Llevo años como periodista insistiendo en la necesidad de que los ciudadanos tomen sus decisiones electorales con criterio, con conciencia, que examinen la trayectoria de los candidatos, que estudien sus propuestas y que comprendan las consecuencias de elegir a quienes tendrán la responsabilidad de gobernar y representarlos. He defendido la importancia de la información, el análisis, la argumentación y el interés general como elementos esenciales de una democracia que aspire a ser algo más que un procedimiento para contar votos.

Sin embargo, debo reconocer una preocupación que comienza a convertirse en una incertidumbre personal y profesional, después de tantos años de aparente “palabrería” cayendo al vacío: ¿estamos consiguiendo que nuestras palabras inviten a pensar o, simplemente, estamos hablando entre quienes ya estamos convencidos de la importancia del pensamiento crítico?

El periodismo tiene aquí una responsabilidad que va más allá de transmitir información: debe contribuir a desarrollar capacidades para interpretarla, contrastarla y utilizarla en la vida pública.

Desde Sinergia Informativa y ClickCracia, ese es un camino que vale la pena explorar: ofrecer información, opinión, análisis, interpretación y orientación sin sustituir el criterio del ciudadano; examinar las propuestas sin convertir el periodismo en instrumento de una candidatura, y cuestionar a quienes ejercen el poder sin renunciar a la verificación ni a la responsabilidad de argumentar.

El propósito no sería decirle a la gente por quién votar. Sería contribuir a que cada persona disponga de mejores herramientas para decidir por sí misma.

En una sociedad en la que abundan los mensajes, las opiniones, las promesas, las descalificaciones y las interpretaciones interesadas de la realidad, disponer de información no significa, necesariamente, estar bien informado. Y estar informado tampoco garantiza que decidamos con fundamento.

La mayoría de los resultados electorales han demostrado que la indignación pesa más que los argumentos; la simpatía por un candidato, más que el examen de sus antecedentes; y la lealtad a una corriente política o ideológica, más que la disposición a reconocer sus errores. Una afirmación puede ser aceptada porque coincide con lo que queremos creer, mientras que una evidencia incómoda puede ser rechazada porque contradice aquello en lo que hemos depositado nuestras esperanzas.

¿Significa esto que los ciudadanos han renunciado a pensar? ¿Que las emociones derrotaron definitivamente a la razón? No. Pero, ¿qué nos impide pensar mejor, incluso cuando estamos convencidos de que tenemos la razón?

Durante mucho tiempo hemos presentado la razón y la emoción como si fueran adversarias irreconciliables. Pero, pese a mi insistencia en privilegiar aquélla sobre ésta en el momento de tomar decisiones, me han convencido de que la vida humana es más compleja. Nos conmueve la injusticia, nos indigna la corrupción, nos preocupa la inseguridad y nos entusiasma la esperanza de un futuro mejor. Esas son emociones que forman parte de nuestra experiencia y también de nuestras decisiones políticas.

El problema aparece cuando el miedo sustituye la evaluación, la rabia impide escuchar, la simpatía se convierte en obediencia o la esperanza nos lleva a aceptar promesas sin preguntar por su viabilidad.

Entonces, queda en claro que no necesitamos ciudadanos que dejen de sentir: necesitamos ciudadanos que aprendan a reconocer lo que sienten y a examinar cómo esas emociones influyen en sus decisiones.

Tampoco debemos caer en la tentación de dividir a la sociedad entre quienes supuestamente piensan y quienes no lo hacen. Todos podemos ser víctimas de nuestros prejuicios, de nuestras preferencias y de la tendencia a buscar información que confirme nuestras convicciones. Ni el periodista está exento de esa posibilidad, ni el académico, ni el dirigente político, ni el ciudadano que se considera mejor informado.

Pensar críticamente no consiste en desconfiar de todo ni en llevarle la contraria a todo el mundo. Consiste en formular preguntas, contrastar afirmaciones, examinar evidencias y aceptar que una conclusión puede cambiar cuando aparecen razones suficientes para revisarla.

Si una consigna moviliza más que una explicación, si una descalificación circula más que un argumento y si una promesa atractiva consigue adhesiones sin que se examine su viabilidad, ¿qué lugar les queda a las propuestas fundamentadas y al debate público?

La respuesta no puede ser que debemos abandonar las propuestas. Tampoco podemos concluir que los ciudadanos son incapaces de comprenderlas. Debemos preguntarnos cómo comunicarlas para que sean accesibles, relevantes y comprensibles, sin sacrificar el rigor ni convertir la información en propaganda.

Una propuesta electoral merece mucho más que un aplauso o un rechazo automático. Exige preguntas elementales: ¿qué problema pretende resolver?, ¿qué evidencia demuestra que la solución puede funcionar?, ¿cuánto costará?, ¿cómo se financiará?, ¿qué consecuencias podría producir?, ¿qué antecedentes tiene quien la presenta y cómo podremos verificar su cumplimiento?

Estas preguntas no garantizan decisiones perfectas. Pero pueden ayudar a que el voto deje de depender exclusivamente de la simpatía, el temor, la indignación o la identificación con un líder.

Una democracia madura no se construye cuando todos pensamos igual. Se fortalece cuando somos capaces de aplicar criterios comunes, incluso cuando los resultados de esa evaluación contradicen nuestras preferencias.

Las redes sociales multiplicaron las posibilidades de informarnos, participar y expresar opiniones. La inteligencia artificial añade herramientas para comprender asuntos complejos, contrastar datos y acceder a explicaciones que antes podían resultar difíciles de obtener.

