Ruben Darío Barrientos

Por: Rubén Darío Barrientos G.
rdbarrientos@une.net.co

Hablar hoy, políticamente, de: México, Bolivia, Nicaragua, El Salvador, Cuba, China, Rusia y Turquía, es referirnos a los países que –cual cartel de la ignominia– apoyan y reconocen a Nicolás Maduro. Ya están macartizados y son una especie de “logia” de la vergüenza. Lo de Venezuela es insólito, tanto el sostenimiento del régimen del patán como la llegada inesperada de un “presidente encargado”, tal cual lo hablan los medios. Desde luego, lo segundo hay que mirarlo bajo la lupa bondadosa de la llegada de un líder transicional. El presidente de México, Andrés López Obrador, no se sonroja para decir que “Maduro es el presidente democráticamente electo”.

Al ganar el respaldo de la comunidad internacional, Juan Guaidó (35 años) se abre paso como una esperanza de carne y hueso. Su edad ayuda y es el líder de la oposición que ha hecho la carrera más meteórica de todas, pues hace apenas 3 semanas que oficia como presidente del Parlamento, donde asumió una primera etapa de manera accidental, toda vez que llegó al cargo por una rotación anual. Su poca trayectoria, la ausencia de visibilidad y no ser tal fluido como los oposicionistas que conocemos (María Corina Machado, Antonio Ledezma y Leopoldo López), no le auguraba ser el timonel para poner contra las tablas a Maduro.

El Tiempo (24/01/19), resume lo que vive Venezuela: “Uno sin legitimidad, pero con poder real de fuego. Y otro legítimo, pero sin mecha”. No sabemos dónde va a caer este globo. Este artículo lo escribo este jueves en horas de la mañana, por lo que puede pasar cualquier cosa en este choque de trenes y hasta puede llegar a perder actualidad. Incluso, es posible que Maduro de la orden de encarcelar a Guaidó y detener a los opositores. En su perturbación y demencia, el sucesor de Chávez no puede permitir un presidente en paralelo, ya que raya con ser un atentado contra su egolatría y dignidad (?). El punto de quiebre son las fuerzas armadas, porque si Guaidó da el golpe de gracia, se acaba la era del dictador insano.

Ayer, precisamente, opinaba que el único camino que visualizaba en Venezuela era un golpe cruento. Pero así es la vida, con esta inesperada noticia no contaba nadie: con la autoproclamación presidencial de un joven que se juramentó y que ipso facto recibió los respaldos hasta del gobierno americano. Nuestro mandatario, Iván Duque, lo reconoce como presidente de Venezuela y hubo hasta felicitaciones del secretario de la OEA acompañadas de apoyo a la democratización del país. Es que sumar adhesiones de Estados Unidos, Canadá, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú, Costa Rica, Paraguay, Chile, Argentina, Guatemala, Panamá y Honduras, entre otros, tiene enorme significado político.

Todo un desconocido en estas, es algo de no te lo puedo creer. Es que Guaidó salió de la nada para ser hoy figura cimera en estas expectativas gubernamentales. Adscrito al partido Voluntad Popular, rompió el tedio de unas marchas que llenaban cuadras y cuadras, pero que no le hacían cosquillas a Maduro. Nadie puede olvidar que Maduro tiene un record mundial: unas 50.000 protestas en su era como mandatario. Así, pues, que desde la sorpresa, desde un vínculo generacional fresco y desde la ambigüedad (¿es un presidente o es una figura de la transición?), el mundo espera que no haya una nueva frustración que sería ponerlo preso y volver todo esto un anécdota.       

Por lo pronto, el cartel de la ignominia se levanta a seguir siendo una afrenta y un desaguisado con cara de espanto.