En la fauna democrática colombiana hay una figura silenciosa, independiente, aparentemente inteligente y alejada del devenir de los acontecimientos políticos de su país. Se trata del ciudadano-gato, que no hace ruido, no entra en confrontaciones abiertas con nadie, no se deja arrastrar por la efervescencia de las campañas políticas, ni por la estridencia de los discursos. El ciudadano-gato se desplaza con cautela por los bordes del debate público, como si la política fuera un territorio ajeno, casi impropio de su naturaleza.
Pero el gato no es ingenuo. A diferencia de otros animales de la metáfora de la fauna democrática colombiana, el gato no reacciona de manera impulsiva, ni emocional. Tiene criterio -o da la impresión de tenerlo- porque sabe distinguir, sospecha de los extremos y desconfía de las promesas fáciles y de los políticos que las hacen. Pero, paradójica y lamentablemente, toda esa capacidad de observación y discernimiento termina encapsulada en la inacción.
El ciudadano-gato mira la democracia desde el alféizar de la ventana. Desde allí presencia el desfile de candidatos, las controversias, los escándalos, las alianzas improbables y las disputas por el poder. Desde allí lo ve todo, lo entiende casi todo, pero decide no involucrarse. No porque le sea indiferente el rumbo del país, sino porque ha llegado a convencerse de que su participación no cambia nada, de que el juego ya está arreglado o de que todos los actores son igualmente cuestionables, incompetentes y corruptos.
El ciudadano-gato hace de su abstención una forma de postura, y de su silencio, una especie de superioridad moral frente a los que sí participan. Como si no participar y elegir fuera una decisión más sofisticada. Como si mantenerse al margen lo protegiera de la responsabilidad de lo que ocurra después.
Mientras millones de ciudadanos observan sin intervenir (más de 20 millones en las elecciones legislativas y consultas interpartidistas del 8 de marzo de 2026), otros sí ocupan el espacio público. Otros deciden, eligen, inciden y terminan definiendo las reglas de juego que rigen para todos, incluso para aquellos que optaron por no participar. El poder no se suspende por falta de interés de algunos: cambia de manos, se concentra y se redefine sin quienes decidieron abstenerse.
He ahí la paradoja del ciudadano-gato: su aparente independencia es, en realidad, una renuncia a su voz, a su capacidad de incidir y a su condición de sujeto político activo. Y en esa renuncia, cede terreno a quienes sí están dispuestos a actuar, para bien o para mal.
No se trata, entonces, de desconocer que hay razones legítimas para el desencanto. Colombia no ha sido, precisamente, un ejemplo de coherencia entre lo que se promete en campaña y lo que se ejecuta en el poder. La corrupción, el clientelismo y la polarización han erosionado la confianza ciudadana en sus gobernantes, sus congresistas, sus diputados, sus concejales, sus ediles, los políticos y la política. El escepticismo del gato tiene razón de ser.
Pero el problema no es la desconfianza sino lo que se hace con ella. Porque cuando la desconfianza se traduce en retiro, en abstención sistemática, en desentendimiento, termina produciendo el efecto contrario al que, en teoría, se busca evitar. En lugar de castigar a un sistema defectuoso, lo deja en manos de quienes mejor saben aprovechar sus debilidades.
La democracia no se corrige sola o mejora porque los ciudadanos más críticos decidan apartarse. Por el contrario, se deteriora cuando quienes podrían elevar la calidad del debate y de la decisión pública optan por mirar desde la distancia.
El gato, en su lógica individual, puede darse el lujo de no participar. La democracia, en cambio, no puede sostenerse con espectadores.
De ahí que la invitación no sea a abandonar el espíritu crítico, sino a llevarlo al lugar donde realmente tiene sentido: en la acción. Votar no es un acto de fe ciega ni de adhesión incondicional, es, en esencia, un acto de responsabilidad. Es aceptar que, aun en medio de opciones imperfectas, la no decisión también decide.
Colombia no necesita menos ciudadanos críticos sino menos ciudadanos ausentes. El que renuncia a participar no puede reclamar después por el rumbo que otros trazaron en su lugar.































