Recibí el “Premio a la Verdad” con gratitud, pero, sobre todo, con una profunda sensación de responsabilidad. Porque la «Verdad», en el Periodismo, no es un trofeo: la «Verdad» es una carga ética que debemos llevar todos los días.
Hablar de «Verdad» hoy no es fácil. No porque sea inalcanzable…
Aunque recuerdo con esta afirmación la «utopía» en el Periodismo de que tanto hablaba Javier Darío Restrepo, el padre de la Ética Periodística en Colombia, cuando se refería a la «excelencia» por alcanzar, que nos hace esforzarnos tanto, que llegamos a ser, por lo menos, “mejores”. Aplicable ese concepto de “utopía”, tal cual, a la búsqueda de la «Verdad», que con absoluta seguridad nos permite, por lo menos, alcanzar a pellizcarla.
Entonces, hablar de “Verdad” no es fácil, no por inalcanzable, sino porque ha sido tan manoseada, tan relativizada, tan instrumentalizada, tan puesta al servicio de intereses particulares, políticos y económicos, que hoy la Verdad nada tiene que ver con el servicio y con la orientación confiable a la ciudadanía para que tome decisiones oportunas e inteligentes para su vida. Hoy, la Verdad poco tiene que ver con el fortalecimiento de nuestra democracia y con el interés general.
Entonces, cuando se traiciona la Verdad, caen en cascada otros principios y valores básicos del Periodismo como la Independencia, la honestidad intelectual y la confianza ciudadana que, en consecuencia, ha llevado a que se pierda la credibilidad, un patrimonio que otrora defendiamos como nuestro mayor tesoro.
Ryszard Kapuściński, conocido como el padre del periodismo moderno, decía algo que se ha vuelto materia arenosa, con la que se forman las paiabras que se lleva el viento. Kapuściński decía que «Para ser buen periodista, hay que ser buena persona». Y no hablaba de neutralidad cómoda o de equidistancias falsas. Hablaba de honradez moral, de una relación limpia con los hechos, con las fuentes, con los otros y, sobre todo, con la consciencia.
En su libro «Los cinicos no sirven para este oficio» dice que «Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino». ¿Y qué tiene que ver esta afirmación con la Verdad? Pues, que la Verdad exige calidad humana: sin ética personal, no hay Verdad posible.
La honestidad personal produce un efecto colectivo: el bien común. Así que toda mentira pública, lamentablemente contenida hoy en día en el sesgo interesado y la desinformación de algunos medios y sus periodistas -tanto masivos y tradicionales como aiternativos-, beneficia a alguien en particular y perjudica a la sociedad, en general.
Javier Darío Restrepo nos enseñó que la Verdad no es sólo exactitud informativa. La Verdad es lealtad con la sociedad. Y nos recordaba que el Periodismo deja de ser «servicio público» cuando se convierte en propaganda… Propaganda que fragmenta la Verdad, que toma lo que le sirve, que recurre a omisiones deliberadas, que descontextualiza, que exagera lo que considera coveniente y que repite dudas, inexactitudes y mentiras, tantas veces repetidas sin pudor alguno, sin respeto hacia el otro y sin responsabilidad con la sociedad, que se van volviendo «verdades» para el «sentido común».
Entonces, cuando la propaganda ocupa el lugar del periodismo, la Verdad se vuelve sospechosa, el ciudadano deja de informarse para tomar decisiones inteligentes que le sirven a él y empieza a alinearse en torno a los intereses particulares de otros, permitiendo que el bien común sea reemplazado por la lealtad a una causa.
Cualquier parecido con lo que hoy se ha vuelto común en lo que escuchamos, leemos y vemos en nuestros medios masivos tradicionales y en los alternativos, es una invitación a la urgencia de recuperar la Verdad, que parece que dejó de ser importante para nuestra sociedad, para nuestra democracia y, dolorosamente execrable, para nuestro periodismo.
Un “Premio a la Verdad” como el que cada año -con ocasión del 9 de febrero, Día Clásico del Periodismo- celebra la Asociación de Periodistas de Envigado -APE- no debe sentirse como un reconocimiento Individual, sino como un acto de resistencia colectiva de gremios y corporaciones como la APE, el Círculo de Periodistas y Comunicadores de Antioquia -CIPA-, el Club de la Prensa de Medellín y el Círculo de Periodistas de Envigado -CIPE-, entre otros. Especialmente, debería ser un acto de resistencia de quienes ejercen el oficio con pasión y convicción y sienten dolor cada día al escuchar, leer o ver la desvergonzada manera en que sus “colegas” lo mancillan con malintencionado sesgo, con flagrante desinformación y con impune desprecio por principios y valores éticos, como el de la VERDAD.
¡Qué bueno que los estudiantes y futuros periodistas se inoculen la pasión y la convicción que sin ÉTICA no hay periodismo y no hay democracia. Y que la VERDAD no ha pasado de moda y que sigue siendo el mejor servicio público que podemos ofrecer.


























