Gabriel Zapata Correa
Las últimas dos décadas constituyen quizás la mayor cosecha en cuanto a transformaciones económicas y políticas de los últimos dos siglos, producidas en esencia por la convulsión de las grandes transformaciones tecnológicas y de mercado.
Nuevos modelos se impusieron en el mundo de las organizaciones, como la calidad total y la reingeniería al interior de las empresas, inclinados a disminuir los costos y aumentar la productividad. Igualmente las alianzas estratégicas, las redes, la asociatividad, los clusters y la colaboración entre cadenas productivas, se convirtieron en la forma de elevar la competitividad.
Las alianzas estratégicas, las inversiones minoritarias, las fusiones, la maquila, las franquicias y los Joint Ventures, se volvieron formas de unión de capitales, tecnologías, y conocimientos para el dominio de todos los mercados, aún los más complejos y apartados de los principales circuitos de negocios de las naciones de mayores ingresos.
Surge el tema de la asociatividad como una multiplicación de células, que en conjunto conforman un organismo robustecido y preparado para enfrentar grandes desafíos. Hoy es considerada una de las estrategias más eficaces hallada por las empresas de menor tamaño en el país y de otras naciones del mundo, para enfrentar los cambios y sobrevivir en una competencia casi siempre desigual y polarizada entre continentes, regiones y países; empresas grandes y pequeñas. Este agrupamiento empresarial ha sido incorporado por las pequeñas, medianas y fami empresas para poder competir en un mercado globalizado altamente competitivo.
La asociatividad concebida como una nueva política económica especialmente en países industrializados, busca una inserción de los sectores de la economía más marginados en el escenario de la globalización económica, generando para los que la conforman beneficios económicos, insumos y la competitividad que demanda el mercado. Esta política empresarial ha cogido fuerza en el país y su mayor impacto se percibe en los sectores más excluidos y marginados de la sociedad, con profundos avances y resultados prometedores a corto, mediano y largo plazo.
En tiempos de crisis toma fuerza esta estrategia, la cual recomiendo ampliamente, porque además se incorpora a la política de Responsabilidad Social Empresarial, en la cual las empresas privadas, públicas, ONGs, Universidades y núcleos de emprendimiento vienen promoviendo la unión de pequeñas industrias, buscando como suplir necesidades básicas de las comunidades relegadas. En esencia es una forma de cohesión empresarial para superar la pobreza extrema. Esta política viene siendo avalada por el BM, FMI y BID. Este último en su quincuagésimo aniversario realizado en Medellín, orientó, promovió y viene brindando apoyo decidido a grupo asociativos de la ciudad, del país y de toda América latina.
Avalo la asociatividad como una excelente estrategia para enfrentar la crisis económica mundial, porque une voluntades en torno a un mismo propósito y por ser una alternativa para proveer de recursos económicos fijos a las unidades productivas que determinan asociase y trabajar por un bien común.




























