Desde hace tiempo me vengo preguntando qué es lo que le ven… O mejor, ¿qué es lo que le oyen a Bad Bunny que gusta tanto y que lo ha hecho tan exitoso? Oírlo el único instantico que aguanto hacerlo, me devuelve a mis clases de Teatro en la Escuela Popular de Arte hace 30 años, cuando la vocalización y la articulación en un artista eran una muestra inaplazable de profesionalismo. Aún recuerdo a Gustavo Escobar, nuestro profesor de Foniatría, burlándose de nosotros cuando nos chorreábamos con las palabras que no alcanzaban a llegar más allá de una expresión gutural inaudible e incomprensible.
Escuchó a Bad Bunny y me da la impresión de haber no sólo retrocedido en el tiempo, sino de haber involucionado en la formación vocal… Y eso que la nuestra era sólo para hacernos escuchar con claridad y con intención del último espectador en la platea, sin pretensiones melódicas, porque no nos estábamos formando para el canto sino para la actuación. Por eso, me sigo sorprendiendo con los balbuceos de un cantante llamado Bad Bunny.
Por eso le pregunté a la Inteligencia Artificial -IA-, ¿Cuál es el atractivo de Bad Bunny? ¿Por qué es tan popular si no se le entiende lo que canta? ¿Es buen cantante?
La respuesta fue que Bad Bunny no es sólo un cantante, sino un fenómeno cultural que representa al “anti-ídolo”, porque se viste como quiere, habla como quiere y desafía estereotipos de género y de éxito, lo que para muchos jóvenes es una forma de rebeldía simbólica. También logra conexión generacional porque habla de fiesta, sexo, tristeza, ansiedad, vacío y fama, con lenguaje cotidiano y sin metáforas rebuscadas. Y, en torno a mi inquietud artística, habla de su “Timing histórico”, porque aparece en la era del streaming, del TikTok y del Spotify, cuando importa más la vibra que la técnica vocal.
Bad Bunny es la “incomodidad generacional” que cada cierto tiempo produce la música popular: se trata de una figura masiva que no encaja en los cánones tradicionales del talento, la técnica o el “buen gusto”, pero aun así conquista millones de oyentes.
¿Cuál es su mérito?, le he insistido a la IA, reconociendo que soy una persona adulta y tradicional. ¿Por qué es tan popular si no se le entiende lo que canta? ¿Es realmente un buen cantante? Aunque me responde que las preguntas son legítimas, me dice que están mal formuladas, porque parten de una premisa que ya no gobierna la música contemporánea: el éxito no depende, principalmente, de la técnica vocal o de la claridad del mensaje.
Bad Bunny no es, en sentido clásico, un gran cantante. No posee un rango vocal amplio, no se destaca por una afinación rigurosa, ni busca la pulcritud interpretativa. Precisa que medirlo con esos criterios es como evaluar a un grafitero con las reglas del arte renacentista. “El error no está en el artista, sino en el marco de análisis”, sentencia la IA.
El verdadero talento de Bad Bunny no reside en la voz, sino en la lectura del tiempo histórico que habita: entendió que la música de hoy no se consume como antes, porque ya no es sólo melodía y letra, sino identidad, experiencia, estética y actitud. En la era del streaming, de las redes sociales y de la escucha fragmentada, lo que conecta no es la perfección, sino la autenticidad percibida.
Y que “no se le entienda lo que canta” no es un accidente, sino parte del código. En géneros como el trap o el reguetón, la voz funciona más como instrumento que como discurso. El ritmo, la cadencia y la emoción importan más que la dicción. Recuerda que lo mismo ocurrió con el Rock, con el Punk y con otras expresiones que en su momento fueron tildadas de ruido, decadencia o pobreza artística.
Me parece oír a mi papá sentado en su mueble preferido, frunciendo el ceño mientras yo escucho a Led Zepelín, a Black Sabbath, a Deep Purple y otros grupos, y él intentando ganarle al “ruido” del equipo de sonido a “todo taco”, golpeando el mueble y gritando: “¡venga grabe esto!”
El éxito de Bad Bunny, entonces, no se explica por cantar mejor que otros, sino por representar mejor a una generación que no busca referentes perfectos, sino voces que suenen cercanas, incluso rotas.
La IA concluye su respuesta a mi inquietud afirmando que el debate no debería centrarse en si Bad Bunny es “buen cantante”, sino en qué nos dice su popularidad sobre los cambios en la cultura, en el consumo simbólico y en la forma como hoy se construyen los ídolos. Porque cuando millones escuchan lo mismo, el fenómeno deja de ser musical y se vuelve social.


























