Por: Rodrigo Pareja

Cuando no se había consagrado como norma constitucional la elección popular de gobernadores, los Presidentes de la república procuraban siempre – aunque a veces cometieron protuberantes errores – escoger a los mejores representantes de una región para dirigir los destinos seccionales.

Y cuando se dice los mejores, se incluían condiciones administrativas, experiencia, grado de respetabilidad y ascendencia sobre sus gobernados y, por sobre todo, una impecable hoja de vida en lo atinente a la moral.

 

Hay que reconocer también que muchos Presidentes se equivocaron de cabo a rabo con la escogencia de sus agentes, y Antioquia no fue ajena a esa situación.

Algunos dirán que la elección popular de gobernadores es una gran conquista de la democracia, palabra manoseada y prostituida en grado sumo en estas naciones, incluida obviamente Colombia, donde la política se ejerce en la mayoría de las veces con la mente y el objetivo puestos en el presupuesto, las prebendas, las coimas y demás canonjías.

En el caso particular de Antioquia pareciera que la gobernación que va a disputarse el próximo año ha sido convertida en algo así como una meretriz dispuesta y resignada a ser conquistada por el más opulento.

Esto por lo menos es lo que se deduce de las rotundas afirmaciones que los llamados dizque analistas políticos hacen cuando se les indaga, a manera de pronóstico, por los posibles resultados de la contienda electoral que se avecina.

No se reciben críticas ni cuestionamientos, ni se ponen en duda capacidades y experiencias. Sólo se limitan a afirmar esos analistas que ya lo dan por sentado, que determinado personaje “tiene los votos y la plata”, como si lo que estuviera en disputa fuera algo material y no la suerte y el porvenir de más de seis millones de antioqueños.

Ese pueblo de la dura cerviz que cantaran los poetasE, ese que lleva el hierro entre las manos porque en el cuello le pesa; ese que ha sido capaz de grandes gestas y que es ejemplo en todos los campos para el resto de los colombianos, parece arrinconado, sin poder decisorio y sometido a lo que digan o hagan los que tienen “los votos y la plata”.

La gobernación que se va a disputar en el 2011 la han convertido en una meretriz que paciente y sumisa espera en el tálamo nupcial al gamonal, al dueño de los votos – que hoy son y mañana no aparecen – al propietario de la fortuna, en fin, al que parece que le haya sido escriturado definitivamente el manejo administrativo del departamento.

Imposible que en los doce meses que restan para esa crucial elección no haya cambiado el panorama, máxime cuando están sobre el tapete los nombres de otros destacados dirigentes.