Por: Heberto Tapias García
Profesor Ingeniería Química
Universidad de Antioquia
Hay canciones que no nacieron para amenizar fiestas ni para acompañar el olvido. Vienen de otro lugar. De otros dolores y preocupaciones, pero también de una esperanza obstinada. En distintos rincones del mundo y en momentos marcados por guerras, dictaduras y crisis profundas, hubo artistas que se negaron a mirar hacia otro lado. Convirtieron su voz en un gesto de resistencia y se atrevieron a decir, con una claridad que el tiempo no ha desmentido, que el mundo podía ser distinto.
Esas canciones no solo respondían a coyunturas específicas. También nacían de inquietudes más hondas, de esas que atraviesan generaciones. Hablan de lo que nos separa y de lo que nos podría reunir. De todo aquello que erosiona la convivencia y de lo que todavía podría sostenerla. En medio de conflictos y fracturas sociales, no se limitaron a celebrar ideales. También señalaron riesgos, como quien advierte de un abismo que otros prefieren ignorar.
Desde coros multitudinarios hasta melodías íntimas, la música que ha apostado por la paz y la solidaridad ha sido una de las expresiones culturales más honestas de nuestro tiempo. No ha pretendido ofrecer soluciones técnicas. Ha hecho algo más elemental y, quizás por eso mismo, más potente. Recordarnos que el otro no es un enemigo natural, que la cooperación no es debilidad y que la vida en común merece ser defendida.
Hay un hilo que atraviesa muchas de estas composiciones. La sospecha de que buena parte de nuestras divisiones son construcciones que terminan volviéndose cárceles. La insistencia en que la empatía no es un lujo, sino una necesidad urgente. La defensa de quienes vienen detrás, de los niños que heredarán lo que hoy decidamos construir o destruir. Y, sobre todo, la convicción de que imaginar un mundo distinto no es ingenuo. Es, en realidad, el punto de partida.

Varias de esas canciones también intuyeron algo que hoy resulta evidente. La fragilidad de nuestros vínculos. La forma en que la vida colectiva empezó a ceder terreno frente a un individualismo cada vez más dominante. Algunas ofrecen consuelo, otras invitan a sostenerse mutuamente cuando todo parece tambalear. Muchas de ellas suenan a advertencia.
En América Latina, esa tradición tomó un tono propio. La canción de protesta se convirtió en refugio y en denuncia al mismo tiempo. Nombró la injusticia sin rodeos, pero también insistió en que el futuro no estaba perdido. Incluso cuando hablaban desde la mirada de la infancia, esas canciones lograban interpelar con una claridad que desarmaba. No se trataba de heredar un mundo roto, sino de asumir la responsabilidad de transformarlo.
No todas las canciones se sostienen en la esperanza. Algunas son más duras y directas. Dan cuenta de la desconfianza que crece, del sentido que se diluye y de la distancia que se abre entre unos y otros. Otras dibujan un mundo saturado de ruido y de dolor, donde, sin embargo, se echa en falta algo esencial que no siempre sabemos nombrar.
Lo inquietante es que ese llamado ha tenido poco eco donde más se necesita. Mientras se proponía derribar fronteras, las barreras se reforzaban. Mientras invitaba a la empatía, la competencia se instalaba como norma. Mientras hablaba de una humanidad compartida, recían los nacionalismos excluyentes y la desigualdad se volvía paisaje habitual.
Esa erosión de lo humano no solo ha continuado. Parece haberse acelerado. Hoy no resulta exagerado hablar de riesgos que comprometen la supervivencia misma. Crisis climáticas, tensiones nucleares, fracturas sociales cada vez más profundas. Aquello que tantas canciones señalaron como peligro ha terminado por instalarse como realidad cotidiana.
En medio de todo eso, hay canciones que siguen resonando con una fuerza particular. Canciones que, con una sencillez casi incómoda, invitan a imaginar un mundo sin las barreras que damos por inevitables. No como un ejercicio de evasión, sino como una forma de poner en evidencia que muchas de esas divisiones han sido construidas y sostenidas por nosotros mismos. Entre ellas, “Imagine”, de John Lennon, igue siendo una referencia inevitable. Más que una canción, funciona como una invitación persistente a pensar la humanidad sin fronteras, sin odios heredados, sin razones para destruirse.
Esa idea puede parecer ingenua a primera vista. Sin embargo, tiene algo profundamente subversivo. Imaginar otra forma de vivir implica
reconocer que lo que existe no es inamovible. Y que, aunque parezca difícil, no estamos solos en ese deseo.
El problema es que ya no basta con imaginar. Durante demasiado tiempo esas canciones han sido memoria, emoción, consuelo. Hoy el mensaje necesita convertirse en otra cosa. En acción compartida, en presencia, en una forma distinta de estar en el mundo.
No se trata de crear nuevos himnos. Ya existen. Se trata de tomarlos en serio. De permitir que dejen de ser solo banda sonora y se conviertan en impulso. Algo de eso se vio en la pandemia. En medio del encierro, cuando el silencio de las calles se volvió rutina y la incertidumbre pesaba más que las horas, aparecieron gestos espontáneos que recordaban que nadie estaba completamente solo. A una hora fija de la noche, en muchos hogares se abrían ventanas y balcones para aplaudir, no solo al personal de salud, sino a la vida que resistía. En ese mismo aire suspendido, también se colaban canciones. Más de uno volvió a esos versos que hablan de imaginar a toda la gente viviendo en paz, como si, por un instante, esa idea dejara de ser lejana. Fue un destello breve, pero revelador. Volvimos a encontrarnos!
Ahora se requiere algo más amplio y sostenido. Que esas voces vuelvan a ocupar el espacio público. Que suenen donde hoy predominan el
miedo y la desconfianza. Que dejen de ser un murmullo disperso y se conviertan en una presencia imposible de ignorar.
No es una cuestión de estética ni de nostalgia. Es una exigencia de futuro. Porque no hay poder viable sobre un planeta devastado ni sobre
sociedades fracturadas hasta el límite… o humanidad destruida. Y porque, si algo han demostrado estas canciones, es que cuando la
gente logra reconocerse en una misma voz, deja de ser multitud y empieza a convertirse en comunidad.
Tal vez ahí esté la clave. No en la canción como objeto, sino en lo que es capaz de provocar cuando deja de ser solo escucha y se vuelve experiencia compartida. Lo que sigue depende de nosotros. De si ese eco se queda en recuerdo o si, por fin, se transforma en un aluvión.

































