En estos tiempos de polarización en los que la política colombiana se caracteriza por el ruido, el grito, la ofensa, la estigmatización, la simplificación y el espectáculo, la democracia enfrenta el dilema de si será guiada por ciudadanos que piensan y deciden con criterio o por multitudes emotivas que sólo reaccionan.

Hace unos días propuse un símil incómodo, pero necesario: el de las focas. No como insulto, sino como advertencia. Animales inteligentes, sí, pero entrenados para responder a estímulos, para aplaudir cuando suena la señal, para repetir una conducta que ha sido reforzada. En política, esas “focas” son los electores emocionales: aquellos que no deliberan, que no contrastan, que no dudan, sólo reaccionan.

El problema es que una democracia de “focas” es una democracia vulnerable al populismo, a la desinformación, a la manipulación y a la propaganda disfrazada de verdad. Es una democracia vulnerable a la irresponsabilidad colectiva.

Pero la metáfora de las focas tiene su contrapunto: la del búho.

Mientras la foca responde al estímulo inmediato, el búho toma distancia, no aplaude: observa. No necesita el aplauso colectivo ni la validación del grupo. No grita consignas ni repite eslóganes. Su poder radica en algo más escaso y, por ello mismo, más valioso: la capacidad de mirar con detenimiento antes de actuar.

El ciudadano-búho no es perfecto, pero sí consciente de su responsabilidad. Entiende que votar no es un acto mecánico ni un reflejo condicionado, sino una decisión que exige información, criterio y, sobre todo, carácter. Porque pensar, en tiempos de polarización, es una forma de valentía, por lo escaso que suele ser el esfuerzo que demanda y el rechazo y los ataques que genera en un contexto de ligerezas.

Pero en realidad, el búho tiene las de ganar porque ve en la oscuridad, pues donde otros apenas distinguen titulares o narrativas emocionales, el búho identifica matices, grises, contradicciones e intereses ocultos. Sabe que no todo lo visible es verdad y que la verdad no es visible a primera vista, y exige esfuerzo para hallarla.

Esa capacidad de ver más allá es, hoy por hoy, una necesidad democrática. En una era atravesada por la desinformación, la mentira, la ofensa, las redes sociales y la inmediatez, el pensamiento crítico dejó de ser una virtud intelectual para convertirse en una condición de supervivencia cívica.

También hay en el búho una lección de independencia. No se mueve en manadas ni actúa por presión social. No vota por miedo, ni por rabia, ni por pertenecer a un bando. Es capaz de decidir aunque ello le genere rechazo y separación de la seguridad que dan los grupos enquistados en los extremos de la polarización.

Tal vez allí radique la diferencia más profunda entre la foca y el búho. La primera responde; el segundo elige. La primera es predecible; el segundo es libre. La primera puede ser manipulada; el segundo, difícilmente es domesticado.

No se trata de idealizar ni de simplificar la complejidad del comportamiento ciudadano. Todos, en algún momento, podemos actuar como focas: reaccionar, repetir, dejarnos llevar. Pero la calidad de una democracia no se mide por la ausencia de esos impulsos, sino por la capacidad de superarlos, de pasar del aplauso automático a la reflexión consciente, de la consigna al argumento y de la emoción sin filtro al criterio informado.

Colombia, de cara a los desafíos políticos que se avecinan, no necesita más ruido. Necesita más ciudadanos capaces de pensar, incluso cuando pensar incomoda. Colombia necesita más ciudadanos capaces de cuestionar, incluso, aquello con lo que simpatizan. Capaces de entender que la democracia no sólo se ejerce en las urnas, sino en la forma como se construye el juicio previo a la llegada a las urnas.

La democracia siempre será una disputa abierta entre focas que aplauden sin pensar y búhos que observan y piensan antes de aplaudir, aunque ello les tome más tiempo y les exija más esfuerzo.

El elector consciente no se deja comprar, ni manipular, ni seducir por promesas vacías… ¡Qué dicha que así fuera la mayoría! Se tomarían en las urnas las mejores decisiones, se elegiría a los mejores, se tendría más confianza y respeto por los políticos y la política sería digna del prestigio que nunca debió perder.