Con la muerte de Jürgen Habermas, ocurrida este sábado, 14 de marzo de 2026, se va uno de los filósofos más influyentes del último siglo. Pero, con ella, viene, además, el llamado a revisar la forma como hoy estamos practicando la democracia.

Jürgen Habermas dedicó su vida intelectual a la exigente idea que la democracia sólo puede sostenerse cuando los ciudadanos participan en ella a través del debate libre, racional y argumentado. Para él, votar no era suficiente. Para él, la democracia necesitaba algo más difícil: ciudadanos capaces de deliberar.

Su reflexión sobre la esfera pública —ese espacio donde se encuentran la sociedad civil, los medios de comunicación y la política— planteaba que la legitimidad del poder no surge únicamente de las urnas, sino del intercambio de razones entre personas libres e iguales.

No obstante, hoy asistimos a la paradoja de la inmensa posibilidad de participar en el debate público, por ejemplo, con el advenimiento y el desarrollo de las redes sociales, con una pobreza inmensa en el debate público.

Las redes sociales llegaron a multiplicar las voces, pero también llegaron a amplificar la desinformación y la manipulación de emociones, como el miedo, la rabia y la indignación. Los políticos y sus asesores lo descubrieron y lo vienen explotando en sus discursos y actuaciones, porque amplificar esas emociones es más eficaz para movilizar electores que los argumentos serenos.

En ese escenario, la deliberación se ha reemplazado por la consigna, la reflexión por el insulto y la política por la militancia emocional. El resultado ha sido un ciudadano que participa mucho, pero que piensa poco. Un ciudadano que deja de ser un sujeto deliberante y se convierte en una pieza funcional de estrategias electorales que explotan sus emociones: un “idiota útil”.

En países como Colombia, donde la polarización ha contaminado gran parte del debate público, la advertencia de Habermas resulta absolutamente pertinente, porque aquí la discusión política se ha organizado alrededor de lealtades emocionales —a favor o en contra de un caudillo, de un gobierno o de una corriente ideológica—, más que alrededor de argumentos, evidencias objetivas o deliberación racional. Y lo lamentable es que cuando la política se reduce a bandos irreconciliables, la democracia pierde su esencia.

Jürgen Habermas insistía en que la fuerza de los mejores argumentos debía prevalecer sobre la fuerza de las emociones o de la propaganda, y que esa responsabilidad debía ser compartida. Por un lado, los medios de comunicación deben estar comprometidos con la verdad y no con la militancia. De otro lado, los líderes políticos deben ser capaces de argumentar sin convertir al adversario en enemigo. Y por el lado de los ciudadanos, estos deben estar dispuestos a pensar antes de reaccionar.

La democracia no sólo depende de las instituciones que hipócrita y cínicamente dicen defender quienes, en el caso colombiano, las utilizan para atacar a Gustavo Petro. Y, tampoco, depende de quienes desde el Gobierno mismo las atacan buscando movilizaciones en contra de ellas. La democracia depende, especialmente, de la calidad intelectual y moral de quienes participan en ella, sin abandonar
la razón en la conversación pública. La democracia exige pensar.