Alfaro Martín García

Acudí al llamado de su madre, Miguel llevaba tres días en su habitación encerrado sin hablar con nadie y sólo me permitió el ingreso sin modular palabra. Vi en la penumbra un desorden de medicamentos y libros por todo el lugar, sobresalía en su mesa de noche un tazón de agua y varios frascos de sedante lo que me llamó la atención ya que días antes, entre diálogos furtivos, me contó que había hablado con su médico sobre el uso de los sedantes, los riesgos de sufrir un paro cardiaco como consecuencia de una sobredosis y la recomendación que le hiciera de ser prudente en su consumo.

 

Vaciló antes de hablar, la piel de su cara brillaba y ardía por esa fiebre que últimamente lo incapacitaba, balbuceando dijo no querer vivir más, sentí en él mucho miedo, miedos que lo sujetaban, su estado depresivo le confundía la mente.  Pregunté por los motivos de su tristeza y levantándose de su lecho recogió unos papeles que había tirado al piso completamente enrollados, los desenrolló y me los entregó, eran los exámenes de laboratorio de alguien diferente a Miguel, Carlos era el nombre del paciente que aparecía impreso en la prueba de laboratorio y su resultado VIH  positivo, lo increpé de que esos exámenes no eran los suyos y de que una equivocación lo tendría mortificado, pero con un llanto ahogado exclamó que había sido su amigo Carlos quien le había facilitado sus documentos para ocultar su verdadera identidad, ya que por su promiscuidad temía estar infectado, esta revelación me dejó sin palabras.

 

Miguel me dijo que en nuestro país existen más de 114 mil portadores de VIH que desconoces su situación.   Habló de que en Colombia se detectó el primer caso de SIDA en el año 1983, en una mujer, y que el rechazo social para aquellos que lo portan es peor que el de la lepra que enuncia el levítico en el antiguo testamento ya que todos creen que es una enfermedad sólo de homosexuales, discriminatoria; estuvo mordiendo su rabia por haber profanado las enseñanzas que su basta cultura le imprimió, ya que completamente desinhibido por el consumo de drogas y alcohol en sus noches de “juerga” nunca se protegió con condón cuando practicaba el sexo.  Miguel logró salir de esta crisis suicida dándole sentido a cada minuto de vida e importancia a las personas  le quieren. 

 

 Con el paso del tiempo, Miguel vio como su cuerpo perdía su capacidad de defensa contra todo tipo de  enfermedades, a pesar de los medicamentos antiretrovirales que fueron prescritos por un especialista hematólogo, esto lo sumía en una debilidad constante. Miguel ha encontrado realidades que no imaginaba le iba a tocar vivir, como que tenía que pagar de su bolsillo el tratamiento médico, por las falencias del sistema de salud, pero como todo en este país es posible, ha adquirido los medicamentos con descuentos especiales en las farmacias que los expenden con el rotulo “prohibida su venta” porque son del seguro social.

 

Conocimos portadores del VIH que no han sido reportados ni contados en las estadísticas de salud, casos de subregistro, aquellos que no aparecen en las cifras oficiales, pero que van en busca de la providencia cristiana para que los ayuden ya que sin poder adquisitivo para obtener los medicamentos el desenlace fatal se anticipa. Los otros, los que teniendo su seguridad social, tienen que acudir a las tutelas para que el Estado les garantice un derecho humano fundamental como es el acceso a la salud, piden al gobierno mayor compromiso.  

 

Poco conocemos de las realidades que viven los más de 10 mil portadores de VIH en Antioquia. No nos cabe la menor duda de que conocer de su propia voz estas experiencias  generaría mayor conciencia en la ciudadanía que está expuesta al riesgo.   

 

Una invitación: Promovamos la salud y trabajemos por la prevención de esta enfermedad, de la mano de las instituciones de salud y educación del Departamento de Antioquia.