La historia política colombiana tiene frases que, aunque nacieron en circunstancias muy concretas, terminan adquiriendo una vigencia sorprendente con el paso del tiempo. Una de ellas pertenece al dirigente conservador Gilberto Alzate Avendaño, quien en medio de una disputa interna del Partido Conservador Colombiano lanzó una crítica que quedó grabada en la memoria política nacional.

En un debate sobre la obediencia que debían guardar los congresistas frente a las directrices del partido —en tiempos del liderazgo férreo de Laureano Gómez— Alzate Avendaño pronunció una frase que atravesó décadas: “La disciplina de partido es una virtud política. Pero lo que ustedes quieren imponer aquí no es disciplina de partido… es disciplina para perros”.

Aquella expresión buscaba marcar una frontera entre dos cosas distintas: la necesaria coherencia partidista y la obediencia ciega. Para Alzate Avendaño, la disciplina debía nacer del convencimiento y del debate interno; cuando se imponía como una orden incuestionable, dejaba de ser virtud política para convertirse en simple sometimiento.

Más de medio siglo después, la frase de Gilberto Alzate Avendaño frente a la obediencia ciega, sorda y muda, que pretendía imponer Laureano Gómez, parece describir con inquietante precisión el clima político contemporáneo y la obediencia servil a los extremos, no sólamente de “perros disciplinados” sino de “focas amaestradas” para aplaudir sin criterio.

En Colombia —como en muchas democracias— la política se ha ido transformando en una competencia de identidades emocionales. Cada sector construye su propio relato, su propia interpretación de la realidad y, además, exige a sus seguidores una fidelidad que muchas veces termina sustituyendo el ejercicio de pensar. Y se trata de “cada sector”, no de una sola corriente política e ideológica.

En sectores de derecha, la lealtad al líder o al partido puede llegar a convertirse en un reflejo automático: se defiende todo lo que provenga del propio bando y se rechaza de inmediato cualquier argumento que provenga del adversario.

Pero algo similar ocurre también en sectores de izquierda, donde la identidad política se vuelve a veces un filtro absoluto: la crítica interna se percibe como traición y la defensa del proyecto político termina justificando cualquier postura.

El resultado es una conversación pública cada vez más empobrecida. Los hechos y los datos objetivos pasan a un segundo plano, los argumentos pierden valor y la política se convierte en un ejercicio de militancia emocional.

Existe una razón humana detrás de la comodidad de no pensar: pensar implica un esfuerzo que mucha gente, demasiada gente, no está dispuesta a hacer. Les parece muy jarto tener que escuchar al otro, contrastar la información que ese otro entrega y, peor aún, inaceptable es que las propias convicciones puedan estar equivocadas.

La identidad política, en cambio, ofrece algo mucho más cómodo: pertenencia, seguridad y certezas rápidas.

Cuando una persona se define antes que nada como “uribista” o “petrista” (o antes, cuando se exigía “disciplina para perros”: “conservador” o “liberal”), corre el riesgo de evaluar la realidad no por su contenido sino por su origen. Lo que dice “mi lado” se defiende; lo que dice “el otro lado” se descarta… y se ataca… y se odia. ¿Para qué, entonces, la deliberación democrática?

Por eso la frase de Gilberto Alzate Avendaño conserva su fuerza crítica: lo que sonó como ironía parlamentaria, fue una advertencia sobre el peligro de convertir la política en obediencia automática.

La democracia necesita partidos fuertes y coherentes. ¡Claro que sí! ¿Quién lo duda? Pero también necesita ciudadanos y dirigentes capaces de ejercer su propio criterio. Porque cuando la disciplina sustituye el pensamiento, la política deja de ser deliberación y se convierte en simple alineamiento. Y cuando eso ocurre, la democracia pierde uno de sus elementos más esenciales: la libertad de pensar, incluso dentro del propio bando.

¡Qué orgullo poder decir que se milita en un partido o movimiento político en el que todos pensamos y tenemos criterio y somos respetados! ¡Qué vergüenza que digan que hago parte de un partido o movimiento político en el que me aceptan porque me comporto como una foca amaestrada!