He sido recurrente en afirmar que el principal problema de la democracia es la desinformación y he señalado como responsables a los medios de comunicación tradicionales y a sus periodistas, en quienes recae la responsabilidad de informar con rigor como garantía de una democracia fortalecida. Hemos insistido en información más objetiva, en la medida que contenga más hechos y más datos y menos sesgos subjetivos, producto de la defensa de intereses particulares, partidistas y económicos.
Pero hay algo más grave: suponiendo que medios y periodistas recapacitan y deciden trascender su evidente militancia, con más independencia y mayor compromiso con el interés general, no es suficiente si la ciudadanía no tiene el coraje de pensar de manera autónoma.
El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer dejó una reflexión sobre lo que ocurrió en su tiempo con la ciudadanía frente al nazismo y que ha seguido ocurriendo hasta hoy frente a los caudillismos. Fue él quien desarrolló la teoría de la “Estupidez Colectiva”. Él mismo concluyó que la estupidez no es un problema de inteligencia, sino de carácter y, por tanto, que la estupidez se supera con un acto de liberación interior que es ahí, entonces, cuando el coraje aparece como virtud política.
Coraje para disentir cuando el entorno exige aplauso. Coraje para dudar cuando otros repiten consignas. Coraje para informarse más allá de la comodidad de los algoritmos. Y Coraje para votar sin delegar la conciencia.
Lo cierto es que buena parte de nuestras crisis democráticas se la asignamos a la prensa no libre, no independiente, no pluralista, subjetiva y militante en torno a intereses particulares, mientras agazapado está el electorado que no le para bolas a la información y que ha decidido renunciar a ejercer el juicio propio.
Se trata de ciudadanos que se han entregado dócilmente a narrativas simplistas —de un lado o del otro— que no actúan desde la razón, sino desde la pertenencia. Y cuando la pertenencia -a un lado o a otro- sustituye al pensamiento, la democracia se vacía de contenido, aunque conserve sus formas.
Colombia, de cara al próximo proceso electoral, enfrenta el riesgo de una ciudadanía atrapada entre emociones polarizadas, relatos absolutos y liderazgos que, en muchos casos, apelan más a la adhesión que a la deliberación. En ese escenario, el voto deja de ser una decisión reflexiva para convertirse en un acto de identidad, casi tribal.
Por eso, más que insistir únicamente en la pedagogía electoral, habría que reivindicar la ética del coraje cívico: el de una ciudadanía que sea capaz de incomodarse, de revisar sus propias certezas, de escuchar al otro sin prejuicios y, sobre todo, de asumir la responsabilidad individual de elegir conscientemente, sin que se deje arrastrar por narrativas de miedo, odio, resentimiento, rabia e indignación.
El llamado que hace la democracia de un País que necesita un Presidente elegido inteligentemente para garantizar bienestar y felicidad para todos los colombianos, es a ciudadanos valientes para no dejarse arrastrar, para no repetir sin pensar, para entender que la democracia no se sostiene sólo en instituciones, sino en la calidad moral de quienes participan en ella.
El coraje ciudadano que sea capaz de vencer la “Estupidez Colectiva”garantizará que inteligencia, razón y conciencia que decidan quién es la mejor persona para gobernar a todos los colombianos.




























