La política colombiana parece, cada vez, menos un escenario de deliberación democrática y más el patio de recreo de un colegio en plena hora de descanso.
Allí están los niños de siempre: unos con uniforme de gobierno y otros con uniforme de oposición. Todos muy ocupados, pero no discutiendo ideas ni proponiendo soluciones para los graves problemas del País, sino dedicados a pelear por bobadas.
Uno grita: “¡Usted es un corrupto!”.
El otro le responde: “¡Mentiras, el corrupto es usted!”. Un tercero aparece corriendo con un rumor bajo el brazo. Y un cuarto, como si nada, se suma a uno o a otro a sacar la lengua.
En ese extraño recreo nacional, los argumentos escasean, mientras abundan los señalamientos, los insultos, las injurias, las calumnias y las descalificaciones. Nos están acostumbrando a un espectáculo rabiosamente infantil: políticos sacándose la lengua desde sus curules, en las que se sienten poderosos e intocables, como el niño aferrado a las faldas de la mamá mientras le saca la lengua al vecinito.
Esto ocurre en un país que atraviesa una de las etapas de polarización más profundas y aterradoras de su historia reciente: Colombia parece haberse convertido en un enorme salón de clases dividido en barras irreconciliables. A un lado del salón están los que creen tener la verdad absoluta, mientras al otro lado están los que creen tener la verdad absoluta. Entre ambos grupos ya no hay conversación posible: apenas sobreviven el grito, la sospecha, la descalificación, el irrespeto y la intolerancia.
Pero en esta historia no sólo participan los políticos.
Durante décadas, los medios de comunicación tradicionales fueron llamados a desempeñar el papel de árbitros del debate público: vigilar el poder, contrastar la información, contextualizar, informar con imparcialidad y ayudar a la sociedad a deliberar y a decidir con base en hechos y datos objetivos.
Hoy, sin embargo, muchos de esos medios parecen haber decidido bajar al recreo: han sustituido la responsabilidad por la militancia. Otros han cambiado el rigor por el espectáculo. Y no pocos han preferido abandonar el incómodo compromiso con la verdad, para refugiarse en trincheras ideológicas desde donde disparan titulares, opiniones y análisis cargados de sesgos.
A todo esto se suma la libertad desbordada de las redes sociales, las cuales nacieron como una extraordinaria herramienta para democratizar la información, pero terminaron convirtiéndose en un patio de recreo escolar donde todos gritan, insultan, ofenden e inventan, con la infantil convicción de que no habrá consecuencias.
En ese escenario digital, la política se transforma con facilidad en un concurso de ocurrencias, memes, ataques personales y desinformación. El que grita más, exagera, inventa y miente, suele ganar la atención, aunque no tenga la razón.
El resultado es un círculo vicioso: los políticos infantilizan el debate, los medios masivos tradicionales amplifican la confrontación y las redes sociales agendan y multiplican el ruido.
Mientras tanto, los problemas reales del país —la pobreza, la inseguridad, la desigualdad, la corrupción y la crisis institucional— esperan su turno en un rincón del patio.
La política no es un juego de niños. Gobernar implica responsabilidad, templanza y grandeza. Debatir exige argumentos, respeto y disposición para escuchar al otro. Informar demanda principios, valores y compromiso con la verdad, la independencia y el interés general.
Cuando esas virtudes desaparecen, la política se degrada en espectáculo, el periodismo se convierte en militancia y el debate público termina pareciéndose demasiado a una pelea de niños.
Y entonces ocurre lo más aterrador, como la polarización misma: el País queda en manos de un montón de políticos inmaduros, aparentemente incapaces, mental y emocionalmente como los niños, para tomar decisiones jurídicas, políticas, económicas y, en general, las que afectan el bienestar de los colombianos.






























