Dura crítica le hace el exgobernador de Antioquia y exalcalde de Medellín, Luis Pérez Gutiérrez, a la política de paz del presidente Gustavo Petro. En el artículo que a continuación podrá leer, Pérez Gutiérrez dice una “Verdad de Perogrullo”, porque ya no resiste controversia alguna la certeza de un Gobierno con una débil autoridad frente a la delincuencia y la criminalidad. “El deterioro del orden público está en el punto más alto”, con la inseguridad creciendo y la ciudadanía, impotente, viendo la incapacidad de su Estado y de su policía incapaces de cumplirle a la Constitución en su mandato de la protección de la vida, honra, bienes y derechos de los ciudadanos.

De ahí la afirmación de Luis Pérez: “La gente siente que hay falta de autoridad y de eficacia de la policía y de las fuerzas de seguridad; siente que se les quiere echar agua bendita a los bandidos”.

LA AUTORIDAD ES DÉBIL EN COLOMBIA

Por: Luis Pérez Gutiérrez.

Ningún colombiano vivo ha gozado la paz. No sabemos qué es la paz total. El miedo a los actores violentos siempre ha rondado a la gente. El derecho a vivir sin miedo no existe en Colombia. Siempre se ha vivido bajo la amenaza del salpicón violento de chusma, guerrilla, narcotráfico, bandas criminales, exparas, exFARC, Convivir y otras especies violentas que no paran de crecer. Hasta las bases de datos de colegios, el ELN se las está robando para reclutar niños y menores. ¡Qué horror! Cada vez que se acaba un grupo ilegal aparecen otros más peligrosos.

Ningún proceso de paz ha traído verdadera paz. Todo proceso de paz es mediático, comercial, como si se estuviera vendiendo algún producto. Cada proceso de paz sirve para poner como artistas de farándula a los que se van a desmovilizar. La humildad en la paz no ha existido ni de parte del gobierno y menos de los victimarios; todos parecen faroleros. Todo proceso de paz es un circo de vanidades. En los procesos de paz nadie piensa en la paz sino en lo que va a obtener en el proceso: qué le toca. Y los que nada obtienen siguen en la guerra y en sus fechorías como exilegales.

Foto: semana.com

La Paz Total del Gobierno Petro es un excelente slogan, ilusiona, llena de esperanzas. Ojalá tenga éxito para bien de Colombia. Desde siempre, la gente quiere vivir sin miedo, en paz, lo que nunca ha tenido.

No empezó bien la Paz Total; está llena de espinas. No ha creado esperanzas positivas, al contrario, los violentos han arreciado contra la institucionalidad y los ciudadanos se sienten agredidos. Nada en orden público ha mejorado. La gente, llena de miedo, se siente abandonada en su seguridad personal; y las ciudades y las regiones, sufren fuertes azotes violentos de los ilegales. Seguridad ciudadana y orden público están en picada. Además, la desvalorización y desmoralización de las fuerzas de seguridad del Estado es visible; se nota débil la institucionalidad. La decisión unilateral del Gobierno de dictar un cese al fuego a todas las organizaciones criminales creció la vanidad de la delincuencia. Colombia es un país donde la guerra y la delincuencia parecen eternas. Los bandidos prosperan con facilidad y por eso no se someten a la ley.

La gente está desesperada con la inseguridad en las ciudades, en las regiones y en las áreas rurales. Hay zonas donde se ha vuelto imposible la vida por la pérdida del control territorial del estado. Los ilegales dominan cada vez más territorios ante la indiferencia o flaqueza del Estado.

Se siente débil la Autoridad del Estado. La autoridad es una virtud de la democracia; la autoridad no es un exceso de la democracia. Sin autoridad ningún país sobrevive. Autoritarismo sí es un exceso de la democracia. Para liderar procesos de paz hay que dominar a los ilegales con autoridad. Ningún ilegal quiere negociar si se siente confortable y próspero siendo delincuente. En la paz total no se conoce cuál es la estrategia para dominar a los ilegales que cada día son más brutales. La gente siente que hay falta de autoridad y de eficacia de la policía y las fuerzas de seguridad; sienten que se les quiere echar agua bendita a los bandidos. Hay un imperdonable olvido del orden público en las regiones y un dramático deterioro de la seguridad urbana. Los que están detenidos, los que están bajo la presión de la autoridad, negocian fácil; los que no reciben todavía el peso de la ley y la autoridad son ariscos a la paz.

El deterioro del orden público está en el punto más alto. Cuando la inseguridad crece, la ciudadanía empieza a ver la policía y al Estado incapaces. Todos los países del mundo, sea cualquiera su sistema político, primero fortalecen a su policía, a su ejército y a las fuerzas de seguridad del estado. Hoy se ven debilitados.

Para la paz y para ser más competitivos que los bandidos, se deberían crear incentivos para la policía y estrategias para acabar la corrupción al interior de la fuerza pública que es un mal de América Latina. Premiar, por ejemplo, con millones de pesos por bandido que detenga cada policía o dar un premio en dinero al policía que denuncie con pruebas a sus compañeros policías que cometen actos de corrupción.

La Autoridad, como virtud de la democracia, es de obligatorio cumplimiento por el Estado; pero para los ilegales someterse a la ley es voluntario. Acordar es voluntario, aplicar la autoridad es obligatorio para el estado.