Pero esas mismas tecnologías facilitan la circulación de información falsa, la producción de contenidos engañosos y la difusión de mensajes diseñados para despertar reacciones inmediatas.

Nunca había sido tan sencillo compartir una afirmación sin comprobarla, juzgar un acontecimiento a partir de un fragmento o confundir la popularidad de un mensaje con la solidez de sus argumentos.

La Inteligencia Artificial tampoco es una autoridad infalible. Puede equivocarse, reproducir errores y presentar información incompleta. Por eso, utilizarla responsablemente exige contrastar sus respuestas y verificar sus fuentes.

La pregunta no es si debemos temerle a la tecnología o celebrarla sin reservas. La pregunta es si estamos formando ciudadanos capaces de utilizarla sin entregarles a los algoritmos, a los influenciadores, a los políticos o a las propias herramientas de Inteligencia Artificial la responsabilidad de pensar por nosotros.

La tecnología puede multiplicar nuestra capacidad de comprender o nuestra capacidad de equivocarnos. De nosotros depende, en buena medida, aprender a distinguir entre ambas posibilidades.

Quizá quienes insistimos en la importancia del pensamiento crítico debamos revisar nuestra manera de comunicarlo.

Decirle a una persona que no piensa puede provocar rechazo. Preguntarle qué estaría dispuesta a verificar antes de votar puede despertar curiosidad. Acusarla de dejarse manipular puede cerrar una conversación. Invitarla a identificar los mecanismos que influyen en sus propias decisiones puede abrirla.

En lugar de preguntarle al ciudadano por qué apoya a determinado candidato, podemos preguntarle qué hechos, antecedentes y propuestas sustentan su decisión.

En lugar de exigirle que cambie de opinión, podemos invitarlo a identificar qué evidencia lo llevaría a reconsiderarla.

En lugar de limitarnos a denunciar la desinformación, podemos enseñarle a verificar una afirmación, reconocer una fuente confiable y diferenciar entre una promesa, una opinión y un hecho comprobado.

No se trata de renunciar a la crítica ni de suavizar las preguntas hasta volverlas inofensivas. Se trata de formularlas de manera que el ciudadano encuentre razones para participar en la reflexión, en lugar de sentirse obligado a defenderse de quien pretende enseñarle.

Debo reconocer que, en muchas ocasiones, me he preguntado si insistir en el razonamiento electoral no será una forma de perseguir una utopía. Si, después de tantos años de educación, filosofía, periodismo y debate público, las sociedades siguen tomando decisiones atravesadas por prejuicios, emociones e intereses, ¿qué podemos esperar de nuestros llamados a pensar?

No podemos exigir que una publicación transforme de inmediato una cultura política. No podemos suponer que todos los ciudadanos están dispuestos a cuestionar sus convicciones ni responsabilizarnos individualmente por cada decisión electoral.

Pero tampoco podemos confundir la dificultad de transformar una conducta con la inutilidad de intentarlo.

Una pregunta puede sembrar una duda. Una duda puede conducir a una consulta. Una consulta puede revelar un dato que antes se desconocía. Y ese dato puede contribuir a que alguien reconsidere una decisión.

No siempre ocurrirá. No todos cambiarán. Pero la posibilidad de que alguien lo haga es una razón suficiente para seguir construyendo espacios de información y deliberación.

Quizá nuestra tarea no consista en convencer a todo el mundo de que tenemos razón, sino en contribuir a que más personas tengan mejores razones para decidir.

Una democracia no necesita ciudadanos que piensen como los periodistas, los académicos o los líderes políticos. Necesita ciudadanos capaces de examinar también las afirmaciones de quienes admiran, cuestionar las ideas que comparten y reconocer sus propios errores sin sentir que por ello pierden dignidad.

Necesita personas que puedan discrepar sin odiar, cambiar de opinión sin avergonzarse y defender sus convicciones sin convertirlas en verdades incuestionables.

No quiero renunciar a mi insistencia en el voto consciente. Quiero aprender a comunicarla mejor.

Quiero que las preguntas despierten curiosidad antes que resistencia, que los argumentos sean comprensibles sin perder profundidad y que la crítica contribuya a construir una ciudadanía más informada, autónoma y responsable.

No le pido a nadie que deje de sentir. Le propongo que no permita que sus emociones decidan por él sin examinar antes las razones, las evidencias y las consecuencias de su elección.

No le pido que abandone sus convicciones políticas. Le propongo que las someta a examen, con el mismo rigor con el que evalúa las convicciones de los demás.

No le pido que confíe ciegamente en un periodista, un candidato, un influenciador o una inteligencia artificial. Le pido que contraste, pregunte y verifique.

Y no le pido que vote por alguien en particular. Le propongo que asuma la responsabilidad de su decisión y comprenda que el voto no es solamente una expresión de simpatía o inconformidad: es también una decisión que afecta la vida de los demás y el futuro de la sociedad.

Que la emoción nos recuerde lo que nos importa. Que la razón nos ayude a decidir cómo defenderlo. Y que la conciencia nos recuerde que nuestras decisiones tienen consecuencias para todos.

No sé si conseguiremos transformar la manera en que los ciudadanos deciden electoralmente. No tengo fórmulas infalibles ni promesas que ofrecer al respecto. Pero sí sé que renunciar a promover el pensamiento crítico sería aceptar como inevitable aquello que todavía podemos intentar mejorar.

No quiero decirle a la gente por quién votar. Quiero contribuir a que nadie tenga que entregarle a otro la responsabilidad de pensar su voto.

Esa es mi apuesta por el periodismo, por la democracia y por el interés general. Y esa es una utopía que, por ahora, no estoy dispuesto a abandonar.