En la fauna democrática colombiana hay una figura silenciosa, independiente, aparentemente inteligente y alejada del devenir de los acontecimientos políticos de su país. Se trata del ciudadano-gato, que no hace ruido, no entra en confrontaciones abiertas con nadie, no se deja arrastrar por la efervescencia de las campañas políticas, ni por la estridencia de los discursos. El ciudadano-gato se desplaza con cautela por los bordes del debate público, como si la política fuera un territorio ajeno, casi impropio de su naturaleza.
Hay canciones que no nacieron para amenizar fiestas ni para acompañar el olvido. Vienen de otro lugar. De otros dolores y preocupaciones, pero también de una esperanza obstinada. En distintos rincones del mundo y en momentos marcados por guerras, dictaduras y crisis profundas, hubo artistas que se negaron a mirar hacia otro lado. Convirtieron su voz en un gesto de resistencia y se atrevieron a decir, con una claridad que el tiempo no ha desmentido, que el mundo podía ser distinto.