La política tiene una paradoja: algunos candidatos creen que agredir a sus adversarios los hace más fuertes. Sin embargo -y, sincera y subjetivamente, eso espero-, podrían estar consiguiendo exactamente lo contrario.
El insulto puede provocar aplausos entre los seguidores más apasionados, alimentar la confrontación y convertirse en contenido para las redes sociales. Pero, también, puede generar rechazo entre ciudadanos menos apasionados y con más criterio que esperan algo más de quienes aspiran a gobernar.
La reciente elección presidencial de Brasil ofrece una oportunidad para reflexionar sobre esa posibilidad.
Luiz Inácio Lula da Silva fue reelegido presidente de Brasil el 25 de octubre de 2026, después de remontar en la segunda vuelta la ventaja que había conseguido su contendor, Flávio Bolsonaro, en la primera. Lula obtuvo el 51,79 % de los votos válidos, frente al 48,21 % de su adversario. El resultado representó una diferencia superior a 4,4 millones de votos.
El desenlace tuvo múltiples factores: El desgaste del Gobierno, la situación económica, las propuestas de los candidatos, la movilización electoral y el rechazo que suscitaba el bolsonarismo, formaron parte de una contienda muy reñida. En ese escenario también aparecieron las estrategias de comunicación política, desde el canal de WhatsApp «Ejército de Lula», impulsado por el diputado André Janones, hasta la reivindicación de la motosierra del presidente argentino Javier Milei por parte de Flávio Bolsonaro.
Pero, entre las escenas que marcaron la campaña, hubo una que merece atención por lo que representa para la discusión pública.
Durante el debate televisado del 23 de octubre, Flávio Bolsonaro se refirió despectivamente a Lula como «nueve dedos», en alusión a la pérdida de un dedo de su mano izquierda en un accidente laboral ocurrido cuando era joven y trabajaba en una fábrica.
Lula reclamó una disculpa y recordó su trayectoria como trabajador. Bolsonaro terminó ofreciéndola, aunque después continuó cuestionando la gestión de su adversario. El episodio trascendió la discusión sobre las propuestas y convirtió una característica física del Presidente en motivo de confrontación electoral.
La escena deja una pregunta elemental: ¿qué gana un candidato cuando intenta disminuir a su contendor por una condición física, una discapacidad, su apariencia o cualquier circunstancia personal?
En términos democráticos, poco. El debate electoral debería servir para contrastar capacidades, resultados, programas y visiones de sociedad. Cuando se convierte en una sucesión de humillaciones, los ciudadanos pierden la oportunidad de conocer con suficiente claridad qué propone cada aspirante y cómo pretende cumplir sus promesas.
La controversia también tiene una dimensión humana. La pérdida de un dedo no descalifica a nadie para ejercer un cargo público, como tampoco lo hace ninguna discapacidad. Por el contrario, utilizar esa circunstancia para ridiculizar a una persona revela una manera cuestionable de entender el respeto por la dignidad humana.
Ahora bien, ¿influyó este episodio en la victoria de Lula? No hay evidencia suficiente para afirmar que el comentario de Flávio Bolsonaro haya determinado el resultado electoral. Sería irresponsable atribuir una decisión tan compleja a una sola frase.
Pero sí cabe plantear una hipótesis: ¿puede un insulto convertirse en un error político cuando los electores interpretan que quien lo pronuncia carece del respeto y la moderación que exige el ejercicio del poder?
Es posible. Y esa posibilidad debería preocupar a quienes consideran que la agresividad es una estrategia electoral infalible.
En Colombia conocemos episodios en los que los gestos, las expresiones y las actuaciones personales de los candidatos han terminado ocupando un lugar importante en la discusión política. Uno de ellos fue el llamado «coscorrón» de Germán Vargas Lleras a uno de sus escoltas, en diciembre de 2016. El episodio provocó críticas y abrió una discusión sobre el trato a los trabajadores y la conducta de quien aspiraba a la Presidencia de la República.
¿Le costó esa actuación la elección presidencial de 2018? No es posible demostrarlo de manera concluyente. Las derrotas electorales suelen responder a una combinación de factores políticos, sociales, económicos y personales. Sin embargo, el episodio dejó una imagen que sus críticos utilizaron para cuestionar su comportamiento y su capacidad de relacionarse con los demás.
