Los periodistas recibimos con preocupación los despidos masivos en Caracol y La W Radio, cadenas que sufrirán la misma suerte de RCN y La FM: una fusión. No obstante estar muy claro que la razón es económica, no se puede soslayar la crisis ética y profesional que está sufriendo el periodismo colombiano, la cual se traduce en menos credibilidad, menos respeto, menos audiencia, menos ingresos económicos.
A propósito de la llegada de las redes sociales y su impacto en la desinformación global, le pregunté en 2019 a Rodrigo Pardo qué hacer frente a la amenaza a la verdad -principio básico del periodismo- por parte de las “Fake News” y las abrumadoras corrientes de difamación, injuria y calumnia que caracterizan la información por redes sociales. Rodrigo me constestó que el Periodismo debe levantarse erguido como el salvador de la información que sirve y construye. Que será el Periodismo el que siga garantizando un ejercicio profesional que no se desborde en ligerezas, señalamientos y juicios, evitando el desprestigio y la pérdida de reputación de las personas naturales o jurídicas y de los políticos, de la Política, de los administradores de lo público y de las instituciones democráticas de Colombia. Será un Periodismo que construya confianza en el ser humano, en la sociedad, en la política y en las instituciones, en general.
Y completó la respuesta con la historia que su hija le contó de un congreso al que asistió en Londres, dedicado a estudiar el impacto de las redes sociales: al cierre del evento, un grupo de participantes levantó una pancarta que decía: “Sólo el Periodismo salvará el Periodismo”.
Era un mensaje optimista, casi romántico: bastaría con que el oficio recordara sus principios básicos y sus valores (verdad, independencica, interés general, imparcialidad, rigor, contraste y responsabilidad) para que lograra enfrentar la cloaca digital que ya empezaba a formarse.
Seis años después, la realidad es otra. La frase no cumplió su promesa: las redes sociales no sólo no fueron contenidas, sino que terminaron agendando a los periodistas. El ruido venció al rigor. La inmediatez reemplazó la investigación. La viralidad se impuso sobre la veracidad. Y muchos medios tradicionales, en lugar de reafirmar su mayor patrimonio —la credibilidad—, optaron por correr detrás del algoritmo.
El resultado está a la vista: una crisis ética, periodística y económica.
Los despidos recientes en los principales grupos radiales no son sólo el síntoma de un mercado publicitario en declive, ni de un consumo fragmentado por las plataformas digitales. Son el reflejo de una pérdida más profunda: la desconexión de los medios con aquello que los hacía necesarios.
Muchos periodistas migraron al formato rápido, emocional y superficial que premian las redes sociales. La silla de la conversación seria, argumentada, contextualizada y responsable se fue quedando vacía. Paradójicamente, fueron algunos “pequeños” alternatviso quienes conservaron la profundidad que los “grandes” abandonaron.
Podría afirmarse, entonces, que la audiencia no está huyendo de los medios masivos y tradiciones porque existan redes sociales, sino que está migrando porque demasiados medios dejaron de ofrecer algo distinto a ellas.
El discurso del patrimonio que el periodista serio y responsable debía defender, refiriéndose a la credibilidad, se fue convirtiendo en un mero eslogan, porque en la práctica muchos periodistas empezaron a replicar trinos como si fueran fuentes, a editorializar sin contexto, a titular para generar clics, a privilegiar la pelea antes que la explicación y a faltarle al rigor ético que es el que garantiza la existencia real de la credibilidad.
Así que la frase recordada por Rodrigo Pardo se quedó corta. Y en su honor, habría que corregirla, precisarla y exigirle un estándar: “Sólo el BUEN Periodismo salvará al Periodismo”.
No cualquier Periodismo, no el periodismo acomodado a la tendencia del día, no el periodismo que teme perder audiencia si profundiza, no el periodismo que confunde independencia con neutralidad tibia o con militancia política disfrazada como es hoy absolutamente evidente… No: sólo el BUEN Periodismo que incomoda, que contrasta, que explica, que ayuda a entender, que se toma tiempo, que evita la ligereza, que no enjuicia y condena, que respeta los prinicipios, los valores y los derechos constitucionales y que, entre otros muchos esfuerzos, cuida el lenguaje porque entiende que en las palabras vive la democracia.
La crisis de los medios tradicionales no es sólo económica. Es, ante todo, ética y profesional. Y esa es, precisamente, la buena noticia: porque una crisis provocada desde adentro, también puede corregirse desde adentro.
La recuperación del Periodismo no depende del algoritmo, ni de los anunciantes, ni siquiera del público. Depende de que los periodistas decidan volver a ser buenos periodistas.
Al final, lo que está en juego no es sólo el futuro de las empresas de comunicación, sino la salud de la conversación pública y la calidad de la democracia. Porque cuando el periodismo se debilita, los ciudadanos quedan expuestos a la desinfromación, a la manipulación, al ruido y a la mentira.
En tiempos de crisis, la salida no es competir con las redes en superficialidad, sino superarlas en profundidad. No es gritar más fuerte, sino hablar mejor. No es ser tendencia, es ser confiable. Es, precisamente, lo que diría hoy Javier Darío Restrepo, quien en tiempos del cassette de tres cuartos, del envío por microondas y de la chiva, parafrasearía: no se trarta de salir primero sino de informar mejor.
Así que “Sólo el BUEN Periodismo salvará al periodismo”, y aún estamos a tiempo de demostrarlo.



























