Foto: Alto Magdalena

Colombia se acerca a una nueva elección presidencial en mayo de 2026, con una campaña saturada de gritos, insultos, mentiras, desinformación y narrativas emocionales que poco aportan a la solución de los problemas estructurales del País. En medio de ese ruido, hay una pregunta que es necesario hacerse: ¿quién de los precandidatos y candidatos a la Presidencia está dispuesto a jugársela, de verdad, por la conectividad, la productividad y la competitividad de Colombia?

Pareciera que la convicción electorera de la mayoría de aspirantes presidenciales no les permitiera tener consciencia de que no hay desarrollo económico sostenible sin infraestructura vial de calidad. Pareciera que creyeran que las carreteras, los corredores logísticos y los sistemas férreos son simples obras de cemento y acero que no representan réditos electorales para sus intereses politiqueros. Aunque es seguro que sí saben que son herramientas de integración nacional, de reducción de desigualdades y de generación de oportunidades. Pero como esa verdad no les garantiza aplausos, prefieren soslayarla.

Países como Estados Unidos lo entendieron hace décadas. No es que tengan excelentes vías porque sean ricos: son ricos porque construyeron excelentes vías que conectaron mercados, abarataron costos, impulsaron la industria y fortalecieron su desarrollo humano.

En Colombia, por el contrario, la precariedad vial sigue siendo un lastre histórico. Malas carreteras encarecen los alimentos, limitan la competitividad de los productores, aíslan regiones enteras y profundizan brechas sociales. Un campesino sin vías no compite; un empresario sin logística eficiente no crece; una región incomunicada no progresa.

Por eso, el debate presidencial debería centrarse en propuestas serias y verificables sobre infraestructura física vial, mantenimiento de carreteras, cierre de brechas regionales y, de manera especial, en la recuperación estratégica del ferrocarril como eje de transporte de carga y pasajeros. Apostar por el tren no es nostalgia: es eficiencia, sostenibilidad, reducción de costos y visión de largo plazo.

El crecimiento económico que Colombia necesita no puede desligarse del desarrollo humano y social. Más vías significan más empleo, más inversión, más acceso a servicios, más integración territorial. La infraestructura bien planificada es política social en movimiento.

En esta campaña, los electores deberían premiar a quien menos pelee, menos insulte, menos manipule y menos desinforme, pero que, al mismo tiempo, tenga el coraje, la visión y la solvencia técnica para proponer un verdadero salto en infraestructura vial y férrea. Porque gobernar no es incendiar el debate público con intenciones electoreras egoístas: gobernar es “pavimentar” el futuro.