La lección no consiste en afirmar que un insulto o un gesto agresivo siempre condena electoralmente a un candidato: consiste en reconocer que la conducta personal también puede comunicar algo sobre la manera como alguien entiende el poder, las relaciones humanas y el respeto por los demás.
Por eso, la decencia no debería ser un asunto secundario ni un atributo reservado para las campañas publicitarias. Es una cualidad que debe examinarse junto con la preparación, la experiencia, la capacidad de gestión y la solvencia de las propuestas.
Ahora, no se trata de confundir la decencia con la ausencia de críticas. Un candidato puede cuestionar con firmeza a su adversario, denunciar hechos debidamente sustentados y controvertir sus decisiones. La crítica es necesaria en una democracia.
Lo inadmisible es reemplazar los argumentos por la calumnia, la difamación, la estigmatización o la agresión personal. La firmeza no exige humillar; la discrepancia no autoriza a desconocer la dignidad del otro.
Esta reflexión adquiere especial importancia cuando nos preparamos para las elecciones territoriales del 31 de octubre de 2027, en las que elegiremos alcaldes, gobernadores, diputados, concejales y ediles.
Quienes aspiran a dirigir municipios y departamentos deben comprender que gobernar no consiste en imponerse sobre quienes piensan distinto. Gobernar implica administrar recursos públicos, resolver problemas colectivos, respetar las instituciones, escuchar a la ciudadanía y tomar decisiones orientadas al bienestar general.
¿Podemos confiar plenamente la administración de una ciudad, de un municipio o de un departamento a alguien que convierte la diferencia en enemistad, que pretende desacreditar a sus contradictores mediante ataques personales o que confunde el liderazgo con la intimidación?
Por supuesto, no basta con que un candidato sea amable o se exprese correctamente. La cortesía no sustituye la preparación, ni las buenas maneras garantizan honestidad o eficiencia. También debemos examinar su hoja de vida, su trayectoria pública y privada, sus antecedentes, sus propuestas y la viabilidad jurídica, técnica y económica de lo que promete.
Pero tampoco deberíamos cometer el error contrario: valorar las propuestas y la experiencia mientras ignoramos por completo la conducta de quien pretende ejercer autoridad.
La forma de tratar a los demás no demuestra por sí sola cómo gobernará una persona, pero puede ofrecer indicios relevantes sobre su concepción del poder y su disposición a reconocer límites.
Además, debemos prestar atención a los equipos que rodean a los candidatos, a los discursos que promueven, a la información que difunden y a la manera como participan en el debate público. La responsabilidad política no termina en quien aparece en el tarjetón.
Hasta que nos cansemos, lo diremos: la política no puede convertirse en una competencia de insultos, difamaciones, calumnias, estigmatizaciones y agresiones verbales.
La democracia necesita diferencias, confrontación de ideas y oposición. Pero necesita, sobre todo, ciudadanos capaces de distinguir entre una crítica argumentada y un ataque personal; entre una propuesta viable y una promesa vacía; entre el liderazgo y la agresividad; entre la firmeza y la intolerancia.
No podemos asegurar que los brasileños hayan reelegido a Lula por el episodio de los «nueve dedos». Lo que sí podemos hacer es preguntarnos si algunos de ellos, como ocurre en cualquier sociedad democrática, valoraron también la forma en que los candidatos se comportaron durante la campaña.
Porque la gente no sólo escucha lo que dicen quienes aspiran a gobernarla. También observa cómo lo dicen, cómo reaccionan ante la contradicción y cómo tratan a quienes no comparten sus ideas.
La agresividad puede movilizar pasiones, pero no necesariamente inspira confianza; el insulto puede producir titulares, pero no reemplaza las ideas; y la humillación puede generar aplausos momentáneos sin convertirse en una virtud para gobernar.
En las elecciones territoriales de 2027, examinemos las hojas de vida, las propuestas, la experiencia y el compromiso de los candidatos con el interés general. Pero pongámosle mucho ojo a la decencia.
No permitamos que el odio decida nuestro voto. Que lo hagan la razón, la responsabilidad, la dignidad humana y la esperanza de construir territorios en los que las diferencias puedan resolverse sin violencia ni humillaciones.
Porque la gente buena también tiene la responsabilidad de elegir bien. Y porque, aunque no podamos afirmar que un insulto cuesta una elección, sí podemos sostener que un país que normaliza la agresividad termina debilitando la calidad de su democracia.





























