Por: Ramón Elejalde Arbeláez

Los debates televisados han demostrado hasta la saciedad una constante: Rafael Pardo es el mejor candidato y siempre, con Vargas Lleras y Petro, la opinión pública los ha señalado como los más fluidos, con mejores propuestas y conocedores de la realidad nacional.

Rafael Pardo es un estadista, serio y reflexivo a quien los medios de comunicación han tratado de hacernos creer que es falto de carisma. Es una persona versada en temas económicos que elaboró un programa atendiendo a la difícil realidad social de Colombia. Su reunión con la dirigencia antioqueña hace unos días en el Club Medellín es demostración palmaria del manejo que tiene de los temas y de la situación de los colombianos: Allí dijo que no haría un discurso tradicional y le pidió al auditorio que le elaborara preguntas por escrito y luego cogió todas esas inquietudes y las desarrolló con la más asombrosa capacidad y conocimiento, incluso temas locales como el de Hidroituango fueron evacuados con la profundidad que suelen emplear los estadistas.

 

Puede que Pardo no sea el candidato más sonriente, pero es un candidato capaz y solvente moralmente, pero eso no quiere decir que no tenga un humor fino, que es clara demostración de su inteligencia. Su hábil respuesta en los debates televisados, a veces cargadas de una fina ironía, comprueban mi afirmación.

Es tímido, pero frentero, no elude el debate y enfrenta las situaciones con seriedad y diligencia. Su paso por la Consejería de Paz, donde logró reinsertar a la vida civil a grupos armados como el M.19 y el Quintín Lame y por el Ministerio de Defensa, donde le asestó golpes certeros al llamado cartel de Medellín, que en la época fue desarticulado, lo muestran como un hombre de ejecutorias. Es enérgico y firme cuando las circunstancias lo exigen. Por sus conocimientos y actitudes lo podemos considerar como un técnico prestado a la política, que entiende esta última como un servicio a la comunidad, como un discurrir de las ideas y de las propuestas para mejorar las condiciones de vida de los habitantes de su patria y no como el ejercicio de la trapisonda, el engaño, la mentira y la trampa. Es el más idóneo para los grande designios de nuestra sociedad.

Es amante del rock, como que creció bajo el influjo de Los Beatles e hincha del Santafé. Se graduó como economista en la Universidad de los Andes, con posgrado en planeación urbana de la Universidad de La Haya y en relaciones internacionales de la Universidad de Harvad. A Rafael Pardo le sobra experiencia, inteligencia y capacidad de mando. Tanto su vida privada, como el servicio del Estado han sido intachables, virtudes todas que lo hacen confiable para ser presidente de los colombianos.

Existen posiciones de Rafael Pardo que describen muy bien su talante de hombre de bien. Fue uno de los pocos congresistas que asumieron una actitud valerosa y de rechazo a la presencia de los jefes paramilitares en el Congreso de la República. Además con entereza y con seriedad y aportando soluciones alternativas, discrepó de muchas de las decisiones adoptadas en la Ley de Justicia y Paz y logró introducir, con su partido, muchas modificaciones a lo que inicialmente era un esperpento peor de lo que salió. Muchas de sus premoniciones en esa época se están hoy confirmando con creces.

Pardo es experto en temas económicos, en asuntos militares y de defensa nacional, en resolución de conflictos y en Derechos Humanos. Tiene una gran sensibilidad social y conoce como el que más las dificultades que viven los más pobres de Colombia. Ha sido abanderado en la lucha por defender los derechos de las víctimas de la guerra, el eslabón más maltratado de la cadena de la violencia que por años ha padecido Colombia. En síntesis, Pardo es el presidente serio y capaz que reclama el país. Inexplicable que sigamos valorando más las encuestas que las propuestas, por eso a veces cometemos errores imperdonables, que después se ven reflejados en más pobreza, más corrupción, más inequidad social y más concentración de la riqueza.