Frente a las nuevas tecnologías de la Información y las Comunicaciones y el avance incontenible de la Inteligencia Artificial -IA-, el periodismo está enfrentando tanto una transformación tecnológica como una prueba moral.

La irrupción acelerada de la IA en las redacciones del mundo ha reabierto un debate de fondo: ¿estamos ante una herramienta que fortalece el periodismo o ante una tecnología que, mal usada, puede vaciarlo de sentido? La respuesta no es técnica, sino ética, profesional y democrática.

La IA escribe titulares, redacta notas, resume discursos, edita videos y hasta clona voces. Pero la IA no asume responsabilidades. Y ese detalle que marca toda la diferencia.

Uno de los primeros riesgos laborales que enfrentan los periodistas es la automatización sin criterio editorial. Confundir periodismo con simple generación de contenido, conduce a una precarización del oficio y a una peligrosa delegación de decisiones editoriales en sistemas algorítmicos.

Como lo han advertido Bill Kovach y Tom Rosenstiel en “Los elementos del periodismo”, “el periodismo es la búsqueda disciplinada de la verdad”. Esa búsqueda, según estos referentes de la ética periodística, exige juicio humano, contexto, contraste de fuentes y responsabilidad pública, atributos que ninguna máquina puede reemplazar.

En esa misma línea, el papa Francisco ha sido claro al advertir que “la tecnología es fruto de la inteligencia que Dios ha dado al ser humano, pero no puede sustituir la responsabilidad moral”. La IA puede asistir al periodista y a cualquier profesional, pero no puede decidir por la sociedad.

La IA no sólo facilita la producción de información, sino de desinformación sofisticada como deepfakes, audios falsos, imágenes manipuladas y noticias “verosímiles” que nunca ocurrieron. En este escenario, el periodista ya no es sólo narrador, sino verificador avanzado de la realidad.

Aquí cobra especial relevancia el marco constitucional colombiano. El artículo 20 de la Constitución Política de 1991 garantiza la libertad de expresar y difundir información, pero condiciona ese derecho ciudadano a la infromación a un principio esencial: la veracidad. La Corte Constitucional ha sido reiterativa en señalar que la libertad de información no ampara la mentira deliberada ni la manipulación, pues éstas lesionan el derecho ciudadano a estar informado y afectan la democracia deliberativa.

En un ecosistema saturado de contenidos automatizados, el periodismo riguroso se convierte en una barrera ética contra la mentira tecnológica.

Otro de los grandes dilemas laborales es la presión por la velocidad. Los algoritmos premian lo inmediato, lo emocional y lo polarizante. Sin embargo, la rapidez no equivale a verdad ni a calidad democrática.

El papa Francisco ha advertido que “la comunicación no debe servir para confundir ni manipular, sino para iluminar las conciencias”. El periodismo que sacrifica el contexto por el clic renuncia a su función social.

Desde la perspectiva constitucional, la información cumple una función pública: posibilitar la formación de una opinión libre. Cuando la lógica algorítmica desplaza la reflexión, el debate público se empobrece y la democracia se debilita.

El uso de IA en el periodismo plantea una exigencia ética ineludible: la transparencia. El público tiene derecho a saber cuándo un contenido fue elaborado o asistido por inteligencia artificial, en qué medida y con qué controles editoriales.

La Corte Constitucional ha sostenido que la credibilidad de los medios es un pilar del derecho fundamental a la información. Sin confianza, el periodismo pierde legitimidad; sin legitimidad, pierde su razón de ser.

La opacidad tecnológica erosiona esa confianza. La transparencia la fortalece.

La IA no es neutral. Aprende de datos históricos cargados de prejuicios, discriminaciones y sesgos políticos, ideológicos, raciales y de género. Delegar decisiones editoriales en algoritmos equivale a renunciar a la ética profesional.

Como recordaba Hannah Arendt —en un principio plenamente aplicable a la tecnología contemporánea—, la responsabilidad moral no puede externalizarse. Las máquinas no responden ante la sociedad; los periodistas sí.

Lejos de desaparecer, el periodista del siglo XXI debe fortalecer su valor diferencial: pensamiento crítico, análisis político y social, alfabetización digital y ética pública. La IA no elimina el oficio; redefine sus exigencias.

El mayor riesgo laboral no es la tecnología, sino la renuncia a la formación permanente y al compromiso ético.

En una sociedad saturada de contenidos, conviene recordar una verdad elemental: no todo lo que circula es información y no todo lo que informa es periodismo. El periodismo es un bien público, no un producto algorítmico.

El papa Francisco lo resume con claridad al afirmar que “la tecnología debe estar al servicio de la persona humana y del bien común”. Cuando el periodismo se subordina a la lógica de la máquina o del mercado, traiciona su misión democrática.

La Inteligencia Artificial no está acabando con el periodismo. Está poniendo a prueba a los periodistas.

Si el periodista renuncia a su ética, será reemplazable. Si la reafirma, será más necesario que nunca.

Porque la tecnología puede procesar datos, pero sólo el periodismo —ejercido con rigor y responsabilidad— puede sostener la verdad que necesita una democracia.

(Este artículo fue hecho con la ayuda de la Inteligencia Artificial y con la supervisión exhaustiva de un periodista con firmes principios y valores éticos)