Abelardo de la Espriella es, quizá, el personaje que más cuestionamientos ha recibido de todos los sectores, incluso de la derecha a la cual pertenece.
Se la acusa de haber construido su carrera de abogado defendiendo figuras asociadas con corrupción, narcotráfico, paramilitarismo o escándalos financieros. Frecuentemente le recuerdan a Alex Saab, David Murcia Guzmán y personas vinculadas históricamente a redes criminales o estructuras paramilitares. Se le ataca por el tono de sus discursos en los que habla de “destripar” a la izquierda, usar un lenguaje deshumanizante, alimentar la confrontación y normalizar un clima de violencia política. Lo acusan de volverse repentina y convenientemente cristiano, cuando se había confesado ateo. Le han recordado su crueldad animal, relacionada con maltrato a gatos usando pólvora. Se le han hecho señalamientos de misoginia, homofobia, machismo e irrespeto sexual a la dignidad femenina. Se le ha acusado de uso intimidante del derecho mediante demandas contra periodistas y críticos. Un cuestionamiento de fondo de sus adversarios es que sostienen que De la Espriella no representa una ruptura con las élites tradicionales, sino una radicalización del autoritarismo, el caudillismo, la cercanía con sectores armados, la exaltación de la fuerza y una política basada en considerar a los contrarios enemigos dignos de destripar.
No obstante, Abelardo de la Espriella parece tener un fino teflón que no se puede explicar desde la lógica racional, pese a la acumulación de cuestionamientos éticos, jurídicos o políticos. El fenómeno de Abelardo de la Espriella tiene que ver con el estado emocional, cultural y psicológico de una parte importante de la sociedad colombiana en este momento histórico.
Los siguientes pueden ser los factores que ayudan a entender por qué un personaje así puede crecer electoralmente en vez de hundirse:
Primero: De la Espriella representa una figura de “fuerza” en una sociedad cansada, frustrada y emocionalmente alterada.
En tiempos de incertidumbre, inseguridad, miedo económico, desconfianza institucional y polarización extrema, muchos ciudadanos dejan de votar por programas y comienzan a votar por temperamentos. Y De la Espriella proyecta exactamente eso: autoridad, agresividad, confrontación, castigo, desafío al establecimiento y promesa de orden.
Paradójicamente, lo que para unos resulta alarmante —su dureza, su lenguaje agresivo, su desprecio por ciertas formas democráticas o garantistas— para otros es interpretado como autenticidad, valentía y capacidad de “poner mano dura”.
Segundo: su condición de outsider no depende de no haber estado cerca del poder, sino de parecer antisistema.
Aunque ha tenido cercanía con sectores de élite, poder económico y personajes muy cuestionados, logra venderse como alguien “distinto” de la política tradicional. Y en sociedades decepcionadas de los partidos clásicos, eso tiene un enorme potencial electoral.
Aquí opera algo importante: el elector indignado no necesariamente busca al más virtuoso: muchas veces busca al que mejor encarne su rabia.
Tercero: el escándalo ya no destruye políticamente como antes.
Vivimos una era donde la sobreinformación y la polarización relativizan todo. Para muchos ciudadanos, las denuncias dejan de importar cuando sienten que “todos son iguales”. Entonces el criterio cambia: ya no preguntan: “¿es cuestionado?”, sino: “¿defiende lo que yo siento?”.
Ese fenómeno se ha visto en líderes de derecha radical en distintas partes del mundo: Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil y Javier Milei en Argentina.
En muchos casos, las controversias terminan fortaleciendo la idea de que “el sistema lo quiere destruir”, y eso fideliza seguidores.
Cuarto: hay una parte del electorado colombiano que siente nostalgia de autoridad y castigo.
Después de años de inseguridad, corrupción, crisis económica, frustración institucional y polarización ideológica, sectores ciudadanos comienzan a privilegiar el orden sobre las libertades o la eficacia sobre las formas democráticas.
Ahí es donde figuras como Abelardo de la Espriella encuentran terreno fértil: prometen certezas simples frente a problemas complejos.
Quinto: las emociones derrotaron a la deliberación racional en buena parte del debate público.
Las redes sociales premian la indignación, el espectáculo, el lenguaje extremo y la simplificación. Un personaje confrontacional tiene más capacidad de viralización que uno moderado o reflexivo. El algoritmo favorece la visceralidad.
Y eso explica también por qué las encuestas fallan cada vez más frente a fenómenos emocionales: muchos votantes silenciosos terminan expresándose en las urnas, no en los sondeos.
Lo más grave del asunto en torno al “teflón” de Abelardo de la Espriella es que no habla solamente del candidato sino de la sociedad que lo vuelve viable.
Cuando sectores amplios empiezan a tolerar discursos agresivos, a relativizar denuncias graves o a admirar estilos autoritarios, lo que aparece no es sólo un fenómeno electoral, sino una transformación cultural y democrática.
Por eso, el verdadero interrogante quizá no sea únicamente “¿qué tiene Abelardo de la Espriella?”, sino “¿qué le está ocurriendo a Colombia para que un liderazgo así resulte atractivo para millones de ciudadanos?”.
Las democracias rara vez se deterioran de un día para otro. Muchas veces empiezan cuando las emociones colectivas terminan convirtiendo la rabia en criterio político y el miedo en mecanismo de elección. Y Abelardo de la Espriella parece haber llegado en el momento preciso, convirtiéndolo en un fenómeno político no sólo capaz de ganarse la Presidencia sino de haber destronado de la hegemonía en la derecha a Álvaro Uribe Vélez.






























