Por: Rodrigo Pareja

Para significar que a veces ciertas cosas se hacen dizque con objetivos loables aunque los resultados sean adversos, la sabiduría popular suele decir que el infierno está empedrado de buenas intenciones.

Es lo que ocurre con la llamada temporada taurina, cuyos promotores, organizadores y realizadores se parapetan en un supuesto beneficio para el hospital universitario San Vicente de Paul, entidad hacia la cual derivan los recursos – muchos o pocos – que deja el sanguinario espectáculo de los toros.

Desde el próximo sábado, entonces, la plaza de La Macarena volverá a ser el epicentro de la barbarie, el salvajismo y la carnicería que unos pocos, para el inexplicable gozo de otros pocos, realiza en los meses de enero y febrero.

 

Volverán a verse en el albero macareno, como con tanta cursilería describen los periodistas interesados el entorno del sangriento lance, a damas y damiselas de primera, de segunda y de tercera, emperifolladas hasta el exceso, no para acudir a la muerte miserable del astado, sino para despertar – según ellas en su fuero interno – las supuestas admiración o envidia de sus paisanas.

Todas en tropel lucirán la camiseta de moda y de marca; lo mismo el pantalón o la falda que grita el último aullido de lo que llaman moda; el sombrero ultra moderno y más pintoresco para resguardar esa enorme inteligencia que las impulsa a disfrutar con la sangre y el dolor, y no podrán faltar las botas, botines o zapatos que también le hagan ver a sus congéneres que sus portadoras se encuentran un tantico más allá de lo que está en boga.

Y qué decir de los varones, también arribistas venidos a más, emergentes con suerte pasajera o los tradicionales ejecutivos que lucen como gran presea una barrera o contrabarrera de la que se precian como gran conquista.

Estos también desentierran y desempolvan calzados especiales y vistosos; de pronto chaquetas de cabritilla o de gamuza que solo ven la luz del sol cada doce meses; camisas de último corte y moda, lo mismo que aparatosos sombreros u otros adminículos diversos para la testa.

Eso sí, todas y todos ansiosos de ser captados por la lente de cualquier fotógrafo, sea de algún medio de comunicación o de avivato negociante anual de la fotografía, preferiblemente si es del primero, porque luego aparecerá su imagen acompañada de cualquier insulso comentario en la que reciben el calificativo de “gente bella” o “churro” o “señorial dama”.

A eso se reducen el salvajismo y la carnicería montados cada doce meses para que veinte o treinta veteranos defiendan lo indefensable, y con su verborrea y dialéctica mandada a recoger, engatusen y consigan que unos cientos de neófitos en la materia, como irracionales amaestrados, les sigan la corriente, eso sí, con tal de poder estar en la mascarada anual.