ocasiona cansancio visual, ansiedad y estrés. El medioambiente se lleva la peor parte: la iluminación artificial perturba los ciclos naturales del día y la noche y con esto, los procesos biológicos de la fauna como la caza y el ciclo reproductivo de insectos, corales y luciérnagas. Además, estimula la disminución de artrópodos -que son la fuente de proteína de otros animales- y altera la polinización y floración de las plantas. En las aves provoca deslumbramiento y desorientación y afecta especialmente el retorno a sus nidos y su proceso migratorio.

A esto se le suma que el 66 por ciento de la generación de energía del mundo depende de los combustibles fósiles, los principales responsables de la generación de Gases de Efecto Invernadero. Si solo hablamos de las luces en las calles, paneles de publicidad y vehículos, entre otros, para el 2016 estas representaban el 15 por ciento del consumo mundial de electricidad, según cifras del Banco Mundial.

Cada vez estamos más expuestos a la luz artificial por la forma como funciona el mundo hoy, y no hay señas de que pueda haber un cambio cercano frente a la situación. De hecho, es poco lo que se habla de la contaminación lumínica, pero esta se puede reducir, siempre y cuando haya voluntad política para hacerlo.

Las luces LED han sido un avance importante en la materia en los últimos años, pero son insuficientes. Es necesario ir más allá y pensar en una adecuada planificación del territorio en la que se dé paso a la implementación de estrategias, como bajar la intensidad del alumbrado público, la correcta orientación de las lámparas y sensores de movimiento con los que se identifique qué intensidad de luz se requiere en el lugar donde están ubicadas y si pueden estar apagadas. También es necesaria la regulación de luces dirigidas al cielo directamente.

Entre tanto, las personas podemos aportar a la reducción de la contaminación lumínica con la simple acción de apagar los bombillos.

Abordar esta cuestión no es fácil, pero tampoco imposible. Una mejor gestión de la iluminación, la planificación del territorio y un trabajo articulado entre la institucionalidad, la empresa, la academia y la ciudadanía marcaría la diferencia. Todos queremos conservar las cosas buenas de la naturaleza, como ver las luciérnagas alumbrar en la noche. Es momento de buscar un equilibrio en el que no solo pensemos en la estabilidad humana.

*Director del Área Metropolitana del Valle de Aburrá
@JDPalacioc