Por: Sinergia Informativa
Según Iván Cepeda, algunos datos permiten cuantificar el saldo de los actos atroces perpetrados en contra de la Unión Patriótica: “se aproxima a las 5.000 personas asesinadas, “desaparecidas” y torturadas, entre quienes se cuentan dos candidatos a la presidencia, ocho congresistas, cientos de alcaldes y concejales, y miles de activistas locales”.
Dice el mismo Cepeda en “Genocidio político: el caso de la Unión Patriótica en Colombia” que “el mal causado a la influencia política del movimiento de oposición se evidencia en el comportamiento de sus resultados electorales. En las primeras elecciones que participó, en 1986, obtuvo más de 320.000 votos que le permitieron obtener una significativa representación parlamentaria y más de 350 concejales en todo el país. Hacia finales de la década de 1980, la UP se convirtió en una fuerza con opción de poder nacional, y su candidato a la presidencia, Bernardo Jaramillo Ossa -quien fue asesinado durante la campaña electoral de 1990- figuraba en las encuestas como uno de los favoritos con una intención de voto que superaba el millón de sufragios. En 2002, después de haber pasado por las fases más intensivas del genocidio, la UP obtuvo menos de 50.000 votos”.
Ese ejemplo real, reciente y reprochable de la UP, nos evoca la violencia política del período comprendido entre 1948 y 1965, en el cual hubo un cruel enfrentamiento entre los partidos Conservador y Liberal y otras fuerzas políticas de orientación comunista, que dejó cerca de 180 mil muertos y dos millones de desplazados. Más acá en el tiempo, nos recuerda la participación violenta de los grupos armados al margen de la ley, especialmente paramilitares, coaccionando al electorado a favor de unos candidatos, con las consecuentes muertes, desapariciones y desplazamientos de quienes creyeron que la democracia los iba a blindar.
Hacia atrás -desde Bolívar y Santander- y hasta ahora -en época de internet-, la intolerancia y la violencia siguen siendo protagonistas de un proceso que hemos pretendido calificar de “festivo”. Aunque debería serlo, pues los comicios representan un triunfo de la soberanía popular sobre el absolutismo y la tiranía. Significan la oportunidad de decidir sobre mi propia felicidad, eligiendo a quienes ayudarán a hacerla posible, si gobiernan bien, sin revanchas, sin odios y para todos.
Pero la violencia electoral persiste, y no hay quién pueda decir que no hace parte de ella. No se necesitan armas. Las palabras son suficientemente dañinas. Incluso, como las de algunos locutores y comentaristas deportivos, son incendiarias. Son expresiones culpables de que la violencia en los estadios y en las calles sea hoy una de las grandes preocupaciones de las mismas autoridades civiles que, paradójicamente, llegaron a serlo con palabras incendiarias contra sus émulos electorales.
No hay quien pueda tirar la primera piedra. De acuerdo con la personalidad del candidato, y según la agresividad de quienes los rodean, unos hieren más que otros, y otros, aunque no lo crean, matan más porque han sido capaces de incubar odios y fanatismos que rememoran los peores tiempos de la violencia política colombiana.
“Propaganda negra”, “campaña sucia” y “política de alcantarilla” son expresiones manidas en esta contienda electoral. Todos hacen uso de ellas y de lo que sugieren, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, por interpuesta persona, con autorización o no, como estrategia, con satisfacción, a regañadientes o por obligación… En fin, todos lo hacen y, peor: todos saben el daño que le hacen a la política, ya bien desprestigiada y rechazada. Pero vuelve a primar el interés particular sobre el general, y no les importa que su profesión de políticos se vea mancillada y en riesgo de ser más odiada.
Con la mano que señalan en forma de pistola, matan famas. Señalan con el índice y creen que la opinión no se da cuenta de que tres dedos de la misma mano señalan hacia ellos. Con la mirada queman, con las palabras arruinan honras y con la mano, en forma de pistola, incitan a la violencia que ha sido nuestra sombra desde comienzos de nuestra República.