La reciente decisión de la Junta Directiva del Banco de la República de elevar las tasas de interés al 11.25%, ha puesto a pensar a vastos sectores que Colombia parece transitar por el estrecho corredor en el que las decisiones económicas dejan de percibirse como instrumentos técnicos, al servicio del bienestar general, y pasan a leerse, inevitablemente, en clave política.
En la fauna democrática colombiana hay una figura silenciosa, independiente, aparentemente inteligente y alejada del devenir de los acontecimientos políticos de su país. Se trata del ciudadano-gato, que no hace ruido, no entra en confrontaciones abiertas con nadie, no se deja arrastrar por la efervescencia de las campañas políticas, ni por la estridencia de los discursos. El ciudadano-gato se desplaza con cautela por los bordes del debate público, como si la política fuera un territorio ajeno, casi impropio de su naturaleza.