Rodolfo Correa

 

La Secretaría de Transportes y Tránsito de Medellín fue creada por el Concejo Municipal a través del Acuerdo 12 del 6 de septiembre de 1971, como una dependencia directa de la Alcaldía.  

 

La estructura administrativa le fue dada por el decreto número 1 de enero 24 de 1972, e inició labores en el mes de abril del mismo año, en razón del crecimiento urbano y vehicular de la ciudad.

 

  Ahora, creo que no ha habido una dependencia más impopular en la historia de Medellín que esta Secretaría que solo funge de espectadora ante la grave crisis que atraviesa nuestra ciudad en materia de movilidad. A sus directivas no se les escucha propuesta alguna sobre la superación de la problemática que enfrentamos como comunidad. Su papel se reduce a esperar que el ciudadano cometa la infracción para imponerle la respectiva sanción. 

 

  El panorama se torna oscuro cuando conocemos cifras alarmantes y nos damos cuenta de que en lo corrido del año, ha contabilizado más de 3.000 casos de accidentes, adicionalmente observamos que el 59 por ciento de los conductores examinados durante en un fin de semana en la ciudad, suelen estar ebrios, pues resulta que hace poco, en fin de semana, de 266 conductores a los que se hizo la prueba de alcoholemia, 157 salieron con resultado positivo.  

 

Y bueno, sumado a lo anterior nos encontramos frente a la odisea que es transitar por Medellín, además de la contaminación ambiental, de la falta de vías y para acabar de ajustar frente a la mala atención de algunos de los funcionarios de esta Secretaría.  

 

Precisamente hace poco, fui víctima de una colisión por parte de otro vehículo cuyo conductor se encontraba bajo los influjos del alcohol y me obligaron a trasladarme a las oficinas del barrio caribe en donde fui maltratado por un supervisor de esta dependencia municipal de nombre Juan Diego y creo que de apellido Londoño, que incluso cuando intenté pedirle su nombre para colocar las quejas respectivas me sacó casi a empellones de las instalaciones porque según él, yo, un ciudadano que paga impuestos, no tenía derecho a estar en su oficina pues a su decir ¡ es privada!.  

 

Afortunadamente, al día siguiente pude compartir con otros funcionarios que se les vio gran interés de ayudar y respeto por los ciudadanos. Lo menos es ratificarles mi gratitud. Esperemos que estas otras personas recapaciten y cumplan sus deberes con el gusto y buena voluntad por que es lo mínimo que se merece la comunidad.